CapÃtulo
Enzo se quedó con la mirada fija. Miró friamente hacia Ainhoa y le dijo: âSi no te importa perder la vida, puedes intentarlo.â
En la delicada cara de Ainhoa apareció un dejo de sarcasmo: â¿Cómo sabes que no lo he intentado? ¿Qué pasarÃa si te dijera que acabo de perder 2000 de sangre, seguirÃas pidiéndome que le done?â
âAinhoa, deja de ser irracional. La mayor pérdida de sangre durante la menstruación no supera los 60, si vas a poner una excusas, al menos que sean creÃbles.â
Ainhoa sonrió amargamente. Ella lo habÃa dejado tan claro y aun asà él no le creÃa. Si él se preocupara un poco por ella, al menos le habrÃa preguntado. Si él la conociera un poco, sabrÃa que ella no era de las que dejaban a otros en la estacada. Esa era la diferencia entre sentir amor y no sentirlo. Un pequeño corte hizo que él se desesperara por Irene. Y ella, después de pasar por una operación de aborto tan peligrosa, él ni siquiera se habÃa dado cuenta.
Justo cuando Ainhoa sentÃa ese dolor en el corazón, vio la figura de esa persona en la puerta de la habitación. Ainhoa se quedó paralizada en su lugar. Ese dÃa, cuando perdió el conocimiento, vio una silueta. Y escuchó la voz baja y tierna de un hombre llamándola. Forzó sus ojos a abrirse y lo que vio fue al hombre que tenÃa delante en aquel momento. Lo recordaba muy bien, ya que sus manos se aferraban fuertemente al brazo del hombre, suplicando en voz baja: âPor favor, sálvame.â
Cuando despertó, Leonor le dijo que un tipo guapo con gafas la habÃa llevado. Ainhoa se rio de sà misma con sarcasmo. Caminó hacia donde estaba César y preguntó con voz suave: âHola. ¿Eres el hermano de Irene?â
César asintió levemente y su voz era cálida mientras le decÃa: âSeñorita de la Vega, si tienes algún problema de salud, puedoâ¦â
Ainhoa cerró los ojos resignada. La vida no habÃa sido tan mala con ella. El hombre a quien siempre habÃa querido agradecer por salvarle la vida resultó ser el hermano de Irene. Ella sonrió amargamente y dijo: âSeñor GarcÃa, ¿podemos hablar un momento en privado?â
Justo cuando iba a llevar a César a la escalera cercana, Enzo le agarró la muñeca con fuerza y le dijo: â¿Para qué lo buscas? ¿Hay algo que no puedas decir delante de mi?â Ainhoa se rio frÃamente y le preguntó: â¿Delante deti? ¿Qué derecho tienes a saberlo?â âAinhoa, ¿cuándo te volviste tan irracional?â
â¿Soy yo la irracional o tú el que carece de amnatis?â
Capitulo 11
Dicho eso, no esperó a que Enzo reaccionara y se liberó de su control. Bajo la mirada frÃa y severa de Enzo, se llevó a César a un lado. El rostro normalmente delicado de Ainhoa estaba pálido. Levantó la cabeza y miró a la guapa cara de César mientras le decÃa: âSeñor GarcÃa, me salvaste la vida ese dÃa y aún no te he agradecido. No pensé que tendrÃa la oportunidad de devolverte el favor tan pronto. No te preocupes, le donaré sangre a tu hermana, pero tengo una condición, espero que puedas guardar silencio sobre el hecho de que me salvaste.â
César frunció el ceño y voz era cálida mientras le preguntaba: âEl niño era de Enzo, ¿verdad?â
Ainhoa sonrió ligeramente y respondió: âYa no importa de quién era, de todas formas ya no está, solo no quiero que este asunto afecte mi decisión.â
Ella no sabÃa cómo reaccionarÃa Enzo al enterarse, solo querÃa evitar complicaciones y alejarse de él lo antes posible.
César miró intensamente a Ainhoa, y en su expresión parecÃa ver el rostro de su madre. Algo lo conmovió en su pecho, y preguntó con preocupación: âPero tú sangraste mucho, y no ha pasado mucho tiempo desde entonces, ¿estás segura de que tu cuerpo aguantará?â
Ainhoa sonrió con ironÃa y le dijo: âEso es asunto mÃo, solo quiero saldar mi deuda contigo y que después de esto, no nos debamos nada más.â
Capitulo 14
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