Saru
Con una mano en la espada y la otra en un escudo que habÃa perdido su función, Saruâ llamémosle El caballero errante para añadirle algo de teatralidad al textoâ, quien habÃa fracasado en su función de proteger a su rey un tiempo atrás, observaba el rastro de la presa a la que llevaba semanas dando caza.
Un continente a través, dos barcos hundidos, tres hombres muertos y cuatro meses después, Saru al fin habÃa dado con aquel malnacido al que habÃa conocido en Nuevo Amún.
Saru aceptaba el hecho de que lo habÃa cogido en un mal dÃa, aquejado de un dolor de cabeza horrible, tras semanas bebiendo sin parar en las posadas más zarrapastrosas de la ciudad que habÃa tenido el engreimiento de llamarse a sà misma Nueva Amún.
Si ni siquiera tenÃan buena comida.
La ciudad, perteneciente al continente de DâAmún, y compartiendo su territorio de cultivo con la institución religiosa llamada La Sede de las Almas, se mostraba en los mapas como lo que querÃa ser, Nueva Amún, compitiendo por el derecho de las rutas comerciales con la ahora, y a boca de los habitantes de esta nueva ciudad, Vieja Amún.
A Saru le daban igual esas luchas por las rutas comerciales. Lo nuevo. Lo viejo. A esas alturas, le daba igual todo.
Lo que no le habÃa dado igual habÃa sido lo que le habÃa hecho a esa pobre muchacha. Ni siquiera se habÃa ocultado para ello, asomados ambos a la ventana de la posada; ella con una mano en el alfeizar, él con una mano detrás de ella.
Y como si ese hombre ostentase el más alto y sagrado rango de todo el mundo entero, nadie habÃa tratado de hacer nada. Aquello habÃa acentuado la rabia con la que Saru habÃa irrumpido en su habitación.
Saru recordaba bien el intercambio que habÃan tenido. Cortes. Pinchazos. Algún que otro insulto en una lengua que no habÃa logrado comprender. Pero mientras Saru acorralaba a aquella sabandija de hombre conta la pared y la chica escapaba, la sabandija le habÃa propinado una patada en la entrepierna, para luego escapar por una ventana, dejando caer algo tras de sÃ.
El nombre de un lugar, la esquina de un barrio de mala muerte entre cuatro calles de peor fama todavÃa.
Saru habÃa asistido a una reunión aparentemente ilÃcita, escondido tras una ventana, en el espacio que quedaba entre dos casas, tan atento como los dos gatos que, intrigados por su curiosidad, digamos, predatoria, se habÃan asomado junto a él.
Amún. La vieja Amún. Ese hombre, junto con otros que vestÃan como él y parecÃan moverse únicamente bajo el manto de la noche, tenÃan planes para una persona. Planes malos. Planes horribles.
Cosas peores que lo que fuese que habÃa causado la destrucción de toda la Sede de Almas, hecho que habÃa causado un gran revuelo y cuyo motivo no mencionaban los pasquines.
Y por eso se encontraba ahora en Amún, lugar que para nada se merecÃa el apodo de vieja que le habÃan encasquetado más allá del océano. Cierto que sus métodos de conreo eran algo más primitivos, y que la ciudad tenÃa cierta tendencia a lo básico en su construcción rectangular y de grandes plazas redondas, pero era un lugar lleno de vida.
Lo que no le habÃa gustado tanto habÃa sido subir la montaña al tiempo que trataba de que ese condenado hombre y sus dos compañeros, no se diesen cuenta de su presencia.
HabÃa ido siempre un saliente por debajo del grupito de hombres, cada saliente marcado por carteles en los que habÃa pintados dibujos de apariencia infantil. El amanecer en un saliente de la parte este. El atardecer en un saliente de la Oeste. En algunos se alzaban pequeñas estatuas de peces con la boca abierta sobre el abismo que se abrÃa hasta las faldas de la montaña.
Sin embargo, un temblor habÃa causado que una pequeña abertura en la piel de la montaña expulsase un chorro de agua tan potente que habÃa recorrido seis metros paralelos al suelo, antes de perder potencia y convertirse en un chorro de agua que descendÃa furioso por las laderas. El suceso habÃa durado pocos segundos, pero cuando habÃa terminado, Saru habÃa perdido un tiempo precioso.
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Cuando logró llegar a la cima de las Montañas de Goio, siguiendo los planes de aquellas sabandijas que habÃan activado algo largo tiempo atrás muerto en él, Saru, el caballero errante, se encontró con que habÃa fracasado de nuevo.
Una aldea en llamas. Llamas rojas. Llamas amarillas. Lenguas ávidas de oxÃgeno alzándose contra el cielo, cuerpos tirados en el suelo.
Comprobó rápidamente que no quedaba nadie a quien poder salvar y tras unas palabras rápidas hacia los muertos, logró encontrar un grupo de pisadas que se marcaban sobre las cenizas, y emprendió la caza.
Abuelo
Maldición.
Malditas las profecÃas. Malditas las tradiciones. Malditos los invasores. Malditos todos.
Malditos dioses.
Adeluehost, el abuelo de Firans, alcanzó la meseta en dónde se alzaba el Santuario, al tiempo que más maldiciones e improperios que hubiesen hecho sonrojar a sus mentores de la infancia, escapaban de sus labios.
Firans estaba bien. TenÃa que estarlo. MorÃa de ganas por salir a buscarla, pero muy amargamente, tenÃa algo que hacer.
Oh, Hun, ¿por qué has permitido esto?
Miró hacia el exterior una última vez antes de atravesar la entrada de la cueva que llevaba hasta la maldita Fosa Primordial. Por los putrefactos senos de una bruja de Fhon, ¿cómo podÃa haber sucedido todo tan rápido? Tres únicos hombres se habÃan bastado para matar a todo cuanto encontraban a su paso. Se movÃan muy rápido.
Inhumanamente rápido.
Los temblores eran patentes a más se adentraba Adeluehost en las entrañas de Goio. El agua se condensaba en las rocosas paredes, filtrándose y encharcando el suelo. Adeluehost avanzaba al tiempo que trataba de no pensar en la presión de agua que estaba concentrándose a su alrededor, pero le fue imposible no realizar la comparación de una hormiga con él mismo.
Una hormiga que avanzaba inquieta por su hormiguero, con una migaja de pan en su lomo, levantando las antenitas al ser consciente de la riada que se avecina.
La secta de Vaahj. Al fin habÃan decidido actuar.
Malditas religiones también ¿Es que el maldito planeta no era lo suficientemente grande como para convivir todos en paz?
Maldito planeta.
Bien atento al sonido del agua, Adeluehost paró, entre maldiciones y resuellos, ante el abismo que se abrÃa en el interior de las mismÃsimas montañas, con una mano en el pecho y la otra en una rodilla tan vieja como cansada. Le dolÃa todo el cuerpo, cada músculo aquejado por el trote que llevaba esa noche.
Se encontraba en el corazón del Santuario. Una estructura de madera, tan alta como un hombre y con forma de colmena de abejas, se alzaba a un palmo del lugar en que se encontraba la fosa Primordial.
Decenas, centenas, quizá hasta mil metros más abajo. En la oscuridad, en la protección que ofrecÃa aquella montaña erguida en pos de mantener el lugar a salvo.
RÃos ignorando la fuerza de la gravedad, la intrÃnseca necesidad de un suelo sobre el que arrastrarse, formaban siluetas increÃbles en el aire, en la gran cavidad que habÃa en corazón de las montañas.
Un lazo que se deshacÃa tan rápido como se anudaba. Un caballo trotando y salpicándolo todo con su acuosa y esbelta crin. Ovillos de riachuelos tan intrincados que Adeluehost pudo ver cada madeja de agua entrelazándose con el resto.
Y de vez en cuando, como si aquella perfección no le gustara a aquella caprichosa y destructora fuerza de los elementos, un chorro de agua emergÃa rápidamente de la oscuridad que habÃa más abajo, destruÃa alguna de las formas recién creadas y golpeaba las paredes, arrancando rocas y añadiendo más temblores a la cuenta de aquella noche.
HabÃa habido una vez, sin embargo, mucho tiempo atrás, en que una creación de aquella cosa que originaba siluetas tan rápido como les daba un final, habÃa, siguiendo los miles de patrones y pautas de todo concepto habido y por haber, tomado una verdadera forma.
Con consciencia. Con olor. En armonÃa. Con calor.
Cierto. Hun habÃa logrado que las fuerzas elementales no estuviesen al acceso de casi todo ser viviente, solventando el grave problema que habÃa dado lugar a la necesidad de buscar una solución.
Pero desde que cada uno de los cuatro elementos básicos se habÃa visto obligado a pasar por lo que, a un nivel planetario, debÃa ser tan pequeño como el ojo de una aguja, que lo hacÃan con ganas.
La Fábrica de realidades creaba. Creaba y creaba. Creaba sin parar.
Y aquello que Hun habÃa hecho, habÃa sido tan solo un parche. Una tirita en un sistema que necesitaba de un mantenimiento muy concreto para que no saltara todo por los aires.
Adeluehost, temblando ante el prospecto de lo que podÃa o no ocurrir, observó la especie de colmena de madera que habÃa a su lado, apartó los pensamientos sobre aquello que dormitaba más abajo, y dejó vagar su mente.
Sintiéndose incapaz siquiera de imaginarse tomando contacto con la masa de agua fuera de control que creaba formas tras él, lo hizo con el agua de un charco que se extendÃa a dos pasos. Varias gotas se elevaron y cayeron en la abertura superior de la colmena. PodrÃa haberla trasportado ahuecando las palmas de las manos, pero no habÃa tiempo.
Y estaba viejo.
Un silbido emergió de la colmena ante él, una nota por cada orificio labrado en el lateral de la estructura; un agujero por cada nota en la escala de Sol.
TodavÃa no era tarde. Cierto que ya no habÃa manera de apaciguar al elemento en sÃ, pero si fuese capaz de controlar la manera en que el agua subÃa sin parar desde la fosa abierta a nivel del suelo, muchos metros abajo, la situación podÃa ser salvable. Si es que ese maldito aparato funcionaba.
Si asà era, podÃa evitar una gran catástrofe, aunque para ello tuviese que crear una catástrofe menor.
Que Hun los amparase a todos.
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