Firans
Penumbra. Desorientación. Un zumbido en los oÃdos. Y aquellos sonidos repetitivos, restallando por debajo de la canción que Firans escuchaba en algún lugar cercano y lejano al mismo tiempo.
Clic. Clac.
Zip. Zap.
Shht. Shht.
Tric. Trac.
Y entre todos esos sonidos, flotaban imágenes. Visiones formadas por miles de filamentos de cuatro colores que iban de un lugar a otro.
¿Era esa, ella?
La muchacha que bajaba de las montañas antes del ataque sucedido en Goio. Si asà era, esa otra chica, ¿también era ella? La que caÃa de un acantilado, con una tiza en la mano y la ropa que habÃa llevado a los tres años. ¿Y esa otra? La luchadora de mirada enérgica y espada en mano.
¿Cuál era ella misma?
Zip. Zap. Zip. Zap.
Algo tejÃa, pero ella no era capaz de verlo. Tan solo podÃa mirar el despliegue visual que la mostraba llevar lo que parecÃan cuatro vidas distintas. Si es que algo de aquello era real y no estaba muriendo.
Un instante atrás se encontraba en el castillo de Amún.
Shht. Shht. Shht. Shht.
La chica que habÃa bajado de las montañas, al volver con bollos intercambiados a una aldea a ras de suelo, lloraba ante el cadáver de su abuelo. La niña que habÃa caÃdo estaba siendo enterrada por el abuelo. La espadachina yacÃa atravesada por su propia espada, en un rÃo que se teñÃa con su sangre.
Clic. Clac. Clic. Clac.
Y la cuarta, acompañada de tres figuras, se asomaba por la boca de una cueva que daba a un valle muy amplio y de geologÃa imposible.
Tric. Trac. Tric. Trac.
Firans, con gran esfuerzo por apartar la mirada de ella misma, giró la cabeza y pudo ver que no estaba sola. Aunque eso no consoló a su desconcertada mente. Todos miraban hacia delante. Hacia sus propios destinos, pensaba ella.
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Saru tenÃa el rostro crispado y una mirada de horror. Zundine lloraba al tiempo que se tocaba el brazo. Jorehin reÃa en lo que parecÃa un estado de locura. Y Grisâ¦
Bueno. Digamos que Gris estaba catatónico. Ojos en blanco y hombros caÃdos, el cazador permanecÃa en un estado de flacidez muy lejano al que habÃa lucido con anterioridad.
AllÃ, en ese lugar desconocido, no eran nada.
Firans trató de mirar más allá de aquello que le estaba siendo mostrado por algún motivo que no comprendÃa. Por no comprender, no comprendÃa ni quien era ella misma en aquellos momentos.
VeÃa algo a lo lejos, de dónde provenÃa ese sonido metálico. EntrevÃa algo en mirad de la penumbra. La silueta de algo que daba vueltas. Y si se fijaba bien, podÃa ver formas que se movÃan de un lugar a otro sin tregua, al tiempo que emitÃan extraños crujidos.
Y de vez en cuando, en completo silencio, casi como si no quisiesen ser vistas, extrañas forman se creaban al azar en el aire, desapareciendo a los pocos instantes. Una cama, una silla. Una sierra de montañas. Una esfera luminosa que parecÃa una luna de nariz grande.
Zip. Zap. Zip. Zap. Shhhhhhhhhhht.
¿Por qué se encontraban ellos all�
Algo frÃo agarró a Firans por manos y cintura. Filamentos azules, cómo el agua, se enroscaron a ella. Y tiraron de ella.
Tiraron y tiraron, y ella se dejó llevar. SabÃa que resistirse, serÃa inútil.
El destino estaba en marcha. Eso parecÃa querer decirle el ruido de fondo.
Clic. Clac. Clic. Clac. Ziiiip.
El cuerpo de Firans surcó aquella penumbra que parecÃa tejida en el firmamento mismo, y no se sorprendió al ver a tres personas más sufrir su mismo destino.
Shhhhhhhht. Zap.
Madejas de algo que no era lana pero que se movÃa como tal, se alzaron ante Firans, Saru, Zundine y Jorehin.
Rojo atardecer, verde hiedra, marrón terroso. Y azul marino para ella.
Siento mucho marcaros con la carga de mis errores, pero el mundo os necesita.
No hubo boca. Ni pulmón alguno. La voz salió del tejido mismo, de las cuatro madejas que giraban y giraban al tiempo que los elementos se enroscaban a estas.
Firans quiso hablar. Todos quisieron objetar algo. Vaya que si quisieron. Pero no tuvieron opción.
HabÃan sido llamados. Como los héroes en las leyendas que Firans habÃa consumido con ansia.
Otra imagen se tejió ante ellos, en esos cuatro colores que tanto luchaban por la dominancia cromática de aquel lugar situado entre cuatro universos.
Ellos cuatro llegando al valle que le habÃa sido mostrado a Firans.
Los cuatro, ignorando a un Gris que habÃa terminado en el mismo lugar que ellos y que no deberÃa estar allÃ, fueron inscritos en el testamento del planeta que los habÃa visto nacer.
Narrador emocionado, contemplando al recién formado grupo
Y una noche después, pues el tiempo discurre de una manera muy caprichosa en ese extraño lugar llamado La Fábrica de realidades, que nuestros protagonistas, sin conocerse unos a otros, emergieron de nuevo al mundo. Emergieron entre preguntas, entre miradas desconfiadas. Puede que incluso entre insultos.
Pero emergieron conscientes. Bien conscientes de que habÃa algo mayor que ellos. Mayor que sus miedos. Que sus pérdidas. Que sus anhelos por una vida mejor, más justa.
Y fue allÃ, a la ribera de La Foresta de las brujas, que nuestros cuatro héroes iniciarÃan su viaje.
¿Qué cuál es ese viaje?
RomperÃamos la magia del final de este primer acto si te lo dijese antes de ver de nuevo a nuestro grupo de protagonistas. Lo sabremos pronto, al tiempo que te narro sus primeros compases como grupo.
Tan solo te diré que les fue dado un ligero esbozo de algo mucho mayor. De algo que lo abarcaba todo.
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