Chapter 19 of 20

Cautivadora armonía

Cuatro versos - ESPAÑOL1,631 words~9 min read

Saru

Dejándole el enmascarado a esa mujer con máscara de zorro y bien consciente de que debía terminar con él cuanto antes, Saru golpeó a Gris con el escudo en la cara para después asestarle un mortal espadazo en el estómago.

Mortal, claro está, para un simple humano.

Aquella cosa que parecía luchar consigo misma en todo momento para no volver a postrarse sobre sus cuatro patas, apenas parecía humana. Saru casi sentía lástima por él tras haber visto sus habilidades en lo alto de las montañas.

Aunque no por ello pensaba contenerse. Sabía de lo que era bien capaz.

Aquello que parecía cualquier otra cosa menos sangre manchó el suelo. Gris ni se inmutó.

— Es por tu culpa. TU CULPA. SUCIOSUCIOSUCIOCABALLERO—el ser apenas dejaba un espacio entre palabra y palabra, todo constricciones de mandíbula y mirada asesina— TÚ-TÚ-TÚ. CON TUS PRINCIPIOS DE CABALLERO DE CUENTO PARA MOCOSAS.

Parecía que lo había cabreado. ¿Por eso se encontraba allí? No parecía formar parte de los planes iniciales del enmascarado que había sido escupido por aquella cosa.

Un torrente de agua impactó en Gris, en el mismo lugar que Saru había tratado de abrir con su espada, pero de nuevo, este no mostró emoción alguna más que la rabia que emanaba de cada erizado pelo en su cabeza.

— Está fuera de sí, no llames su atención, insensata—le gritó Saru a Firans, quien lo miró extrañada.

Pues, realmente—habiéndote engañado un poco, lo reconozco. Lo siento—, Saru no había pronunciado palabra alguna, más que un insulto a los orígenes de esa bestia llamada Gorath.

Una extraña lanza, perforada a lo largo, descansaba en el suelo, entre Firans, Saru y el ser que se llevaba las manos al tajo que le había sido asestado. Era la misma lanza que la mujer con máscara de zorro había sostenido en sus manos.

— Sí, lo sé. ¡Una lanza que habla! —les dijo la lanza tirada en el suelo. Saru se debatía entre romperla por la mitad con el escudo o aprovechar los momentos de confusión de Gorath para rebanarle el pescuezo— Pero no tenemos tiempo.

¿Y se lo decía una lanza? Pues claro que no había tiempo.

Gris saltó hacia él, llevándose, como le había visto hacer en Goio, una mano a las mangas. Saru no le dio tiempo.

— Firans. Encárgate tú de lo que necesite esa lanza tan sabionda—él mismo se lanzó hacia Gris.

Firans

Por todas las aventuras de Jina.

Firans observó a Saru saltar hacia el nombre al que apodaba Gris.

¿Qué podía hacer ella? Había agotado casi todo el suministro de agua que había en el castillo. Los canales de la ciudad eran la masa más cercana. ¿Sería capaz de manejar esa gran cantidad del elemento en un espacio tan reducido?

Ya le había costado hacerlo con la inmensa fuerza que habitaba dentro de las montañas de su infancia.

— Déjaselo al resto. Ven aquí. No hay tiempo, tejedora.

Firans, sorprendida cada vez menos por las situaciones ante las que se encontraba, se acercó al objeto que siseaba aquellas palabras desde el suelo. ¿Era la misma lanza que había visto portar a la mujer que se había hecho con Jorehin Den Gar?

Lanzas que hablaban. ¿Qué sería lo siguiente?

— ¿Quieres que te… coja? —la lanza le devolvió un apremiante zumbido por respuesta.

Firans se agachó y tras observar rápidamente el diseño de aquella cosa tan extraña, con agujeros a lo largo y dos partes más estrechas que supuso serían los puntos de agarre, la recogió del suelo.

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— ¿Qué…?

El agua se evaporó a su alrededor.

Gotitas que se habían infiltrado entre los tablones supervivientes del escenario. Charcos que se habían formado bajo la estructura inferior. Hasta las salpicaduras en las paredes se evaporaron, llenándolo todo de niebla.

Firans, artefacto de a saber dónde en mano, se sentía conectada a una armonía mayor que ella. Mayor que todo.

Y no podía parar. Era una sinfonía sin fin. Un agitar de emociones propias que desde que había cogido aquella lanza, se alzaban a flor de piel. Era sus emociones, cierto, pero no ella quien estaba al control.

— Lo siento. Necesitaba un alma con Sens para hacerlo. Y mi hermana está ocupada.

La sensación de pertenencia a algo más grande desapareció en un instante, dejando a Firans con tal estremecimiento que estuvo a bien poco de dejar caer aquella cosa al suelo.

¿Se había hecho… aquella cosa, con el control de ella? Cómo en Goio, con Gris y ese sello de sangre que la había inmovilizado.

¿Quién era esa mujer que se escondía tras la máscara de un zorro de las nieves y la lanza parlanchina que la acompañaba?

¿Amigos o enemigos?

Jorehin

Entre niebla y astillas. Postrado en el suelo, como un plebeyo pidiendo limosna tras haber perdido en una revuelta.

Como una sucia rata. Sucia, lastimera y asustada rata que sostenía un abrecartas ensangrentado entre sus reales manos.

Así se sentía el príncipe que vivía en lo alto de su castillo.

Pero también había furia. Un estallido de ira contenida desde semanas atrás, que había culminado cuando el hombre alto, con esa máscara de búho real tan ridículamente trabajada, había golpeado en el vientre a su salvadora.

O asesina. Jorehin no lo tenía claro todavía.

Sí, la mujer había estado cerca de matarlo. Pero no lo había hecho. Y uno no pegaba a otro cuando este miraba hacia otro lado.

Jorehin le había clavado el pesado abrecartas de padre a búho en el pie. Después de eso, y de un modo al que ya se estaba acostumbrando, tuvo que sobrevivir por su cuenta.

Cuando el agua se calentó de un momento a otro y procedió a evaporarse en una densa niebla.

Espada contra espada, distorsionado el ruido debido a la bruma que no le dejaba ni verse las manos a un palmo de la cara. El sonido de plumas cortando aire y agua. Y lo que parecía una melodía de fondo.

¿Quién en su sano juicio estaría tocando en esos momentos?

Menuda pregunta para Jorehin. Él mismo estaría haciéndolo. De tener con que tocar. El alma de la música es la emoción, y en esos momentos, Jorehin estaba lleno de estas.

“¿Nunca has sentido que podías tocar una melodía sin usar un instrumento? Que lo importante eras tú, y no esos mecanismos ideados por el hombre.” Claro que lo había sentido, como todo niño en su día. Pero aquello era imposible. Sin instrumento, no había melodía.

Se arrastró en dirección a los tronos. Ya podía levantarse. Pero no se atrevía. Rodeó un agujero en el suelo que estuvo a bien poco de tragárselo y llegó hasta las cortinas. Los tronos estaban a la derecha.

Una mano tocó a otra mano. Una majo mojada y fría.

Jorehin, ignorando los sonidos tras él y los desacompasados latidos de su corazón, siguió esa mano hasta su hombro. Hasta la corona de cuatro puntas de Padre. No podía ser. Sus manos siguieron tocando, buscando cualquier referencia que le negase que ese otro cuerpo que no respiraba, era el de su madre.

¿Cuándo? ¿Y por qué? No había tiempo para llorar, y el príncipe lo sabía bien. Pero dolía. Dolía mucho.

¿Eran lágrimas eso que bajaba por su rostro, o tan solo el agua dispersada a su alrededor?

Padre. Madre.

Jorehin Den Gar, sin saber bien cómo, ni con qué objetivo, se puso en pie. La melodía que llegaba hasta sus oídos lo estaba llamando. Un paso, otro paso del muchacho que incapaz de afrontar lo sucedido, había dejado la mente en blanco.

Y se dejó llevar por la armonía que vibraba en la niebla; cada nota más juguetona que la anterior. Más melosa.

Más cautivadora.

Zundine

Silencio apartó la bruma con un golpe de aire.

Esta permanecía a su alrededor, rodeando su forma con codicia.

— Lograste fortalecer la armonía de este lugar para que no pudiésemos pasar los cuatro. Tu astucia de rata fue lo que te convirtió en la favorita de su altísima. Lástima que vaya a servirte de poco. Las lanceras no sois más que una débil fuerza en comparación con el resto de sus creaciones.

Zundine, con una mano en el vientre y habiendo perdido su falange, paraba de frenar la hora de su muerte.

Todo para nada. El chico se le había escapado. Ella moriría, y con ella, la última oportunidad del mundo de subsistir a los planes de aquellos en los que Zundine había confiado la vida de su hermano.

También cogerían a Zhan. Una Falange de Hun con un alma funcional en su interior no era algo que se viese todos los días.

— Dile a Arpegio, a Allegro y a Crescendo, que pienso volver en otra vida. Por mí, puedes decirle a la misma Varenia, que, aunque me matéis, volveré de alguna manera. No me importa si lo hago en forma de cucaracha, mosquito o rata; os haré pagar por lo que me hicisteis.

La niebla en torno a Silencio se estremeció cuando levantó su propia falange, y Zundine, incapaz de otra cosa más que maldecir a aquel grupo de malnacidos, esperó el golpe final.

Pero no llegó.

Lo que llegó a los oídos de todos los allí plantados, sobre el escenario en el que debía haberse recitado Yo corazón y tú alma sin mucha complicación, fue una melodía.

Una melodía sin instrumento. Una canción sin practicar, a pleno pulmón.

La niebla se dispersó hacia cualquier lado y la oscuridad vino en su lugar.

-

Horas más tarde, cuando la niebla se disipó en aquella gran estancia llamada Sala de Recitales, no quedaba rastro de las personas subidas al escenario. Tan solo una máscara de búho real partida por la mitad.

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