Zundine
En clave de Sens. De Sens a un cuerpo. Cuerpo con forma.
Los remos se movÃan solos, impulsando la pequeña barca que tenÃa únicamente sitio para el mástil, un trozo de metal para amarrar el ancla, la persona encapuchada que transportaba, y una pequeña bolsa que habÃa vivido mejores momentos.
La mujer encapuchada portaba una lanza en sus manos, y la giraba y giraba sin cesar, emergiendo de la lanza notas suaves que hacÃan avanzar la barca remo a remo.
Ya podÃan verse las famosas montañas más altas de Amún, y las siluetas de los montes que formaban los valles Centra y Est.
El mar iba embraveciéndose por momentos, obligándola a sujetarse al mástil con una mano, mientras con la otra seguÃa dando impulso a la forma que movÃa los remos.
â Parece que llegamos tardeâle dijo la lanza a la lancera, una voz apenas audible bajo el fragor de la barcaza surcando el mar.
La figura encapuchada, haciendo caso omiso de la voz que habÃa salido de aquella lanza tan especial, se limitó a mirar hacia la tierra firme que se acercaba hacia ella.
DebÃa hacerlo. Por más que doliese.
â SÃ. Eso parece.
Zundine Zun no tenÃa tiempo que perder. Se iba a derramar sangre en esa ciudad llamada Nueva Amún.
Gorath
¿De dónde habÃa salido el sucedáneo ese de caballero?
Y, ¿qué demonios habÃa hecho la chica con el agua? Era una muchacha fiera, realmente fiera. De las que de vez en cuando, cuando le apetecÃa jugar con sus presas, gustaban a Gorath, un acólito muy ferviente de la religión de Vaahj.
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EL ORADOR SE ENCUENTRA EN LAS MONTAÃAS DE GOIO. TRAEDLO. VIVO.
En las instrucciones que Gorath habÃa recibido, no se mencionaba nada que tener en cuenta para poder realizar su misión. Entrar en la aldea, capturar al Orador y llevarlo al lugar acordado. Suerte que siempre llevaba consigo aquellos Sellos de Sans, regalos de su AltÃsima Señora.
De no haber sido asÃ, probablemente y aunque le doliese admitirlo, esa chica de estrechas caderas hubiese podido con él.
Tan solo les habÃan dicho que debÃan encontrar al Orador, aunque tampoco le habÃan dado descripción alguna. Los niños callejeros que su orden usaba para trasmitir los mensajes, entre monedas de bronce, notas bien plegadas y algún que otro mal momento entre emisor y emisario, le habÃan entregado la nota y se habÃan marchado cabizbajos.
Gorath, sin saber lo que ocurrÃa del todo, pero consciente de que algo importante estaba sucediendo, sabÃa que debÃa actuar. Mirando al intento de caballero a los ojos, se llevó tres dedos a un sello que se sacó del interior de las mangas, dispuesto a despojarlo temporalmente de todo Sens, como habÃa hecho con la chica.
Cierto que el efecto era temporal, y que debÃa conseguir algo de su sangre para que el sello supiese a quien debÃa ser dirigido, pero aquellos inventos, eran una delicia. PodÃan conseguirle a uno placeres que, de otro modo, le escupirÃan en la cara.
Le echó un último vistazo a la chica tirada en el suelo antes de adelantarse un paso y encararse del todo con el hombre que habÃa tenido las agallas de llamarlo violador. Pero si ni siquiera le habÃa dejado terminar.
Este abrió la boca, probablemente para soltar otro de esos comentarios mordaces que tanto parecÃan gustarle, pero Gorath no le dio tiempo.
Puñal en mano, saltó sobre este usando de impulso una roca que sobresalÃa del suelo. Un poco más allá del chico se abrÃa una de aquellas grietas que aparecÃan tras los temblores que hacÃa un rato sacudÃan la montaña. Gorath bajó rápidamente el puñal para clavárselo en el cuello, pero el chico usó el mango de su espada para repeler el ataque, con un golpe seco que casi le hizo soltar el puñal.
Dejando las reverencias por las habilidades de ese chico tan joven para cuando lo hubiese matado, Gorath se sacó otro puñal de la manga y le asestó una puñalada directa al ojo.
De una manera incomprensible, dejándolo sin aire, con una sensación de desorientación creciente, y con la marca de una bota en el estómago, Gorath salió disparado hacia atrás. Recordaba que el chico era rápido, pero sin duda debÃa de haber estado entrenando desde su primer encuentro. El chaval se limitaba a mirarlo fijamente. Una mirada tremendamente intensa. Como la que un león posarÃa con hambre sobre una gacela.
Salvo que él no era una jodida gacela.
â Muchacho estúpido y arroganteâGorath escupió sangre al suelo tras levantarse y comprobar que el sello que querÃa usar se encontraba intacto.
Una gota. Tan solo necesitaba una gota de su sangre.
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