Jorehin
Los grandes ventanales de la Sala de Instrumentos del Castillo de Amún, se encontraban sucios.
Tan, tan sucios, que el mismÃsimo prÃncipe heredero, con sus guantes de seda y chaleco de un amarillo tan pastel que los costureros no se habÃan atrevido a contradecirle, tuvo que hacer el trabajo de decirle a una mujer del servicio que hiciese su aburrida labor y se librase de esa mancha dejada por un diminuto pulgar, antes de que las lunas se postrasen ante esa parte del castillo.
Esa noche practicarÃa con la partitura que iba a representar ese año, y le encantaba la manera en que los haces de luz de luna se posaban sobre la cola de su piano, considerado este el mejor trabajo de Guthiel, constructor de pianos que se habÃa llevado los esquemas de sus obras a la tumba, lo que convertÃa aquel piano, su piano, en algo muy especial.
Eso gustaba a Jorehin Den Gar, hijo de los Gar y los Moruy, por parte de Rey y Reina respectivamente.
Le encantaba tener aquello que los demás no tenÃan. Cosas únicas. Y no por coleccionismo, pues siempre se olvidaba de sus nuevas adquisiciones antes de que sonase la campanita del té de la tarde, el cual se veÃa obligado a sorber junto con aquellas niñas tan maquilladas, perfectitas y modestas que su padre se estaba empecinando en presentarle.
No era por maldad. Simplemente, le gustaba tener cosas importantes para que no las tuviesen otros.
El bueno y pesado de Mhoin, su instructor de piano y esgrima al mismo tiempo, asà como miembro de un gran cÃrculo de Teóricos, una combinación que siempre habÃa resultado curiosa a Jorehin, le decÃa que no estaba bien pensar asÃ. Que si el materialismo esto, que si la crÃtica social aquello. Que si el Sens por aquÃâ¦
Era un hombre de teorÃas, sÃ. De teorÃas elementalmente tontas, para tontos amantes de los elementos plasmados en sus libros de tontos.
El recital anual se celebrarÃa al dÃa siguiente, y Jorehin tenÃa planeado pasar gran parte de la noche ensayando aquella canción llamada Yo corazón y tú alma. Mhoin le habÃa explicado que su compositor la habÃa escrito tras una ruptura, y decididamente, habÃa tristeza en esta.
Grave, acompasada y aguda tristeza.
HarÃa llorar a gran parte de los asistentes. Estaba seguro de ello.
Pasadas unas horas, Jorehin se habÃa librado de las chicas usando todos los buenos modales que le habÃan enseñado, y tras su entrenamiento diario, sin Mhoin otra vez, pues este decÃa estar complemente inmerso en una nueva teorÃa, pasó un buen rato con una doncella con la que se llevaba, digamos, muy bien, y bajó a cenar.
Cenaron únicamente su madre y él, pues su padre estaba ocupado cerrando tratos comerciales antes de que los de nueva Amún les ganasen más terreno en las rutas de comercio por el mar. Jorehin encontró la codorniz deliciosa, asà como el pescado, pero las patatas le supieron insÃpidas. Le comentarÃa a Padre lo que pensaba de las cocineras más tarde.
Pero lo primero era ensayar. Aquella noche habÃa luna llena, y estas se postrarÃan ante su piano.
-
Un baño caliente antes de dormir, y manos limpias antes de sentarse y levantar la bruñida tapa de su piano.
Jorehin no podÃa vivir sin esas cosas. Digamos que una vez se quedó sin Jabón de Falla, se vio injustamente obligado a usar uno de Faya, y hasta que varios cocineros, a escondidas y a órdenes de su madre, no hicieron jabón usando manteca de cerdo y una infusión de especias que olÃan igual que la Falla, que no cesó el berrinche principesco.
Madre pensaba que aquello le enseñarÃa algo, quizá algún tipo de metáfora sobre la buena voluntad de las hadas madrinas que viven entre cuentos muy coloreados. Padre pensaba diferente. El niño estaba malcriado, habÃa que ocupar su mente con una rutina que mantuviese su mente aferrada a algo.
Necesitaban a un heredero de espalda recta. Un heredero capaz.
Y asà habÃa conocido Jorehin el piano. Tocado desde los seis años y siendo capaz de leer partituras con soltura desde los siete. Su padre no habÃa tenido ni la más real idea de que esa afición que le habÃan querido inculcar, les fuese a servir como excusa para organizar un recital anual que también servÃa como recaudación de impuestos, pero habÃa agarrado la oportunidad al vuelo, como un águila.
A padre no se le escapaba nada.
Jorehin habÃa amado ese intrincado instrumento de cientos de sonidos desde que sus dedos de niño se habÃan posado en sus teclas.
No obstante, no fue hasta que supo leer su primera canción, que el alma de este personaje, de aquel niño por entonces tan travieso, se hizo una con las notas que escapaban de sus dedos. HabÃa sido mágico. Se habÃa sentido conectado al a instrumento, a cada tecla, a cada cuerda, a todo cuanto reverberaba entorno a él.
Padre, al ver el entusiasmo de su hijo, habÃa procedido a reformar toda una alcoba que habÃa servido como invernadero, y dejando tan solo la fachada que sostenÃa los grandes ventanales y una pequeña claraboya, la habÃa convertido en el lugar favorito de Jorehin Den Gar.
Una sala de altas columnas, grandes vistas y una reverberación tan perfecta, que hubiese hecho salivar al compositor de la mismÃsima Primera melodÃa. Su piano se encontraba subido a una tarima redonda que podÃa girar sobre sà misma, mirando hacia las grandes ventanas en esos momentos, a tan solo tres pasos del hermoso paisaje que se abrÃa ante ellos dos.
Los campos de arroz labrados al este. Los muelles al Oeste. Y al Sur, tras los grandes caminos y las aldeas de cultivadores, las imponentes Montañas de Goio, tan altas que rozaban las partes bajas del sol y de las lunas.
El puerto de la Carpa azul se encontraba vacÃo, con tan solo una pequeña embarcación amarrada a un poste y un chico joven, probablemente mal pagado, vigilándola. Su padre, más aterrado de lo que le gustaba reconocer, estaba enviando a sus mejores comerciantes a diestro y siniestro, ya fuese con sales, arroces especiados o con el derecho para pescar aquà o allá en ciertas zonas de sus mares.
En fin, mientras Amún siguiese cultivando aquellas fresas tan jugosas que a uno se le caÃa el jugo y hacÃa suspirar a padre, que a Jorehin le daban igual esos tratados. Cierto, serÃa prÃncipe. Pero todavÃa quedaba mucho tiempo para eso. Toda una vida.
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Se plantó delante del piano y encendió una esfera que se activó al presionarla. Según Mhoin, a quien no le habÃa preguntado de pequeño, pero quien posiblemente habÃa visto la pregunta en su mirada, le habÃa explicado que funcionaban a fuerza de agua.
Los molinos de agua que trabajaban en la ciudad, usaban el agua que iba desde las faldas de las Montañas de Goio hasta La Foresta de las Brujas, pasando junto a la ciudad de Amún, construida con el rÃo a un costado y el mar detrás. La fuerza de los molinos alimentaba unos artefactos llamados Dair, y esos daban luz a través de un intrincado sistema de raÃces.
Era un invento nuevo, y de momento solo existÃan en castillo, pues a padre, como no, le daba miedo mostrarlos antes de asentar bien la patente.
Jorehin, miró hacia fuera. Se decÃa que la tribu que vivÃa en la cima de las montañas adoraba a la mismÃsima Era, una entidad que, tras preguntarle a Mhoin, Jorehin supo que realmente recibÃa el nombre de Sainhaâsans. La fundadora de una religión muy peligrosa, que se habÃa hecho, según, de nuevo, los eruditos, con una isla que se encontraba entre los tres continentes. Entre Amún, DâAmun y MâUn.
Aunque claro, era completamente sencillo afirmar con la cabeza bien alta cualquier idea, siempre y cuando esa idea en cuestión, se encontrase en una isla que quedaba fuera de los mapas, debido a fuertes corrientes y accidentado terreno. Asà cualquiera.
Jorehin se preguntaba a veces, si todos aquellos eruditos de trajes arrugados y pañuelos con que poder limpiarse las gafas cuando se sorprendÃan ante algún escrito o falda de poco recato, eran conscientes de que parecÃan acólitos de una verdadera secta.
No habÃa instrumentos de viento en todo el mundo, aquello era verdad, pero Jorehin dudaba mucho que aquel fuese el motivo.
En fin. Como padre siempre le decÃa, no pospongas aquello que debes hacer.
Se sentó delante del piano e hizo los calentamientos de mano pertinentes para lo que iba a hacer. Yo corazón y tú alma. Ya se sabÃa la partitura y hasta podrÃa tocarla con los ojos cerrados, al tiempo que besaba a su criada favorita, pero por algún motivo que no comprendÃa, sentÃa la necesidad de tocar esa noche.
No necesitaba ensayar aquello que ya sabÃa. Tan solo tenÃa la necesidad de tocar, de acariciar cada tecla al tiempo que miraba al cielo estrellado y tocaba para Flama. Para Cendra.
Levantó la tapa de su amado instrumento y se dispuso a tocar la obra que debÃa representar al dÃa siguiente, en su vigésimo cuarto aniversario.
La melodÃa fluÃa con gracia. Altiva. Melosa. Rechazada. AtraÃda. Atontada. Una danza de sentimientos dispares impresos en cada nota, en cada dedo, en cada movimiento del entrenado cuerpo de Jorehin Den Gar. Sus ojos vagaban del reflejo que las lunas proyectaban en los lejanos campos de arroz, a la intrincada forma de las montañas que cortaban el paisaje.
Pronto le ofrecerÃan su reflejo a la cola del piano. Aquel era el instante que Jorehin más esperaba cada dÃa.
Y fue entonces, entre un La sostenido y un Re en escala menor, que el mundo se movió.
De un momento a otro, la plataforma sobre la que estaba anclado el piano rotó hacia la derecha, obligando a un sorprendido Jorehin a aferrarse a los costados del instrumento, estando a muy poco golpearse la boca con todo un Fa que le hubiese arrancado algún que otro diente.
¿Qué diantres�
Otro temblor, de menor intensidad que el anterior, hizo sonar las cuerdas que habÃa dentro del cuerpo de madera al que se encontraba agarrado Jorehin, quien se debatÃa entre esconderse bajo la mesa que habÃa tras él, u observar el abanico de agua que surcaba el cielo, entre dos lunas hermanas.
Con sendos temblores y sus respectivas réplicas, más chorros de agua emergieron con fuerza de los laterales de las montañas, dos torrentes a cada lado, uno a media altura, otro a nivel del suelo. Cuatro grandes masas de agua descendiendo por las escarpadas laderas. En picado hacia el suelo, hacia los cultivos.
Por la desvergonzada armonÃa del primer SÃ en una mujer azorada.
Jorehin, atontado por lo que sus dichosos ojos estaban viendo, observaba entre tembloresâalgunos ya eran suyos del todoâ, como la montaña expulsaba agua del mismo modo en que lo harÃa un globo tras pincharlo dos niños traviesos y un alfiler oxidado.
Las ventanas parecÃa que iban a aguantar, aunque por momentos, vibraban tanto como el piano por dentro. DebÃa guarecerse. QuerÃa ir con sus padres, pero no se veÃa con el corazón para salir al pasillo. La mesa. Se esconderÃa debajo hasta que un guardia le dijese que todo habÃa pasado.
Pero no lo hizo. Jorehin siguió mirando.
El agua bajaba. Bajaba sin parar, por sendos costados de aquellas montañas que desde que Jorehin tenÃa razón, habÃan estado siempre allÃ. Primero, tomándose unos instantes que necesitó para devorar los bosques centenarios, se llevó los campos de arroz. Después las aldeas cercanas, en las que vivÃan los cultivadores. Sin esfuerzo alguno. Todo a su paso, destruido.
La Calamidad de Re. Mhoin estarÃa eufórico.
Los ecos de los primeros temblores todavÃa hacÃan crujir las columnas cuando de un momento a otro, dándole tan solo un quedo suspiro para cerrar los ojos y meterse a toda prisa bajo el piano, las grandes vidrieras, el único vestigio de la época en que aquella cámara habÃa sido un modesto invernadero, cedieron al retumbar.
Innumerables fragmentos de vidrio se hicieron con la estancia en un momento, siendo lo más castigado el piano y la mesa que se hallaba tras un Jorehin muy asustado. TodavÃa con el sonido de cristales ensartándose en la lustrada madera que le hacÃa de escudo, se llevó una mano a la cara, tratando de calmar a su pobre corazón.
Yo Corazón y tú Alma secó sus lágrimas. ¿Cuándo habÃa cogido la partitura?
DebÃa estar soñando. Todo aquel dÃa habÃa sido un sueño. La mancha en la vidriera. Las patatas sin sabor. Su frugal encuentro con Nera, la criada a la que esa tarde Jorehin le habÃa regalado un vestido que le quedaba precioso.
Todo era un sueño. Pronto irÃa a despertarlo Madre, seguida de esa sirvienta tan grande y de andar patizambo que olÃa siempre a buñuelos recién horneados y a leche con canela.
La estructura que habÃa sostenido la vidriera, tan ancha como lo era la Sala de Instrumentos, explotó por entero en un gran alarido, sacando a nuestro prÃncipe del estado de shock. Aquello era real, parecÃa querer trasmitirle el estruendo.
Por Hun y la fallecida diosa Hei.
Desde que habÃa descubierto los placeres de la carne, muchos años atrás, que Jorehin no rezaba a dios alguno.
Madre. Padre.
Las alcobas de sus padres, igual que la suya y en la que se encontraba agazapado y temiendo por su vida en esos momentos, se encontraban en los pisos más elevados de castillo. ¿Pero, resistirÃa este?
Jorehin, todavÃa temblando, esperó unos segundos cuando el último pedazo de vidrio cayó entre mil más, y contó hasta cuatro.
Un dos tres cuatro. Un dos tres cuatro.
Le costó hacer obedecer a sus piernas, pero entre finas maldiciones, atropelladas unas a otras y siseadas en voz muy baja, logró asomarse tras el piano, mordiéndose la lengua cuando se clavó un cristal en el dedo corazón.
Jorehin, con un dedo en la boca, dejó escapar una plegaria por las aldeas que el agua arrasarÃa a su paso, en dirección a la pequeña isla que flotaba en el lago de la Foresta de las Brujas.
¿También vivirÃa gente allÃ? ¿Y qué pasarÃa con los animales?
Por los dioses.
La parte de Amún que quedaba a nivel del suelo. Las casas y tiendas cercanas a los puertos. Los barrios lujosos. Los de mal nombre, como el de Grata. Las tiendas. La PanaderÃa de Tudy, quien habÃa dejado su trabajo en castillo para montar un próspero negocio. Todo arrasado.
Si el agua continuaba en aquella dirección, hacÃa el mar y con intenciones muy claras de pasar por encima de la ciudad, lo destruirÃa a todo. MorirÃan muchas personas.
Cientos. Miles de personas.
El frente de agua habÃa convergido en dos riadas, dos grandes masas mitad agua mitad barro que casi al mismo tiempo, llegaron al lago.
Jorehin, con el corazón todavÃa latiéndole a toda prisa, observó como el agua del lago comenzaba a teñirse con todos los sedimentos arrastrados desde las montañas.
Y entonces, como si hubiese cambiado de planes o recordado otros completamente olvidados hasta ese momentoâo simplemente hubiese escuchado las plegarias del prÃncipeâ, que la riada cejó en su avance.
Muy lentamente, el extremo de canal más cercano al lago, se alzó de manera errática sobre el suelo, bamboleándose arriba y abajo. Dando sombra a un grupo superviviente de árboles o a una aldea que habÃa salido completamente intacta hasta ese momento; amenazando con destruirlos si las reglas de lo normal volvÃan a su sitio en un mal ángulo.
ParecÃan los brazos de un niño pequeño, tirado bocabajo en el suelo y pidiendo más buñuelos.
Y con un último temblor, que agua y tierra se unieron en un abrazo, y ascendieron hasta el cielo.
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