Chapter 18 of 20

Juez emplumado

Cuatro versos - ESPAÑOL2,422 words~13 min read

Jorehin

Con ambas manos rozando dos secciones del teclado diferentes, Jorehin Den Gar aguardaba. Estaba sucediendo algo malo. Lo sabía. Lo veía.

Pero no podía moverse.

Una figura alta, escondida tras una máscara de búho, se encontraba agazapada a su derecha. No podía verlo del todo. Pero lo había sentido.

Por los pechos de Hei. Que Jorehin lo había sentido.

En mitad de una extraña disonancia que había provenido del piano, Jorehin había sentido algo tras su espalda; de algún modo que no comprendía, él había sentido la presencia de aquel enmascarado antes de su aparición.

¿Y de dónde había salido?

Jorehin notaba otra cosa. Algo tras él. Y no a una persona. Algo inmenso.

Un sinfín de melodías, disonancias marchitas y lo que bien podría ser el sonido que salía, en días ajetreados, de la sala de costuras del propio castillo.

Guth se acercó a él. Ese sucio hombrecillo que había mirado de manera lasciva su preciado piano.

— ¿Estás seguro de que es el Orador? —Jorehin no sabía quién hablaba, aunque las inflexiones y el timbre de voz recordaban a las de un ave de rapiña que nunca pasaba de un Mi en sus graznidos.

Un sinfín de plumas negras y marrones, le hicieron cosquillas en la mejilla cuando una figura que olía a violetas y a veneno, apareció en su campo de visión.

Jorehin quiso darle un buen Fa por violar su espacio personal, pero algo le estaba quitando todas las fuerzas, dejándolo en aquella pose incómoda; como si se estuviese preparando para saltar al agua.

Y agua fue lo que entró en escena.

Jorehin, ojos como platos en un rostro que no podía ni parpadear sin permiso, observó con terror como el suelo reventaba bajo el escenario, y dos chorros de agua arrancaban maldiciones del hombre que había estado a su lado.

Y de Guth. El cabrón de Guth.

Jorehin cayó al suelo, rememorando lo sucedido con aquellas malditas montañas de Goio.

Incapaz de hacer nada, pudo ver a Guth corretear con sus cortas piernas por el escenario. El suelo temblaba. Madera y grandes losas de piedra se hacían añicos con la fuerza del agua que emergía desde abajo. El sucio hombrecillo se llevó la mano a una de sus mangas y extrajo algo que sostuvo con el puño cerrado, antes de lanzarlo hacia el público.

Guth salió disparado hacia atrás entre gritos y salpicones, antes de que pudiese lanzar lo que fuese que tenía en su mano.

Y Jorehin pudo moverse.

Quiso levantarse, pero por todos los Sí del mundo, que sus manos dormidas apenas podían levantar su peso. Alguien posó los pies con un gran golpe tras él. ¿Los guardias de padre?

Por Hun. Sus padres. Jorehin trató de girarse para comprobar que estaban bien. Pero el estado de shock era demasiado para él.

Alguien le agarró el pelo por la nuca y tiró de él, provocando un grito que no pudo salir de la boca del príncipe, y algo frío, mortalmente frío, se posó en su real cuello.

Una máscara de zorro apareció en su campo de visión. Aquellos ojos. Cuanta contradicción. ¿Así es como se veía su mirada cuando pensaba en el futuro que le había sido impuesto? Nunca se había parado a pensarlo.

Pero lo hacía ahora, al borde de la muerte por segunda vez en un mes, el príncipe se encontraba superado por los actos sucedidos en el mundo.

— No quiero morir, por favor. No quiero—aquellas, seguramente, fuesen las palabras más honestas que habían salido jamás de sus labios.

El zorro, sin dejar de sostener lo que fuese aquel objeto afilado contra su cuello, soltó una maldición y se sacó el bastón de la cintura.

Salvo que no era un bastón. Y tampoco una lanza, aunque tenía una muy buena afilada punta.

— Si todo va bien, Clave de Sens, no morirás. Pero si se hacen contigo, prometo atravesarte las entrañas sin dudarlo.

El bastón/lanza, para un muy petrificado y ya no tan escéptico Jorehin, comenzó a cantar.

Zundine

Zundine, usando su Falange de Hun, y aplicando todo aquello que le habían enseñado en sus años de aprendiz, le dio forma al agua que esa chica con los brazos extendidos y el extraño tocado, estaba sin duda alguna manejando con cierta soltura.

Debía ser uno de esos llamados Tejedores. Ellos manejaban un único elemento.

Ella no. Las lanceras de Sens los manejaban todos, usando sus queridas falanges para saltarse esa limitación.

Una cúpula de agua se alzó alrededor de ella y del chico, al que había estado tan sumamente convencida de que podría matar.

Sería todo tan fácil.

Silencio la miraba cerca del piano, con una pierna apoyada en la banqueta. El hombrecillo gordo seguía en el suelo, en lo que debía ser un charco de sangre que se filtraba entre las tablas.

— Deberíamos matar al chico. No podemos contra Silencio. Está jodidamente ungido— Zahn se encontraba inquieto en su lanza.

Una columna de agua emergió del suelo, a pocos pasos de dónde estaban, y dio de lleno en la barrera que se alzaba a su alrededor.

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La chica había subido a escenario, seguida del caballero de andar felino. ¿Por qué la atacaba a ella? Había un hombre desconocido recién salido de un agujero— en la misma realidad— en aquella sala.

Ah, sí. Por el príncipe. Todas aquellas pobres almas debían haberla tomado por una villana de fábula. En fin. Poco podía hacer Zundine ya.

— Lo sé—Zundine miró hacia abajo—Escucha, chico—le propinó un suave golpe con el pie al gimoteante príncipe—Eres importante. Eres la llave para algo muy importante. La clave de Sens. Dime, príncipe de mala fama, ¿nunca te has sentido especial? ¿Nunca has pensado que tenías un rumbo marcado a seguir desde que naciste?

Ella había visto ardor en su miraba unos momentos antes, cuando había estado a punto de matarlo.

— Solo soy el hijo del rey. No sé hacer nada. No sé hacer nada, ¿vale?

Ahí estaba el fuego que Zundine buscaba.

— Basta. No llores, chico. No es el momento. Se de tus habilidades al piano. Se dice que eres lo más cerca que un alma humana ha estado jamás de convertirse en música. Pero ahora dime, príncipe de Amún. ¿Nunca has sentido que podías tocar una melodía sin usar un instrumento? Que lo importante eras tú, y no esos mecanismos ideados por el hombre.

Jorehin tan solo la miraba con los ojos abiertos como platos. Si la estaba escuchando, Zundine lo desconocía. Silencio se acercaba a ellos, paso a paso, al tiempo que jugaba con el instrumento que portaba en sus manos. Algo largo.

Una Falange de Hun. Aunque la suya no era tan especial como la de Zundine.

Zundine impulsó el agua que la rodeaba hacia Silencio y un torrente del tamaño de un brazo de hombre adulto lo golpeó en la cara. O lo hubiese hecho, de no haber movido este aire usando su propia lanza. El agua, como un barril lleno de esta, cayó detrás de él, rompiendo varios listones de madera.

— La favorita. Tengo entendido que tuviste que abrirte paso de una realidad a otra a mordiscos, como la rata callejera que siempre fuiste.

— Hijo de vaca y coneja de todos los establos de aquí a…

Zundine puso su falange bocabajo, cortando el flujo de aire que estaba entrando en esta.

Lo siento, Zahn. No es momento para escalar la situación.

— Tengo aquello que queréis—le dio otro ligero puntapié al chico aterrorizado a sus pies—. Es a quien buscabais, ¿verdad? El Orador al que quiere Varenia.

Silencio se limitó a mirarla desde detrás de aquella máscara de búho, al tiempo que inclinaba levemente la cabeza. Su falange permanecía bocabajo también.

— Respeta los títulos de tu altísima, rata. Dámelo, dame al chico, déjanos hacer aquello a lo que tanto te opusiste, y podrás seguir viviendo como una alimaña los pocos años que te queden.

El ambiente en la sala de Audiencias cambió de un momento a otro.

— ¿EL ORADOR? ¿EL O-RA-DOR? ¿SABÍAIS QUE ESTABA A-QUÍ? —decir que el sonido que la buena acústica de esa sala aumentó hasta un nivel realmente intimidatorio, fue tan solo un grito, sería quedarse corto.

Un animal hambriento saltó desde un palco, y tras horribles sonidos de carne siendo desgarrada y salpicones de sangre entre el público y ellos, aterrizó a cuatro patas y con un fuerte golpe en el escenario.

Gorath los miraba a los tres. A Silencio, de pie ante el piano. A Zundine, de pie sobre el príncipe que estaba a muy poco de llevarse ambas manos a la cara. Y al propio príncipe tirado en el suelo.

La chica del tocado de pájaro y su caballero, este con un escudo alzado que más parecía una chocolatina deshecha por el sol, seguían a un costado del escenario, y esta parecía no saber que hacer, con algunos flujos de agua danzando confusos a su alrededor.

— ME ENVIASTEIS A LAS MON-TA-ÑAS PARA NA-DA—la saliva caía de su boca. Su piel estaba cubierta por costras de sangre, y por heridas que todavía no habían cerrado— CASÍ MO-RÍ ALLÍ ARRIBA. PA-RA NA-DA.

Las últimas palabras fueron tan solo un susurro; uno dicho de manera bien alta.

— Gorath… pequeña ave a la sombra de nuestra señora— Silencio observaba a Gorath caminar, quien poco a poco se había apeado sobre sus dos piernas, como si hubiese recordado que era un ser humano— Te dimos por muerto y le encargamos tu misión a otro miembro de menor cadencia en la estrofa. Como tú—Silencio, imitando con su falange el sonido que harían cientos de plumas al abrirse el ala de un ave, señaló hacia el cadáver que yacía en el suelo.

Un rugido parecido al que regurgitaría un animal hambriento al fondo de una muy angosta cueva, emergió de aquel ser que se había llamado a sí mismo Gorath.

Quizá Zundine pudiese aprovechar ese momento para salir de allí.

Gorath había caído en un estado llamado Lasang. Por el modo en que hablaba y se movía, había tomado sangre de su Sello de Sans, probablemente para subsistir en algún mal momento. Pero aquello tenía un precio un alto precio. Uno tan primario como carnal era.

Había ganado fuerza, sí. Pero su manera de discurrir pensamientos debía ser peor que la habilidad de un enlodado cruce de ríos para filtrar el agua limpia.

Gorath llevaba un sello roto al codo, y seguro que tenía muchos más escondidos bajo sus ropas, así como puñales. Para considerarse a sí mismo un ave nocturna, le encantaban las armas blancas.

La chica del agua, acompañada de una maldición de su caballero, blandió al fin un chorro de poca potencia—comparado con los iniciales— hacia Gorath, quien saltó hacia un lado, obligando a Zundine a saltar al tiempo que cogía al príncipe por el cinturón y tiraba de él.

El suelo estalló en pedazos en el lugar en que habían estado un instante atrás.

Maldita tejedora. ¿Es que no tenía control alguno? El cuerpo tirado de aquel otro miembro de una estrella menor de Vaahj, le dijo que no. Aunque Guth se lo merecía.

— Gorath. Gorath. Ay, Gorath.

Silencio se llevó una mano a los labios, dando la espalda al público que se hallaba desperdigado a ambos costados de la gran sala, apretados contra las paredes y bien lejos de los agujeros abiertos en el suelo. Algunos trataban de salir, pero había tal desorden que la puerta no era tan grande para tanta gente.

— Nunca fuiste el más inteligente. Solo eras capaz de obedecer órdenes. Eras útil en eso. Y órdenes de tus superiores vas a obedecer—Silencio levantó su falange. Zundine hizo lo mismo, temerosa de lo que podía suceder si ambos entablaban combate allí, rodeados de tanta gente—. Todavía puedes ser útil, Gorath, de la Tercera Estrella. Coge al chico y…

Si lo cogían, Zundine mataría al príncipe. Y le dolería en el alma, pero la otra opción no podía siquiera contem…

Una espada hendió el aire entre Gorath y Silencio.

Hasta Jorehin, tirado en el suelo, quedó absorto en aquella mirada tan profunda que le dirigía el chico con el escudo roto, con la espada levantada entre búho y bestia. La muchacha, detrás de él, quizá habiendo visto lo que la misma Zundine había hecho antes, había erguido una trémula y fina barrera sobre Jorehin, a los pies de Zundine.

Se la veía claramente asustada, con ese tocado suyo inclinado de cualquier manera sobre su cabeza, pero Zundine reconoció que aprendía rápido.

La sangre de Gorath manchó el smoking de Silencio. Era una sustancia oscura, más parecida a aguas residuales que a sangre. ¿En qué se convertía uno al aceptar la sangre de un Sello de Sans?

En una abominación: mitad humano, mitad bestia.

Silencio se giró de nuevo hacia ella, ignorando la espada del caballero y la sangre en su traje. Gorath emitió un grito profundo de odio y tras un destello, se lanzó hacia el cuello del caballero, pero un chorro de agua lo golpeó en una pierna, tirándolo al suelo antes de que pudiese realizar su ataque. El caballero se alzó sobre la bestia.

No como Silencio, quien se adelantó otro paso hacia Zundine.

— Lo mataré, Silencio. Te juro que pienso matarlo—Zundine hizo pompas el agua cohesionada sobre el príncipe con su propia lanza. Le temblaron las manos al sostenerla, pero debía hacerlo— No voy a dejar que lo hagáis. El Cuerpo de Hun. No puedo permitirlo.

El ruido de metal contra metal se hizo oír sobre el fragor del agua y de los gritos del público, pero Zundine no podía seguir los movimientos de los combatientes. Todo cuanto le importaba en esos momentos, lo tenía delante.

Y a sus pies.

Silencio, en toda su altura y buen vestir, se paró a dos pasos de ella.

— Mátalo si quieres. Usaremos los poderes de su altísima para mover su cuerpo. ¿Sabes que el alma tarda todo un ciclo lunar en abandonar el cuerpo? —Aquello era verdad. Desgraciadamente, lo era— Claro que lo sabes. Eres otra de esas palomitas que nos ayudaron a dar inicio a esto. Tenemos toooodo ese tiempo para moverlo y hacer que haga su trabajo. Así que adelante, última Lancera de Sens. Adelante—la retó Silencio.

Jorehin, a los pies de ambos, verdugo y juez emplumado, se estremeció, al tiempo que se sacaba algo afilado del bolsillo.

— Mátalo—dijeron búho y lanza a la vez.

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