Zundine
Al igual que muchos años atrás, el dÃa en que su nueva vida habÃa comenzado, Zundine despertó antes de que el sol anunciase su salida.
De largos cabellos tan negros como una noche sin estrellas, Zundine Zun, pensando en la importancia de los siguientes dÃas, se apoyó en el marco de la ventana de piedra y procedió a esperar a que los primeros rayos de sol terminasen de filtrarse en el serrado horizonte, creado por el cielo y las montañas que recibÃan el nombre de un Dios ya muerto.
O de un Dios falso, tal y como dictaba la doctrina de la institución de la que ella formaba parte ahora.
Bueno, técnicamente, todavÃa no. TodavÃa quedaba un último paso para ello.
La Sede de Almas no permitÃa su reclutamiento a cualquiera, y menos aún a las muchachas que fracasaban en las pruebas a las que se veÃan sometidas.
Zundine Zun, a fuerza de determinación y mucho aplomo, habÃa superado todas las pruebas que habÃan puesto ante ella, y aunque le costara más aceptarlo o no, habÃa estado a muy poco de rendirse en un par de ocasiones, el simple recuerdo de la helada lluvia cayendo en sus muñecas, asà como la dura piedra sosteniendo unas rodillas que se habÃan terminado acostumbrando a una postura de mendicidad con demasiada rapidez, le habÃa dado las fuerzas necesarias para no flaquear.
Las fuerzas y recuerdos necesarios para ganarse una vida mejor.
La calle habÃa sido dura para ella y sus hermanos, la comida escasa, y el trabajo en los burdeles no habÃa sido lo mejor. Si bien los habÃan alimentado y dado una cama en la que descansar sus maltrechos cuerpos, a cambio de cosas que habÃan quedado nubladas en su mente, la camada de gatos que habÃa quedado desamparada tras la muerte de sus padres, ya habÃa pasado de tres a dos.
Zon, el hermano mediano de tres, habÃa muerto en una reyerta, cuando habÃan huido del húmedo y ostentoso burdel regentado por una Madame muy gorda y muy pagada de sà misma.
Esa noche, cuando dos hombres que ante sus ojos de infante medÃan dos veces más que ella, lucharon por algún tipo de substancia, la camada de gatos descubrió que habÃa algo peor que las calles mojadas o que los burdeles ilegales.
Descubrieron que los barrios más lejanos al centro de la ciudad se habÃan ganado su fama a la fuerza.
Zon estaba en el suelo, muerto, acuchillado por el hombre que habÃa perdido el contenido de una bolsita muy codiciada. Y a nadie habÃa parecido importarle.
Otro huérfano más. Otro huérfano menos.
Pero habÃa habido alguien. Alguien que, entre toda esa multitud de drogadictos de sonrisas desconcertantes, prostitutas mal pagadas y borrachos de panzas orondas, les habÃa posado una mano en la cabeza, mientras lloraban encima del cadáver de su hermano Zon.
Varenia.
Como si de un mismÃsimo milagro se tratara, la matriarca de la Sede de Almas, la única institución religiosa en activo a ese lado del mundo, los habÃa encontrado. Y no solo eso. Los habÃa salvado. Ofrecido un futuro.
Una vida mejor.
Se le dijo a Zundine que ella tenÃa potencial. Que tenÃa cierta conexión con el Sens, algo que solo otras pocas mujeres en todo el mundo poseÃan, y que una vez fuese más mayor y tras un duro entrenamiento, podrÃa alistarse en sus filas como guerrera. Y Zundine habÃa aceptado.
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Vaya que sÃ.
Y fue entonces cuando Zundine Zun y su hermano Zahn, entraron como niños refugiados a Farah Sihun, la ciudadela que se alzaba en las mismÃsimas entrañas de Sede de las Almas; su hermano, careciente de lo que más tarde le habÃan enseñado que era la forma de Sens, como sirviente durante unas pocas horas al dÃa, y ella como aprendiz.
Tal y como les habÃan prometido, les habÃan dado comida, techo y una educación muy centrada en toda la religión de Vaaj.
Y durante ocho años, asà habÃa sido. Pero esa semana podÃa cambiarlo todo. Esa última prueba que le quedaba, podÃa bien hacerla ascender y darle lo que necesitaba para llevar una buena vida para ella y para su hermano, o echar todo al traste y terminar siendo otra de las fracasadas que se limitaban a hacer labores administrativas en la planta baja de la Sede.
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El patio de la Dulce Nea se encontraba en el ala oeste de la Sede, asfaltado con piedra y de altas paredes revestidas con decenas de redes, y ofrecÃa a las aprendices a Intérpretes de Sens un amplio lugar para probar sus habilidades.
En esos momentos, habÃa dos grupos de ellas practicando con sus lanzas, seguramente las más rezagadas en sus materias.
Zundine, que iba de camino a la biblioteca para buscar algo de información sobre un tema del que sabÃa, serÃa examinada a consciencia, era consciente de que debÃa darse prisa para llegar antes de que otra se llevase el material que necesitaba, pero para cuando quiso darse cuenta, estaba apoyada en un banco de piedra, escuchando el espectáculo desplegado ante ella.
Mi, Fa, Sol, Doâ.
El sonido de las notas se repetÃa con una musicalidad que tan solo el Sens permitÃa. Del alma a la razón. De la razón al corazón. De corazón a alma. De alma a mano.
Aquel mantra estaba escrito en muchos lugares de la propia institución, y a Zundine siempre le habÃa parecido raro. ¿No deberÃa ser de pulmón a boca? Aunque claro, no habÃa nadie cantando.
El sonido musical que vibraba alrededor de sus compañeras, no provenÃa de pulmón alguno.
Senha, otra estudiante al puesto de Intérprete y amiga de Zundine, ataviada con la misma ropa que el resto, una túnica sencilla marrón sin capucha, estaba entonando el Fa en esos momentos.
Giro a la derecha, giro a la izquierda.
La lanza que sostenÃa Senha, al igual que las del resto de chicas, emitió ahora un Sol cuando ella la inclinó hacia abajo en un vaivén que hizo filtrarse el aire por medio de una rendija semejante a la boquilla de una flauta.
Instrumento y arma, dos en uno; tenÃa muchos usos, pero el más importante, lo que convertÃa aquellas lanzas, en otras manos ordinarias, en algo especial, era su habilidad para vibrar con la misma armonÃa que el planeta. Esto le otorgaba una fuerza a cada nota; una cadencia única. Un poder único.
Zundine, ensimismada como estaba en la última prueba que le quedaba por hacer y con los ojos prendados en sus compañeras, no pudo evitar mover también las manos, siguiendo sus movimientos. Aunque claro, al no estar usando ella una de aquellas lanzas, una Falange de Heiâ comúnmente llamadas por aquellos que estaban en contra del uso que la Sede hacÃa de las almas, flautas de rameraâno apareció ninguna llama delante de Zundine. Ningún estallido de energÃa.
Algunas chicas se miraron unas a otras, comprobando que todas habÃan logrado el estallido de energÃa provocado por un Fa, aunque tocado a una escala contraria a la que resonaba en el planeta.
Todo a uno.
Toda materia sobre el planeta vibraba en la misma frecuencia, siendo el Sens, coloquialmente conocido como la capa de almas que rodea el mundo, el encargado de dicha vibración armónica que regÃa la vida de todo ser, ya fuese inerte o viviente.
La armonÃa de Sens. Y si uno rompÃa esta armonÃa, los efectos podÃan ser catastróficos.
Finalmente, dándose cuenta de que su mente volvÃa a lo que deberÃa estar haciendo, pues su última prueba revolvÃa entorno al Sens, le hizo una seña a Senha para que supiese que lo estaba haciendo genial, y prosiguió su camino hacia la biblioteca.
TenÃa su propia catástrofe que reparar
La vida de Zundine y su hermano Zahn estaba a punto de cambiar de maneras que ni los historiadores de la antigua calamidad llamada Cuerpo, hubiesen podido imaginar.
Aunque, haciendo una pequeña elipsis de la que abusaremos un poco durante estos cuatro primeros capÃtulos para tratar de que fluyan y converjan de la mejor manera posible, os diré que, definitivamente, aquella última semana, lo cambiarÃa todo para los dos últimos gatitos de la camada de los Zun.
Y también, por qué no: deciros que esos historiadores tan hipocondrÃacos, tuvieron al fin razón en sus cálculos.
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