Saru
Dejándole el enmascarado a esa mujer con máscara de zorro y bien consciente de que debÃa terminar con él cuanto antes, Saru golpeó a Gris con el escudo en la cara para después asestarle un mortal espadazo en el estómago.
Mortal, claro está, para un simple humano.
Aquella cosa que parecÃa luchar consigo misma en todo momento para no volver a postrarse sobre sus cuatro patas, apenas parecÃa humana. Saru casi sentÃa lástima por él tras haber visto sus habilidades en lo alto de las montañas.
Aunque no por ello pensaba contenerse. SabÃa de lo que era bien capaz.
Aquello que parecÃa cualquier otra cosa menos sangre manchó el suelo. Gris ni se inmutó.
â Es por tu culpa. TU CULPA. SUCIOSUCIOSUCIOCABALLEROâel ser apenas dejaba un espacio entre palabra y palabra, todo constricciones de mandÃbula y mirada asesinaâ TÃ-TÃ-TÃ. CON TUS PRINCIPIOS DE CABALLERO DE CUENTO PARA MOCOSAS.
ParecÃa que lo habÃa cabreado. ¿Por eso se encontraba allÃ? No parecÃa formar parte de los planes iniciales del enmascarado que habÃa sido escupido por aquella cosa.
Un torrente de agua impactó en Gris, en el mismo lugar que Saru habÃa tratado de abrir con su espada, pero de nuevo, este no mostró emoción alguna más que la rabia que emanaba de cada erizado pelo en su cabeza.
â Está fuera de sÃ, no llames su atención, insensataâle gritó Saru a Firans, quien lo miró extrañada.
Pues, realmenteâhabiéndote engañado un poco, lo reconozco. Lo sientoâ, Saru no habÃa pronunciado palabra alguna, más que un insulto a los orÃgenes de esa bestia llamada Gorath.
Una extraña lanza, perforada a lo largo, descansaba en el suelo, entre Firans, Saru y el ser que se llevaba las manos al tajo que le habÃa sido asestado. Era la misma lanza que la mujer con máscara de zorro habÃa sostenido en sus manos.
â SÃ, lo sé. ¡Una lanza que habla! âles dijo la lanza tirada en el suelo. Saru se debatÃa entre romperla por la mitad con el escudo o aprovechar los momentos de confusión de Gorath para rebanarle el pescuezoâ Pero no tenemos tiempo.
¿Y se lo decÃa una lanza? Pues claro que no habÃa tiempo.
Gris saltó hacia él, llevándose, como le habÃa visto hacer en Goio, una mano a las mangas. Saru no le dio tiempo.
â Firans. Encárgate tú de lo que necesite esa lanza tan sabiondaâél mismo se lanzó hacia Gris.
Firans
Por todas las aventuras de Jina.
Firans observó a Saru saltar hacia el nombre al que apodaba Gris.
¿Qué podÃa hacer ella? HabÃa agotado casi todo el suministro de agua que habÃa en el castillo. Los canales de la ciudad eran la masa más cercana. ¿SerÃa capaz de manejar esa gran cantidad del elemento en un espacio tan reducido?
Ya le habÃa costado hacerlo con la inmensa fuerza que habitaba dentro de las montañas de su infancia.
â Déjaselo al resto. Ven aquÃ. No hay tiempo, tejedora.
Firans, sorprendida cada vez menos por las situaciones ante las que se encontraba, se acercó al objeto que siseaba aquellas palabras desde el suelo. ¿Era la misma lanza que habÃa visto portar a la mujer que se habÃa hecho con Jorehin Den Gar?
Lanzas que hablaban. ¿Qué serÃa lo siguiente?
â ¿Quieres que te⦠coja? âla lanza le devolvió un apremiante zumbido por respuesta.
Firans se agachó y tras observar rápidamente el diseño de aquella cosa tan extraña, con agujeros a lo largo y dos partes más estrechas que supuso serÃan los puntos de agarre, la recogió del suelo.
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â ¿Quéâ¦?
El agua se evaporó a su alrededor.
Gotitas que se habÃan infiltrado entre los tablones supervivientes del escenario. Charcos que se habÃan formado bajo la estructura inferior. Hasta las salpicaduras en las paredes se evaporaron, llenándolo todo de niebla.
Firans, artefacto de a saber dónde en mano, se sentÃa conectada a una armonÃa mayor que ella. Mayor que todo.
Y no podÃa parar. Era una sinfonÃa sin fin. Un agitar de emociones propias que desde que habÃa cogido aquella lanza, se alzaban a flor de piel. Era sus emociones, cierto, pero no ella quien estaba al control.
â Lo siento. Necesitaba un alma con Sens para hacerlo. Y mi hermana está ocupada.
La sensación de pertenencia a algo más grande desapareció en un instante, dejando a Firans con tal estremecimiento que estuvo a bien poco de dejar caer aquella cosa al suelo.
¿Se habÃa hecho⦠aquella cosa, con el control de ella? Cómo en Goio, con Gris y ese sello de sangre que la habÃa inmovilizado.
¿Quién era esa mujer que se escondÃa tras la máscara de un zorro de las nieves y la lanza parlanchina que la acompañaba?
¿Amigos o enemigos?
Jorehin
Entre niebla y astillas. Postrado en el suelo, como un plebeyo pidiendo limosna tras haber perdido en una revuelta.
Como una sucia rata. Sucia, lastimera y asustada rata que sostenÃa un abrecartas ensangrentado entre sus reales manos.
Asà se sentÃa el prÃncipe que vivÃa en lo alto de su castillo.
Pero también habÃa furia. Un estallido de ira contenida desde semanas atrás, que habÃa culminado cuando el hombre alto, con esa máscara de búho real tan ridÃculamente trabajada, habÃa golpeado en el vientre a su salvadora.
O asesina. Jorehin no lo tenÃa claro todavÃa.
SÃ, la mujer habÃa estado cerca de matarlo. Pero no lo habÃa hecho. Y uno no pegaba a otro cuando este miraba hacia otro lado.
Jorehin le habÃa clavado el pesado abrecartas de padre a búho en el pie. Después de eso, y de un modo al que ya se estaba acostumbrando, tuvo que sobrevivir por su cuenta.
Cuando el agua se calentó de un momento a otro y procedió a evaporarse en una densa niebla.
Espada contra espada, distorsionado el ruido debido a la bruma que no le dejaba ni verse las manos a un palmo de la cara. El sonido de plumas cortando aire y agua. Y lo que parecÃa una melodÃa de fondo.
¿Quién en su sano juicio estarÃa tocando en esos momentos?
Menuda pregunta para Jorehin. Ãl mismo estarÃa haciéndolo. De tener con que tocar. El alma de la música es la emoción, y en esos momentos, Jorehin estaba lleno de estas.
â¿Nunca has sentido que podÃas tocar una melodÃa sin usar un instrumento? Que lo importante eras tú, y no esos mecanismos ideados por el hombre.â Claro que lo habÃa sentido, como todo niño en su dÃa. Pero aquello era imposible. Sin instrumento, no habÃa melodÃa.
Se arrastró en dirección a los tronos. Ya podÃa levantarse. Pero no se atrevÃa. Rodeó un agujero en el suelo que estuvo a bien poco de tragárselo y llegó hasta las cortinas. Los tronos estaban a la derecha.
Una mano tocó a otra mano. Una majo mojada y frÃa.
Jorehin, ignorando los sonidos tras él y los desacompasados latidos de su corazón, siguió esa mano hasta su hombro. Hasta la corona de cuatro puntas de Padre. No podÃa ser. Sus manos siguieron tocando, buscando cualquier referencia que le negase que ese otro cuerpo que no respiraba, era el de su madre.
¿Cuándo? ¿Y por qué? No habÃa tiempo para llorar, y el prÃncipe lo sabÃa bien. Pero dolÃa. DolÃa mucho.
¿Eran lágrimas eso que bajaba por su rostro, o tan solo el agua dispersada a su alrededor?
Padre. Madre.
Jorehin Den Gar, sin saber bien cómo, ni con qué objetivo, se puso en pie. La melodÃa que llegaba hasta sus oÃdos lo estaba llamando. Un paso, otro paso del muchacho que incapaz de afrontar lo sucedido, habÃa dejado la mente en blanco.
Y se dejó llevar por la armonÃa que vibraba en la niebla; cada nota más juguetona que la anterior. Más melosa.
Más cautivadora.
Zundine
Silencio apartó la bruma con un golpe de aire.
Esta permanecÃa a su alrededor, rodeando su forma con codicia.
â Lograste fortalecer la armonÃa de este lugar para que no pudiésemos pasar los cuatro. Tu astucia de rata fue lo que te convirtió en la favorita de su altÃsima. Lástima que vaya a servirte de poco. Las lanceras no sois más que una débil fuerza en comparación con el resto de sus creaciones.
Zundine, con una mano en el vientre y habiendo perdido su falange, paraba de frenar la hora de su muerte.
Todo para nada. El chico se le habÃa escapado. Ella morirÃa, y con ella, la última oportunidad del mundo de subsistir a los planes de aquellos en los que Zundine habÃa confiado la vida de su hermano.
También cogerÃan a Zhan. Una Falange de Hun con un alma funcional en su interior no era algo que se viese todos los dÃas.
â Dile a Arpegio, a Allegro y a Crescendo, que pienso volver en otra vida. Por mÃ, puedes decirle a la misma Varenia, que, aunque me matéis, volveré de alguna manera. No me importa si lo hago en forma de cucaracha, mosquito o rata; os haré pagar por lo que me hicisteis.
La niebla en torno a Silencio se estremeció cuando levantó su propia falange, y Zundine, incapaz de otra cosa más que maldecir a aquel grupo de malnacidos, esperó el golpe final.
Pero no llegó.
Lo que llegó a los oÃdos de todos los allà plantados, sobre el escenario en el que debÃa haberse recitado Yo corazón y tú alma sin mucha complicación, fue una melodÃa.
Una melodÃa sin instrumento. Una canción sin practicar, a pleno pulmón.
La niebla se dispersó hacia cualquier lado y la oscuridad vino en su lugar.
-
Horas más tarde, cuando la niebla se disipó en aquella gran estancia llamada Sala de Recitales, no quedaba rastro de las personas subidas al escenario. Tan solo una máscara de búho real partida por la mitad.
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