Chapter 4 of 20

Caballero y anciano

Cuatro versos - ESPAÑOL1,697 words~9 min read

Saru

Con una mano en la espada y la otra en un escudo que había perdido su función, Saru— llamémosle El caballero errante para añadirle algo de teatralidad al texto—, quien había fracasado en su función de proteger a su rey un tiempo atrás, observaba el rastro de la presa a la que llevaba semanas dando caza.

Un continente a través, dos barcos hundidos, tres hombres muertos y cuatro meses después, Saru al fin había dado con aquel malnacido al que había conocido en Nuevo Amún.

Saru aceptaba el hecho de que lo había cogido en un mal día, aquejado de un dolor de cabeza horrible, tras semanas bebiendo sin parar en las posadas más zarrapastrosas de la ciudad que había tenido el engreimiento de llamarse a sí misma Nueva Amún.

Si ni siquiera tenían buena comida.

La ciudad, perteneciente al continente de D’Amún, y compartiendo su territorio de cultivo con la institución religiosa llamada La Sede de las Almas, se mostraba en los mapas como lo que quería ser, Nueva Amún, compitiendo por el derecho de las rutas comerciales con la ahora, y a boca de los habitantes de esta nueva ciudad, Vieja Amún.

A Saru le daban igual esas luchas por las rutas comerciales. Lo nuevo. Lo viejo. A esas alturas, le daba igual todo.

Lo que no le había dado igual había sido lo que le había hecho a esa pobre muchacha. Ni siquiera se había ocultado para ello, asomados ambos a la ventana de la posada; ella con una mano en el alfeizar, él con una mano detrás de ella.

Y como si ese hombre ostentase el más alto y sagrado rango de todo el mundo entero, nadie había tratado de hacer nada. Aquello había acentuado la rabia con la que Saru había irrumpido en su habitación.

Saru recordaba bien el intercambio que habían tenido. Cortes. Pinchazos. Algún que otro insulto en una lengua que no había logrado comprender. Pero mientras Saru acorralaba a aquella sabandija de hombre conta la pared y la chica escapaba, la sabandija le había propinado una patada en la entrepierna, para luego escapar por una ventana, dejando caer algo tras de sí.

El nombre de un lugar, la esquina de un barrio de mala muerte entre cuatro calles de peor fama todavía.

Saru había asistido a una reunión aparentemente ilícita, escondido tras una ventana, en el espacio que quedaba entre dos casas, tan atento como los dos gatos que, intrigados por su curiosidad, digamos, predatoria, se habían asomado junto a él.

Amún. La vieja Amún. Ese hombre, junto con otros que vestían como él y parecían moverse únicamente bajo el manto de la noche, tenían planes para una persona. Planes malos. Planes horribles.

Cosas peores que lo que fuese que había causado la destrucción de toda la Sede de Almas, hecho que había causado un gran revuelo y cuyo motivo no mencionaban los pasquines.

Y por eso se encontraba ahora en Amún, lugar que para nada se merecía el apodo de vieja que le habían encasquetado más allá del océano. Cierto que sus métodos de conreo eran algo más primitivos, y que la ciudad tenía cierta tendencia a lo básico en su construcción rectangular y de grandes plazas redondas, pero era un lugar lleno de vida.

Lo que no le había gustado tanto había sido subir la montaña al tiempo que trataba de que ese condenado hombre y sus dos compañeros, no se diesen cuenta de su presencia.

Había ido siempre un saliente por debajo del grupito de hombres, cada saliente marcado por carteles en los que había pintados dibujos de apariencia infantil. El amanecer en un saliente de la parte este. El atardecer en un saliente de la Oeste. En algunos se alzaban pequeñas estatuas de peces con la boca abierta sobre el abismo que se abría hasta las faldas de la montaña.

Sin embargo, un temblor había causado que una pequeña abertura en la piel de la montaña expulsase un chorro de agua tan potente que había recorrido seis metros paralelos al suelo, antes de perder potencia y convertirse en un chorro de agua que descendía furioso por las laderas. El suceso había durado pocos segundos, pero cuando había terminado, Saru había perdido un tiempo precioso.

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Cuando logró llegar a la cima de las Montañas de Goio, siguiendo los planes de aquellas sabandijas que habían activado algo largo tiempo atrás muerto en él, Saru, el caballero errante, se encontró con que había fracasado de nuevo.

Una aldea en llamas. Llamas rojas. Llamas amarillas. Lenguas ávidas de oxígeno alzándose contra el cielo, cuerpos tirados en el suelo.

Comprobó rápidamente que no quedaba nadie a quien poder salvar y tras unas palabras rápidas hacia los muertos, logró encontrar un grupo de pisadas que se marcaban sobre las cenizas, y emprendió la caza.

Abuelo

Maldición.

Malditas las profecías. Malditas las tradiciones. Malditos los invasores. Malditos todos.

Malditos dioses.

Adeluehost, el abuelo de Firans, alcanzó la meseta en dónde se alzaba el Santuario, al tiempo que más maldiciones e improperios que hubiesen hecho sonrojar a sus mentores de la infancia, escapaban de sus labios.

Firans estaba bien. Tenía que estarlo. Moría de ganas por salir a buscarla, pero muy amargamente, tenía algo que hacer.

Oh, Hun, ¿por qué has permitido esto?

Miró hacia el exterior una última vez antes de atravesar la entrada de la cueva que llevaba hasta la maldita Fosa Primordial. Por los putrefactos senos de una bruja de Fhon, ¿cómo podía haber sucedido todo tan rápido? Tres únicos hombres se habían bastado para matar a todo cuanto encontraban a su paso. Se movían muy rápido.

Inhumanamente rápido.

Los temblores eran patentes a más se adentraba Adeluehost en las entrañas de Goio. El agua se condensaba en las rocosas paredes, filtrándose y encharcando el suelo. Adeluehost avanzaba al tiempo que trataba de no pensar en la presión de agua que estaba concentrándose a su alrededor, pero le fue imposible no realizar la comparación de una hormiga con él mismo.

Una hormiga que avanzaba inquieta por su hormiguero, con una migaja de pan en su lomo, levantando las antenitas al ser consciente de la riada que se avecina.

La secta de Vaahj. Al fin habían decidido actuar.

Malditas religiones también ¿Es que el maldito planeta no era lo suficientemente grande como para convivir todos en paz?

Maldito planeta.

Bien atento al sonido del agua, Adeluehost paró, entre maldiciones y resuellos, ante el abismo que se abría en el interior de las mismísimas montañas, con una mano en el pecho y la otra en una rodilla tan vieja como cansada. Le dolía todo el cuerpo, cada músculo aquejado por el trote que llevaba esa noche.

Se encontraba en el corazón del Santuario. Una estructura de madera, tan alta como un hombre y con forma de colmena de abejas, se alzaba a un palmo del lugar en que se encontraba la fosa Primordial.

Decenas, centenas, quizá hasta mil metros más abajo. En la oscuridad, en la protección que ofrecía aquella montaña erguida en pos de mantener el lugar a salvo.

Ríos ignorando la fuerza de la gravedad, la intrínseca necesidad de un suelo sobre el que arrastrarse, formaban siluetas increíbles en el aire, en la gran cavidad que había en corazón de las montañas.

Un lazo que se deshacía tan rápido como se anudaba. Un caballo trotando y salpicándolo todo con su acuosa y esbelta crin. Ovillos de riachuelos tan intrincados que Adeluehost pudo ver cada madeja de agua entrelazándose con el resto.

Y de vez en cuando, como si aquella perfección no le gustara a aquella caprichosa y destructora fuerza de los elementos, un chorro de agua emergía rápidamente de la oscuridad que había más abajo, destruía alguna de las formas recién creadas y golpeaba las paredes, arrancando rocas y añadiendo más temblores a la cuenta de aquella noche.

Había habido una vez, sin embargo, mucho tiempo atrás, en que una creación de aquella cosa que originaba siluetas tan rápido como les daba un final, había, siguiendo los miles de patrones y pautas de todo concepto habido y por haber, tomado una verdadera forma.

Con consciencia. Con olor. En armonía. Con calor.

Cierto. Hun había logrado que las fuerzas elementales no estuviesen al acceso de casi todo ser viviente, solventando el grave problema que había dado lugar a la necesidad de buscar una solución.

Pero desde que cada uno de los cuatro elementos básicos se había visto obligado a pasar por lo que, a un nivel planetario, debía ser tan pequeño como el ojo de una aguja, que lo hacían con ganas.

La Fábrica de realidades creaba. Creaba y creaba. Creaba sin parar.

Y aquello que Hun había hecho, había sido tan solo un parche. Una tirita en un sistema que necesitaba de un mantenimiento muy concreto para que no saltara todo por los aires.

Adeluehost, temblando ante el prospecto de lo que podía o no ocurrir, observó la especie de colmena de madera que había a su lado, apartó los pensamientos sobre aquello que dormitaba más abajo, y dejó vagar su mente.

Sintiéndose incapaz siquiera de imaginarse tomando contacto con la masa de agua fuera de control que creaba formas tras él, lo hizo con el agua de un charco que se extendía a dos pasos. Varias gotas se elevaron y cayeron en la abertura superior de la colmena. Podría haberla trasportado ahuecando las palmas de las manos, pero no había tiempo.

Y estaba viejo.

Un silbido emergió de la colmena ante él, una nota por cada orificio labrado en el lateral de la estructura; un agujero por cada nota en la escala de Sol.

Todavía no era tarde. Cierto que ya no había manera de apaciguar al elemento en sí, pero si fuese capaz de controlar la manera en que el agua subía sin parar desde la fosa abierta a nivel del suelo, muchos metros abajo, la situación podía ser salvable. Si es que ese maldito aparato funcionaba.

Si así era, podía evitar una gran catástrofe, aunque para ello tuviese que crear una catástrofe menor.

Que Hun los amparase a todos.

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