Chapter 7 of 20

El torrente a las estrellas

Cuatro versos - ESPAÑOL1,132 words~6 min read

Saru

Saru estaba completamente concentrado en lo que tenía delante.

A una sabandija a la que debía de quitarse de en medio si quería sacar de allí a la chica que yacía en el suelo.

Parar los golpes del fanático religioso, a quien Saru llamaba Gris, pues de ese color vestía durante su primer encuentro, le había dejado la muñeca tremendamente dolorida. Todavía podía sujetar la espada y girar la mano, pero notaba un dolor lacerante si la mantenía en la misma pose más de unos instantes seguidos.

Saru sabía lo que Gris se proponía.

Ya le había visto usar aquella magia oscura con el capitán del primer barco que se había hundido en la travesía de D’Amun a Amún. Un corte, sangre, sangre al sello, control. Hasta dónde llegaba este control que Gris lograba ejercer sobre otros, no lo sabía, y tampoco le importaba en exceso, pues no pensaba darle ni una sola gota.

Gris escupió al suelo tras insultarle en un idioma que Saru no comprendía, delante de un árbol calcinado que había caído bajo su propio peso. El hombre se metió una mano bajo la manga, seguramente para sacar otra arma blanca, como le había visto hacer hacía un momento, antes de que Saru repeliese su ataque.

No fue un puñal lo que sacó esa vez. Ni otro de esos sellos de sangre que tanto le gustaba usar.

Fueron piedras. Simples y diminutas piedras. O eso pensó Saru en un fatal instante.

Aquella decisión tan pequeña, no obstante, puede que tan pequeña como las agujas que rasgaron el aire con ansia asesina a un mísero pulgar de su cara, decidió el destino de Saru.

El Caballero Errante se echó hacia un lado por puro instinto, antes de que Gris recogiese, usando una especie de hilos atados a su antebrazo, las agujas que había lanzado contra a él.

La oreja. A Saru le dolía la oreja.

No le hacía falta comprobar que era sangre aquello que sentía correr por su cartílago.

La sonrisa de Gris le dijo todo cuanto necesitaba. Tenía su sangre.

Saru saltó hacia delante y sin perder velocidad, le lanzó la espada a la cara. No por gallardía alguna, tan solo quería tenerlo ocupado para que no se llevase uno de sus asquerosos dedos de sabandija al sello.

Sabía lo rápido que era.

Gris no se molestó en desviar la espada que surcaba el aire hacia él, tan solo se hizo a un lado. Y en ese mismo instante, con un temblor mucho más grande que el resto, el suelo se abrió bajo sus pies.

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Saru saltó al tiempo que, bajo él, mientras todavía salvaba el gran agujero que se abría como una boca hambrienta, una cascada, al parecer cansada de tantas reglas, se alzaba de dentro a fuera.

Subía hacia el cielo. Incansable. Hacia las estrellas.

Por los cueros del mismísimo Hun.

Saru tan solo se había lanzado en busca de una sabandija que había salido impune de demasiadas maldades.

¿En qué se había metido realmente?

¿Qué Saru se sentía con la necesidad dolorosamente intrínseca de cualquier tipo de redención? Puede ser; esto nos lo contará él, en caso de que logre sobrevivir a los primeros compases de esta melodía a componer.

Sin embargo, lo más probable, es que el motivo por el que Saru había decidido, meses atrás, dar caza a ese hombre al que apodaba Gris, fuese un deseo del propio destino.

Ya hemos dejado claro que es una fuerza muy caprichosa.

Otra sacudida del suelo que amenazaba con abrirse bajo sus pies, lanzó a Saru hacia atrás sin contemplación alguna, así como a Gris y lo que quedaba de lo que antaño había sido algún tipo de arboleda. Saru se golpeó un costado. Creía haberse roto un par de costillas. Podía moverse entre pinchazos, pero el dolor era atroz.

Aunque lo más atroz era la visión ante él. Salía agua por decenas de grietas a la vez, en menor medida que el torrente principal.

Este seguía subiendo sin parar, como un gran brazo que tratara de acariciar a cualquiera de las dos lunas, que allá en lo alto, observaban la decisión con cierto rubor.

Aquello era un disparate.

La chica. ¿Dónde estaba la…?

— Ave nocturna— arrodillada, con ambas manos sobre el suelo y con una mirada que rivalizaba con la del mismísimo Gris cuando se afanaba sobre sus víctimas, miró a la sabandija, luego al propio Saru y finalmente, a lo que ascendía de toda manera imposible ante ella— ¿Sabes qué les sucede a las aves pequeñas que anidan en bosques de árboles bajos?

El agua del gran torrente a las estrellas empezó a descender desde sus buenos seis metros de altura, en dirección a Gris.

— Y a ti, gracias. Gracias de todo corazón, extraño caballero que se ha aventurado a salvarme. Lo que has hecho, será recordado. No por mí, claro está. Por el mundo.

¿Estaba la muchacha llorando, o era obra de la misma agua que había borrado la sangre del sello que portaba Gris al codo? ¿O acaso estaba…?

La muy loca sonreía. A los brazos del amanecer. Allí, ante la muerte que se les había presentado con la forma de puñales, de sellos mágicos, de cascadas de agua imposibles, aquella chica lloraba al tiempo que sonreía.

Saru, sin quitarle ojo a Gris, quien también se había golpeado al caer, probablemente contra una roca que tenía pintada su sangre, quiso decirle algo y adelantarse un paso para cogerla y sacarlos a ambos de ese lugar de locos, pero la mirada de esta le paró los pies de una manera tan contundente que si lo hubiese abofeteado.

— Ahora corre. Corre por tu vida. La situación se va a poner fea.

Narrador entrometido

Y así, dejándote, espero, con una buena dosis de intriga a pocas páginas del inicio de este escrito, y usando un recurso del que ya te dije que iba a abusar durante la presentación, que dejaremos este escenario y grupo de personajes por un rato.

No me odies, lector que está planteándose la idea de comenzar esa otra novela que hace tiempo que tiene comprada. Prometo, al igual que un gatito con una madeja de lana de colores agradablemente chillones— agradables para el gatito, claro está—, jugar con tu tiempo. Pero nunca hacerte perderlo. No a propósito al menos.

En estos momentos, todavía nos queda un personaje por presentar. La última clave de esta historia dominada por el número cuatro. Así que te propongo, usando un tono más amigable del que usaría nuestro último protagonista de este esbozo de obra coral, que retrocedamos una muy amarga noche y vayamos a ello.

¿Quién será esa maravillosa persona que nos queda por conocer?

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