Saru
Saru estaba completamente concentrado en lo que tenÃa delante.
A una sabandija a la que debÃa de quitarse de en medio si querÃa sacar de allà a la chica que yacÃa en el suelo.
Parar los golpes del fanático religioso, a quien Saru llamaba Gris, pues de ese color vestÃa durante su primer encuentro, le habÃa dejado la muñeca tremendamente dolorida. TodavÃa podÃa sujetar la espada y girar la mano, pero notaba un dolor lacerante si la mantenÃa en la misma pose más de unos instantes seguidos.
Saru sabÃa lo que Gris se proponÃa.
Ya le habÃa visto usar aquella magia oscura con el capitán del primer barco que se habÃa hundido en la travesÃa de DâAmun a Amún. Un corte, sangre, sangre al sello, control. Hasta dónde llegaba este control que Gris lograba ejercer sobre otros, no lo sabÃa, y tampoco le importaba en exceso, pues no pensaba darle ni una sola gota.
Gris escupió al suelo tras insultarle en un idioma que Saru no comprendÃa, delante de un árbol calcinado que habÃa caÃdo bajo su propio peso. El hombre se metió una mano bajo la manga, seguramente para sacar otra arma blanca, como le habÃa visto hacer hacÃa un momento, antes de que Saru repeliese su ataque.
No fue un puñal lo que sacó esa vez. Ni otro de esos sellos de sangre que tanto le gustaba usar.
Fueron piedras. Simples y diminutas piedras. O eso pensó Saru en un fatal instante.
Aquella decisión tan pequeña, no obstante, puede que tan pequeña como las agujas que rasgaron el aire con ansia asesina a un mÃsero pulgar de su cara, decidió el destino de Saru.
El Caballero Errante se echó hacia un lado por puro instinto, antes de que Gris recogiese, usando una especie de hilos atados a su antebrazo, las agujas que habÃa lanzado contra a él.
La oreja. A Saru le dolÃa la oreja.
No le hacÃa falta comprobar que era sangre aquello que sentÃa correr por su cartÃlago.
La sonrisa de Gris le dijo todo cuanto necesitaba. TenÃa su sangre.
Saru saltó hacia delante y sin perder velocidad, le lanzó la espada a la cara. No por gallardÃa alguna, tan solo querÃa tenerlo ocupado para que no se llevase uno de sus asquerosos dedos de sabandija al sello.
SabÃa lo rápido que era.
Gris no se molestó en desviar la espada que surcaba el aire hacia él, tan solo se hizo a un lado. Y en ese mismo instante, con un temblor mucho más grande que el resto, el suelo se abrió bajo sus pies.
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Saru saltó al tiempo que, bajo él, mientras todavÃa salvaba el gran agujero que se abrÃa como una boca hambrienta, una cascada, al parecer cansada de tantas reglas, se alzaba de dentro a fuera.
SubÃa hacia el cielo. Incansable. Hacia las estrellas.
Por los cueros del mismÃsimo Hun.
Saru tan solo se habÃa lanzado en busca de una sabandija que habÃa salido impune de demasiadas maldades.
¿En qué se habÃa metido realmente?
¿Qué Saru se sentÃa con la necesidad dolorosamente intrÃnseca de cualquier tipo de redención? Puede ser; esto nos lo contará él, en caso de que logre sobrevivir a los primeros compases de esta melodÃa a componer.
Sin embargo, lo más probable, es que el motivo por el que Saru habÃa decidido, meses atrás, dar caza a ese hombre al que apodaba Gris, fuese un deseo del propio destino.
Ya hemos dejado claro que es una fuerza muy caprichosa.
Otra sacudida del suelo que amenazaba con abrirse bajo sus pies, lanzó a Saru hacia atrás sin contemplación alguna, asà como a Gris y lo que quedaba de lo que antaño habÃa sido algún tipo de arboleda. Saru se golpeó un costado. CreÃa haberse roto un par de costillas. PodÃa moverse entre pinchazos, pero el dolor era atroz.
Aunque lo más atroz era la visión ante él. SalÃa agua por decenas de grietas a la vez, en menor medida que el torrente principal.
Este seguÃa subiendo sin parar, como un gran brazo que tratara de acariciar a cualquiera de las dos lunas, que allá en lo alto, observaban la decisión con cierto rubor.
Aquello era un disparate.
La chica. ¿Dónde estaba la�
â Ave nocturnaâ arrodillada, con ambas manos sobre el suelo y con una mirada que rivalizaba con la del mismÃsimo Gris cuando se afanaba sobre sus vÃctimas, miró a la sabandija, luego al propio Saru y finalmente, a lo que ascendÃa de toda manera imposible ante ellaâ ¿Sabes qué les sucede a las aves pequeñas que anidan en bosques de árboles bajos?
El agua del gran torrente a las estrellas empezó a descender desde sus buenos seis metros de altura, en dirección a Gris.
â Y a ti, gracias. Gracias de todo corazón, extraño caballero que se ha aventurado a salvarme. Lo que has hecho, será recordado. No por mÃ, claro está. Por el mundo.
¿Estaba la muchacha llorando, o era obra de la misma agua que habÃa borrado la sangre del sello que portaba Gris al codo? ¿O acaso estabaâ¦?
La muy loca sonreÃa. A los brazos del amanecer. AllÃ, ante la muerte que se les habÃa presentado con la forma de puñales, de sellos mágicos, de cascadas de agua imposibles, aquella chica lloraba al tiempo que sonreÃa.
Saru, sin quitarle ojo a Gris, quien también se habÃa golpeado al caer, probablemente contra una roca que tenÃa pintada su sangre, quiso decirle algo y adelantarse un paso para cogerla y sacarlos a ambos de ese lugar de locos, pero la mirada de esta le paró los pies de una manera tan contundente que si lo hubiese abofeteado.
â Ahora corre. Corre por tu vida. La situación se va a poner fea.
Narrador entrometido
Y asÃ, dejándote, espero, con una buena dosis de intriga a pocas páginas del inicio de este escrito, y usando un recurso del que ya te dije que iba a abusar durante la presentación, que dejaremos este escenario y grupo de personajes por un rato.
No me odies, lector que está planteándose la idea de comenzar esa otra novela que hace tiempo que tiene comprada. Prometo, al igual que un gatito con una madeja de lana de colores agradablemente chillonesâ agradables para el gatito, claro estáâ, jugar con tu tiempo. Pero nunca hacerte perderlo. No a propósito al menos.
En estos momentos, todavÃa nos queda un personaje por presentar. La última clave de esta historia dominada por el número cuatro. Asà que te propongo, usando un tono más amigable del que usarÃa nuestro último protagonista de este esbozo de obra coral, que retrocedamos una muy amarga noche y vayamos a ello.
¿Quién será esa maravillosa persona que nos queda por conocer?
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