Chapter 3 of 20

Los Tejedores de Agua

Cuatro versos - ESPAÑOL1,893 words~10 min read

Firans

¿Cuántas estrellas hay en el cielo? ¿Son los cometas estrellas migratorias que se equivocaron de órbita? ¿Logró la atrevida de Funn enviarle el último mensaje a su amado rey?

¿Había su abuelo, encargado al fin aquellos libros que relataban las historias de la aventurera de Jina?

Todas esas preguntas, tontas y banales, depende de a quién le preguntemos, se empujaban unas a otras en la mente de Firans. Miraba hacia el cielo. A las estrellas. A las dos grandes lunas que, de Este a Oeste, se contemplaban la una a la otra, compitiendo por ver cuál de las dos brillaba más.

Las dos hijas de la Señora del Fuego. Flama y Cendra. Lunas hermanas.

Haciendo caso omiso del sonido tras ella, Firans, de la tribu de los Tejedores de Agua, anduvo los pocos pasos que le restaban para llegar al final del acantilado que se abría hacia los terrenos de Amún, la capital de todo el continente que ostentaba el mismo nombre.

En contraste con lo precioso que se extendía bajo ella, a decenas y decenas de metros más abajo, entre cascadas y riachuelos que descendían con orgullo hasta formar el lago llamado La Foresta de las Brujas, la aldea que se había alzado modestamente sobre árboles chatos, en lo alto de las Montañas de Goio, ardía tras Firans.

Ardía con ganas. Con malicia. A manos de un hombre al que no conocía.

Firans se dispuso a saltar hacia un saliente que quedaba medio metro más abajo, cuando una mano agarró la capucha de su túnica y tiró de ella hacia atrás, haciéndola caer de espaldas.

Tras el golpe de dolor en la espalda y nuca, el cielo, estrellado con mucho esmero, quedó suspendido sobre ella. Ninguna nube en el horizonte. Ningún ave que presenciar sus últimos momentos de vida.

Una cara de rasgos muy marcados, tez cetrina y mirada penetrantemente acusadora, se interpuso entre ella y el cielo, salpicada por los géiseres que salían con fuerza del suelo, alzándose sus buenos tres metros.

— Los tuyos ya no tienen cabida en este mundo. Ya cumplisteis vuestra función. Ahora dime.

El hombre se llevó la mano al cinturón de piel y le mostró el puñal que le había visto usar contra Baar, su amiga de la infancia. O al menos lo había sido. Ahora yacía junto a un número excesivamente alto de cadáveres.

Ellos no intervenían en el mundo. Los Tejedores se mantenían aparte. Ejercían su función en el equilibrio de los elementos sin molestar a nadie. Así lo habían jurado. Y así lo habían mantenido.

— ¿Dónde está?

Firans quiso hablar, pero antes de que pudiese coger aire para formular la pregunta, esta murió en sus labios, al propinarle una patada el hombre que se estaba sentando a ahorcadillas sobre ella, mirándola de forma demasiado directa a los ojos, como si quisiera escarbar a través de estos, y ella sin poder evitarlo, trató de retirarse.

Le fue imposible.

El hombre olía a sudor, un olor fuertemente exacerbado por la sangre que cubría sus ropas. Y había otro olor que se sobreponía al resto. Cenizas. Muerte. Cuerpos en llamas.

— Piensa bien tu respuesta. Tus amigos no lo hicieron —añadió tras señalar con su cabeza tras de sí, hacía las llamas que trataban de alcanzar el cielo—. El Orador. ¿Dónde está?

Ya le había escuchado hacer esa pregunta a las personas que yacían muertas tras ella, y el recuerdo no hizo más que aumentar la parálisis que se había hecho con su cuerpo.

Firans sabía de qué estaba hablando. Y aquello era una estupidez. El Orador era una vieja leyenda. Un mito. El huevo del que habían salido miles de historias y cuentos infantiles.

Firans quiso gritar. Quiso decirle a ese hombre, gritarle a la cara más bien, que había exterminado a su aldea para nada.

Que le había quitado todo lo que tenía, por nada.

Baar. Nhya. El bueno de Jor. El abuelo ¿Estaría muerto también?

La última vez que lo había visto, había sido antes del ataque, cuando este se dirigía hacia el santuario, para realizar la ceremonia de esa noche. ¿Habrían destrozado el santuario también…?

No. De ser así, ya estarían todos muertos.

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— No sabemos… nada— ella no sabía nada. Los demás ya no tenían tal opción— No sé de lo que hablas. Hablas de un mito.

Leyendas. Mitos. Aquello que Firans siempre había anhelado, aquello que había hecho vagar su mente de maneras inimaginables, se alzaba imponente a un palmo de su rostro, marcado con la sangre de sus amigos e inquiriendo respuestas que un niño de cinco años, sabría dar sin pestañear.

Firans casi escupió la última palabra. Pero no por desdén hacia el hombre que la miraba igual que el carnicero hace con la pieza de carne que todavía no es, técnicamente hablando, una pieza de carne. El peso del hombre sobre su pecho le impedía respirar con normalidad.

Y este parecía estar disfrutando de ello.

Un destello la cegó cuando el hombre alzó la mano para después bajarla rápidamente, y Firans, con el corazón latiéndole tan rápido que llegó a pensar que le saldría del pecho y atravesaría al malnacido que se postraba con sorna sobre ella, pudo ver por el rabillo del ojo el gran puñal clavado en la tierra, junto a su mejilla, en la que sentía ahora un apremiante escozor y algo húmedo que se le metió dentro de la oreja.

Húmedo. Humedad. Agua. El sonido del elemento en cuestión se le hizo mucho más patente cuando la parte agradable de la realidad, llegó hasta ella.

— ¿Dónde lo tenéis escondido?

Firans ignoró su pregunta y cerró los ojos.

Ella era una Tejedora de Agua. Y se encontraban en la cima de las Montañas de Goio. Cascadas, cascadas, y más cascadas. Lagos entre pendientes. Ríos zigzagueando mientras nutrían las montañas por entero.

¿Podría hacerlo? Debía hacerlo.

Habían jurado no interferir, sí. Pero el mundo había interferido en ellos. En su papel como cuidadores del equilibrio. En su rol en el mundo. Habían jurado no usar sus habilidades contra otros, y ante el miedo de una población que no podía realizar los mismos actos que ellos, se habían visto medio obligados a vivir ligeramente apartados de la civilización.

Pero aquello iba demasiado lejos. Aquello lo incumplía todo. Las promesas. El honor del que siempre había leído en sus novelas favoritas. Novelas en las que el héroe siempre se alza contra el villano de turno. Contra aquellos que hacen daño a los suyos.

Si debía pagarse con sangre, si la sangre de ese hombre debía ser derramada sobre la de sus amigos y familiares, para así ponerle fin a aquella noche tan aciaga, que así fuese.

Apartando todo miedo a un lado, o más bien, escondiéndolo de la forma más elegante posible, Firans le propinó un cabezazo al hombre postrado sobre ella y antes de que este pudiese pronunciar palabra alguna, tomó contacto con aquello que se habían jurado mantener a raya.

Con un fuerte temblor que sacudió los cimientos de las Montañas de Goio, provocando que los bosques que se extendían a sus faldas se meciesen como una colcha al ser estirada en una rápida y fuerte sacudida, más chorros de agua emergieron del suelo, alrededor de Firans y su captor.

Partes de la corteza del suelo explotaron a su paso, expulsando una metralla de pequeñas piedras y algún que otro insecto con muy mala suerte. Los arcoíris se abrieron como abanicos de infinitos colores, brillando con tembloroso orgullo entre la bruma, ocasionada por el caer de miles gotitas de agua, y el fulgor de las llamas que se negaban a retirarse.

Firans, usando todo su autocontrol para quitarse de encima la parálisis que se había hecho con ella, logró moverse en el instante en que el hombre de olor desagradable se apartaba de ella y rodaba a un costado, un suspiro antes de que una tromba de agua, como si de un gran tentáculo se tratara, golpeara el lugar en el que ambos se habían encontrado.

Tan solo el sonido de árboles ardiendo y el siseo furioso del agua combatiendo el fuego, se interponía entre ella y la silueta recortada contra las llamas.

Firans aspiró aire todo lo que pudo en una gran y primera bocanada, con una mano en el pecho y sin dejar de mirar al hombre que la miraba confundido.

Nunca había usado sus dotes así. Nunca había dado vida al agua. Su labor era únicamente redirigirla cuando había un exceso del elemento en cuestión. Nunca la había usado como un arma.

Su abuelo estaría horrorizado. Ella misma lo estaba ante las posibilidades que se amotinaban en su cabeza.

— Así que lo que dicen es cierto. Podéis hacer algo más que ver el agua correr ladera abajo. Buena chica. Ahora quieta.

Firans, conectada a una fuerza mayor que ella, una fuerza que amenazaba con llevársela si cejaba en su lucha durante un mísero instante, alzó ambos brazos para recanalizar el río que pasaba por debajo del lugar en el que estaban, pero no tuvo tiempo para hacer nada. En un momento en el que se sintió a punto de ser arrastrada por la aterradora corriente que era la esencia del agua en sí, el control le fue arrebatado.

Junto con el control de su propio cuerpo. Firans no sentía las manos, siquiera las puntas de los dedos, y quedó de pie, con los brazos alzados en cruz. ¿Qué causaba aquello?

¿Qué poder había usado contra ella? ¿Quién demonios era esa bestia disfrazada de hombre?

El hombre sostuvo una especie de sello morado ante sí, con signos que Firans no pudo descifrar.

Los flujos de agua que Firans había estado controlando cayeron inertes al suelo, arrancando la hierba de cuajo al explotar en todas direcciones, filtrándose el agua en las innumerables cámaras que había en las entrañas de las montañas.

Cámaras vacías y una extensa masa de agua en su interior, que, sin nadie realizando los rituales diarios en lo alto de la montaña, amenazaban con hacerla implosionar, al llenarse con más agua que cabida tenían, e inundar toda la región de Amún.

A eso se habían dedicado toda su vida. Ajenos al mundo. Ajenos a la moneda local que la gente de la ciudad guardaba con celo, como si fuese algo más que un trozo manipulado de metal que realmente, no tenía valor alguno.

— ¿Por qué nos has atacado? —tuvo que alzar la voz para hacerse oír sobre el rugir de agua y fuego por igual, para hacerse escuchar sobre los últimos gritos de los animales que no habían logrado escapar al trote—. No os hemos hecho nada. Ellos no te han hecho nada.

El aludido se limitó a mirarla al tiempo que se ataba el sello a la altura del codo, usando una cuerda fina que había sacado de a saber dónde. Firans no podía hacer nada. No podía moverse, no podía escapar, tan solo observar como el río cuya boca emergía del pico de una montaña a pocos pasos de ella, aumentaba su cabal lentamente.

Comenzaba aquello que habían jurado evitar. Sin ningún tejedor controlando el agua que emergía de la Poza primordial, la Calamidad de Re estaba a punto de componer el bis que tantos historiadores habían estado temiendo.

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