Chapter 8 of 20

El príncipe en lo alto de su castillo

Cuatro versos - ESPAÑOL2,626 words~14 min read

Jorehin

Los grandes ventanales de la Sala de Instrumentos del Castillo de Amún, se encontraban sucios.

Tan, tan sucios, que el mismísimo príncipe heredero, con sus guantes de seda y chaleco de un amarillo tan pastel que los costureros no se habían atrevido a contradecirle, tuvo que hacer el trabajo de decirle a una mujer del servicio que hiciese su aburrida labor y se librase de esa mancha dejada por un diminuto pulgar, antes de que las lunas se postrasen ante esa parte del castillo.

Esa noche practicaría con la partitura que iba a representar ese año, y le encantaba la manera en que los haces de luz de luna se posaban sobre la cola de su piano, considerado este el mejor trabajo de Guthiel, constructor de pianos que se había llevado los esquemas de sus obras a la tumba, lo que convertía aquel piano, su piano, en algo muy especial.

Eso gustaba a Jorehin Den Gar, hijo de los Gar y los Moruy, por parte de Rey y Reina respectivamente.

Le encantaba tener aquello que los demás no tenían. Cosas únicas. Y no por coleccionismo, pues siempre se olvidaba de sus nuevas adquisiciones antes de que sonase la campanita del té de la tarde, el cual se veía obligado a sorber junto con aquellas niñas tan maquilladas, perfectitas y modestas que su padre se estaba empecinando en presentarle.

No era por maldad. Simplemente, le gustaba tener cosas importantes para que no las tuviesen otros.

El bueno y pesado de Mhoin, su instructor de piano y esgrima al mismo tiempo, así como miembro de un gran círculo de Teóricos, una combinación que siempre había resultado curiosa a Jorehin, le decía que no estaba bien pensar así. Que si el materialismo esto, que si la crítica social aquello. Que si el Sens por aquí…

Era un hombre de teorías, sí. De teorías elementalmente tontas, para tontos amantes de los elementos plasmados en sus libros de tontos.

El recital anual se celebraría al día siguiente, y Jorehin tenía planeado pasar gran parte de la noche ensayando aquella canción llamada Yo corazón y tú alma. Mhoin le había explicado que su compositor la había escrito tras una ruptura, y decididamente, había tristeza en esta.

Grave, acompasada y aguda tristeza.

Haría llorar a gran parte de los asistentes. Estaba seguro de ello.

Pasadas unas horas, Jorehin se había librado de las chicas usando todos los buenos modales que le habían enseñado, y tras su entrenamiento diario, sin Mhoin otra vez, pues este decía estar complemente inmerso en una nueva teoría, pasó un buen rato con una doncella con la que se llevaba, digamos, muy bien, y bajó a cenar.

Cenaron únicamente su madre y él, pues su padre estaba ocupado cerrando tratos comerciales antes de que los de nueva Amún les ganasen más terreno en las rutas de comercio por el mar. Jorehin encontró la codorniz deliciosa, así como el pescado, pero las patatas le supieron insípidas. Le comentaría a Padre lo que pensaba de las cocineras más tarde.

Pero lo primero era ensayar. Aquella noche había luna llena, y estas se postrarían ante su piano.

-

Un baño caliente antes de dormir, y manos limpias antes de sentarse y levantar la bruñida tapa de su piano.

Jorehin no podía vivir sin esas cosas. Digamos que una vez se quedó sin Jabón de Falla, se vio injustamente obligado a usar uno de Faya, y hasta que varios cocineros, a escondidas y a órdenes de su madre, no hicieron jabón usando manteca de cerdo y una infusión de especias que olían igual que la Falla, que no cesó el berrinche principesco.

Madre pensaba que aquello le enseñaría algo, quizá algún tipo de metáfora sobre la buena voluntad de las hadas madrinas que viven entre cuentos muy coloreados. Padre pensaba diferente. El niño estaba malcriado, había que ocupar su mente con una rutina que mantuviese su mente aferrada a algo.

Necesitaban a un heredero de espalda recta. Un heredero capaz.

Y así había conocido Jorehin el piano. Tocado desde los seis años y siendo capaz de leer partituras con soltura desde los siete. Su padre no había tenido ni la más real idea de que esa afición que le habían querido inculcar, les fuese a servir como excusa para organizar un recital anual que también servía como recaudación de impuestos, pero había agarrado la oportunidad al vuelo, como un águila.

A padre no se le escapaba nada.

Jorehin había amado ese intrincado instrumento de cientos de sonidos desde que sus dedos de niño se habían posado en sus teclas.

No obstante, no fue hasta que supo leer su primera canción, que el alma de este personaje, de aquel niño por entonces tan travieso, se hizo una con las notas que escapaban de sus dedos. Había sido mágico. Se había sentido conectado al a instrumento, a cada tecla, a cada cuerda, a todo cuanto reverberaba entorno a él.

Padre, al ver el entusiasmo de su hijo, había procedido a reformar toda una alcoba que había servido como invernadero, y dejando tan solo la fachada que sostenía los grandes ventanales y una pequeña claraboya, la había convertido en el lugar favorito de Jorehin Den Gar.

Una sala de altas columnas, grandes vistas y una reverberación tan perfecta, que hubiese hecho salivar al compositor de la mismísima Primera melodía. Su piano se encontraba subido a una tarima redonda que podía girar sobre sí misma, mirando hacia las grandes ventanas en esos momentos, a tan solo tres pasos del hermoso paisaje que se abría ante ellos dos.

Los campos de arroz labrados al este. Los muelles al Oeste. Y al Sur, tras los grandes caminos y las aldeas de cultivadores, las imponentes Montañas de Goio, tan altas que rozaban las partes bajas del sol y de las lunas.

El puerto de la Carpa azul se encontraba vacío, con tan solo una pequeña embarcación amarrada a un poste y un chico joven, probablemente mal pagado, vigilándola. Su padre, más aterrado de lo que le gustaba reconocer, estaba enviando a sus mejores comerciantes a diestro y siniestro, ya fuese con sales, arroces especiados o con el derecho para pescar aquí o allá en ciertas zonas de sus mares.

En fin, mientras Amún siguiese cultivando aquellas fresas tan jugosas que a uno se le caía el jugo y hacía suspirar a padre, que a Jorehin le daban igual esos tratados. Cierto, sería príncipe. Pero todavía quedaba mucho tiempo para eso. Toda una vida.

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Se plantó delante del piano y encendió una esfera que se activó al presionarla. Según Mhoin, a quien no le había preguntado de pequeño, pero quien posiblemente había visto la pregunta en su mirada, le había explicado que funcionaban a fuerza de agua.

Los molinos de agua que trabajaban en la ciudad, usaban el agua que iba desde las faldas de las Montañas de Goio hasta La Foresta de las Brujas, pasando junto a la ciudad de Amún, construida con el río a un costado y el mar detrás. La fuerza de los molinos alimentaba unos artefactos llamados Dair, y esos daban luz a través de un intrincado sistema de raíces.

Era un invento nuevo, y de momento solo existían en castillo, pues a padre, como no, le daba miedo mostrarlos antes de asentar bien la patente.

Jorehin, miró hacia fuera. Se decía que la tribu que vivía en la cima de las montañas adoraba a la mismísima Era, una entidad que, tras preguntarle a Mhoin, Jorehin supo que realmente recibía el nombre de Sainha’sans. La fundadora de una religión muy peligrosa, que se había hecho, según, de nuevo, los eruditos, con una isla que se encontraba entre los tres continentes. Entre Amún, D’Amun y M’Un.

Aunque claro, era completamente sencillo afirmar con la cabeza bien alta cualquier idea, siempre y cuando esa idea en cuestión, se encontrase en una isla que quedaba fuera de los mapas, debido a fuertes corrientes y accidentado terreno. Así cualquiera.

Jorehin se preguntaba a veces, si todos aquellos eruditos de trajes arrugados y pañuelos con que poder limpiarse las gafas cuando se sorprendían ante algún escrito o falda de poco recato, eran conscientes de que parecían acólitos de una verdadera secta.

No había instrumentos de viento en todo el mundo, aquello era verdad, pero Jorehin dudaba mucho que aquel fuese el motivo.

En fin. Como padre siempre le decía, no pospongas aquello que debes hacer.

Se sentó delante del piano e hizo los calentamientos de mano pertinentes para lo que iba a hacer. Yo corazón y tú alma. Ya se sabía la partitura y hasta podría tocarla con los ojos cerrados, al tiempo que besaba a su criada favorita, pero por algún motivo que no comprendía, sentía la necesidad de tocar esa noche.

No necesitaba ensayar aquello que ya sabía. Tan solo tenía la necesidad de tocar, de acariciar cada tecla al tiempo que miraba al cielo estrellado y tocaba para Flama. Para Cendra.

Levantó la tapa de su amado instrumento y se dispuso a tocar la obra que debía representar al día siguiente, en su vigésimo cuarto aniversario.

La melodía fluía con gracia. Altiva. Melosa. Rechazada. Atraída. Atontada. Una danza de sentimientos dispares impresos en cada nota, en cada dedo, en cada movimiento del entrenado cuerpo de Jorehin Den Gar. Sus ojos vagaban del reflejo que las lunas proyectaban en los lejanos campos de arroz, a la intrincada forma de las montañas que cortaban el paisaje.

Pronto le ofrecerían su reflejo a la cola del piano. Aquel era el instante que Jorehin más esperaba cada día.

Y fue entonces, entre un La sostenido y un Re en escala menor, que el mundo se movió.

De un momento a otro, la plataforma sobre la que estaba anclado el piano rotó hacia la derecha, obligando a un sorprendido Jorehin a aferrarse a los costados del instrumento, estando a muy poco golpearse la boca con todo un Fa que le hubiese arrancado algún que otro diente.

¿Qué diantres…?

Otro temblor, de menor intensidad que el anterior, hizo sonar las cuerdas que había dentro del cuerpo de madera al que se encontraba agarrado Jorehin, quien se debatía entre esconderse bajo la mesa que había tras él, u observar el abanico de agua que surcaba el cielo, entre dos lunas hermanas.

Con sendos temblores y sus respectivas réplicas, más chorros de agua emergieron con fuerza de los laterales de las montañas, dos torrentes a cada lado, uno a media altura, otro a nivel del suelo. Cuatro grandes masas de agua descendiendo por las escarpadas laderas. En picado hacia el suelo, hacia los cultivos.

Por la desvergonzada armonía del primer Sí en una mujer azorada.

Jorehin, atontado por lo que sus dichosos ojos estaban viendo, observaba entre temblores—algunos ya eran suyos del todo—, como la montaña expulsaba agua del mismo modo en que lo haría un globo tras pincharlo dos niños traviesos y un alfiler oxidado.

Las ventanas parecía que iban a aguantar, aunque por momentos, vibraban tanto como el piano por dentro. Debía guarecerse. Quería ir con sus padres, pero no se veía con el corazón para salir al pasillo. La mesa. Se escondería debajo hasta que un guardia le dijese que todo había pasado.

Pero no lo hizo. Jorehin siguió mirando.

El agua bajaba. Bajaba sin parar, por sendos costados de aquellas montañas que desde que Jorehin tenía razón, habían estado siempre allí. Primero, tomándose unos instantes que necesitó para devorar los bosques centenarios, se llevó los campos de arroz. Después las aldeas cercanas, en las que vivían los cultivadores. Sin esfuerzo alguno. Todo a su paso, destruido.

La Calamidad de Re. Mhoin estaría eufórico.

Los ecos de los primeros temblores todavía hacían crujir las columnas cuando de un momento a otro, dándole tan solo un quedo suspiro para cerrar los ojos y meterse a toda prisa bajo el piano, las grandes vidrieras, el único vestigio de la época en que aquella cámara había sido un modesto invernadero, cedieron al retumbar.

Innumerables fragmentos de vidrio se hicieron con la estancia en un momento, siendo lo más castigado el piano y la mesa que se hallaba tras un Jorehin muy asustado. Todavía con el sonido de cristales ensartándose en la lustrada madera que le hacía de escudo, se llevó una mano a la cara, tratando de calmar a su pobre corazón.

Yo Corazón y tú Alma secó sus lágrimas. ¿Cuándo había cogido la partitura?

Debía estar soñando. Todo aquel día había sido un sueño. La mancha en la vidriera. Las patatas sin sabor. Su frugal encuentro con Nera, la criada a la que esa tarde Jorehin le había regalado un vestido que le quedaba precioso.

Todo era un sueño. Pronto iría a despertarlo Madre, seguida de esa sirvienta tan grande y de andar patizambo que olía siempre a buñuelos recién horneados y a leche con canela.

La estructura que había sostenido la vidriera, tan ancha como lo era la Sala de Instrumentos, explotó por entero en un gran alarido, sacando a nuestro príncipe del estado de shock. Aquello era real, parecía querer trasmitirle el estruendo.

Por Hun y la fallecida diosa Hei.

Desde que había descubierto los placeres de la carne, muchos años atrás, que Jorehin no rezaba a dios alguno.

Madre. Padre.

Las alcobas de sus padres, igual que la suya y en la que se encontraba agazapado y temiendo por su vida en esos momentos, se encontraban en los pisos más elevados de castillo. ¿Pero, resistiría este?

Jorehin, todavía temblando, esperó unos segundos cuando el último pedazo de vidrio cayó entre mil más, y contó hasta cuatro.

Un dos tres cuatro. Un dos tres cuatro.

Le costó hacer obedecer a sus piernas, pero entre finas maldiciones, atropelladas unas a otras y siseadas en voz muy baja, logró asomarse tras el piano, mordiéndose la lengua cuando se clavó un cristal en el dedo corazón.

Jorehin, con un dedo en la boca, dejó escapar una plegaria por las aldeas que el agua arrasaría a su paso, en dirección a la pequeña isla que flotaba en el lago de la Foresta de las Brujas.

¿También viviría gente allí? ¿Y qué pasaría con los animales?

Por los dioses.

La parte de Amún que quedaba a nivel del suelo. Las casas y tiendas cercanas a los puertos. Los barrios lujosos. Los de mal nombre, como el de Grata. Las tiendas. La Panadería de Tudy, quien había dejado su trabajo en castillo para montar un próspero negocio. Todo arrasado.

Si el agua continuaba en aquella dirección, hacía el mar y con intenciones muy claras de pasar por encima de la ciudad, lo destruiría a todo. Morirían muchas personas.

Cientos. Miles de personas.

El frente de agua había convergido en dos riadas, dos grandes masas mitad agua mitad barro que casi al mismo tiempo, llegaron al lago.

Jorehin, con el corazón todavía latiéndole a toda prisa, observó como el agua del lago comenzaba a teñirse con todos los sedimentos arrastrados desde las montañas.

Y entonces, como si hubiese cambiado de planes o recordado otros completamente olvidados hasta ese momento—o simplemente hubiese escuchado las plegarias del príncipe—, que la riada cejó en su avance.

Muy lentamente, el extremo de canal más cercano al lago, se alzó de manera errática sobre el suelo, bamboleándose arriba y abajo. Dando sombra a un grupo superviviente de árboles o a una aldea que había salido completamente intacta hasta ese momento; amenazando con destruirlos si las reglas de lo normal volvían a su sitio en un mal ángulo.

Parecían los brazos de un niño pequeño, tirado bocabajo en el suelo y pidiendo más buñuelos.

Y con un último temblor, que agua y tierra se unieron en un abrazo, y ascendieron hasta el cielo.

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