Jorehin
Con ambas manos rozando dos secciones del teclado diferentes, Jorehin Den Gar aguardaba. Estaba sucediendo algo malo. Lo sabÃa. Lo veÃa.
Pero no podÃa moverse.
Una figura alta, escondida tras una máscara de búho, se encontraba agazapada a su derecha. No podÃa verlo del todo. Pero lo habÃa sentido.
Por los pechos de Hei. Que Jorehin lo habÃa sentido.
En mitad de una extraña disonancia que habÃa provenido del piano, Jorehin habÃa sentido algo tras su espalda; de algún modo que no comprendÃa, él habÃa sentido la presencia de aquel enmascarado antes de su aparición.
¿Y de dónde habÃa salido?
Jorehin notaba otra cosa. Algo tras él. Y no a una persona. Algo inmenso.
Un sinfÃn de melodÃas, disonancias marchitas y lo que bien podrÃa ser el sonido que salÃa, en dÃas ajetreados, de la sala de costuras del propio castillo.
Guth se acercó a él. Ese sucio hombrecillo que habÃa mirado de manera lasciva su preciado piano.
â ¿Estás seguro de que es el Orador? âJorehin no sabÃa quién hablaba, aunque las inflexiones y el timbre de voz recordaban a las de un ave de rapiña que nunca pasaba de un Mi en sus graznidos.
Un sinfÃn de plumas negras y marrones, le hicieron cosquillas en la mejilla cuando una figura que olÃa a violetas y a veneno, apareció en su campo de visión.
Jorehin quiso darle un buen Fa por violar su espacio personal, pero algo le estaba quitando todas las fuerzas, dejándolo en aquella pose incómoda; como si se estuviese preparando para saltar al agua.
Y agua fue lo que entró en escena.
Jorehin, ojos como platos en un rostro que no podÃa ni parpadear sin permiso, observó con terror como el suelo reventaba bajo el escenario, y dos chorros de agua arrancaban maldiciones del hombre que habÃa estado a su lado.
Y de Guth. El cabrón de Guth.
Jorehin cayó al suelo, rememorando lo sucedido con aquellas malditas montañas de Goio.
Incapaz de hacer nada, pudo ver a Guth corretear con sus cortas piernas por el escenario. El suelo temblaba. Madera y grandes losas de piedra se hacÃan añicos con la fuerza del agua que emergÃa desde abajo. El sucio hombrecillo se llevó la mano a una de sus mangas y extrajo algo que sostuvo con el puño cerrado, antes de lanzarlo hacia el público.
Guth salió disparado hacia atrás entre gritos y salpicones, antes de que pudiese lanzar lo que fuese que tenÃa en su mano.
Y Jorehin pudo moverse.
Quiso levantarse, pero por todos los Sà del mundo, que sus manos dormidas apenas podÃan levantar su peso. Alguien posó los pies con un gran golpe tras él. ¿Los guardias de padre?
Por Hun. Sus padres. Jorehin trató de girarse para comprobar que estaban bien. Pero el estado de shock era demasiado para él.
Alguien le agarró el pelo por la nuca y tiró de él, provocando un grito que no pudo salir de la boca del prÃncipe, y algo frÃo, mortalmente frÃo, se posó en su real cuello.
Una máscara de zorro apareció en su campo de visión. Aquellos ojos. Cuanta contradicción. ¿Asà es como se veÃa su mirada cuando pensaba en el futuro que le habÃa sido impuesto? Nunca se habÃa parado a pensarlo.
Pero lo hacÃa ahora, al borde de la muerte por segunda vez en un mes, el prÃncipe se encontraba superado por los actos sucedidos en el mundo.
â No quiero morir, por favor. No quieroâaquellas, seguramente, fuesen las palabras más honestas que habÃan salido jamás de sus labios.
El zorro, sin dejar de sostener lo que fuese aquel objeto afilado contra su cuello, soltó una maldición y se sacó el bastón de la cintura.
Salvo que no era un bastón. Y tampoco una lanza, aunque tenÃa una muy buena afilada punta.
â Si todo va bien, Clave de Sens, no morirás. Pero si se hacen contigo, prometo atravesarte las entrañas sin dudarlo.
El bastón/lanza, para un muy petrificado y ya no tan escéptico Jorehin, comenzó a cantar.
Zundine
Zundine, usando su Falange de Hun, y aplicando todo aquello que le habÃan enseñado en sus años de aprendiz, le dio forma al agua que esa chica con los brazos extendidos y el extraño tocado, estaba sin duda alguna manejando con cierta soltura.
DebÃa ser uno de esos llamados Tejedores. Ellos manejaban un único elemento.
Ella no. Las lanceras de Sens los manejaban todos, usando sus queridas falanges para saltarse esa limitación.
Una cúpula de agua se alzó alrededor de ella y del chico, al que habÃa estado tan sumamente convencida de que podrÃa matar.
SerÃa todo tan fácil.
Silencio la miraba cerca del piano, con una pierna apoyada en la banqueta. El hombrecillo gordo seguÃa en el suelo, en lo que debÃa ser un charco de sangre que se filtraba entre las tablas.
â DeberÃamos matar al chico. No podemos contra Silencio. Está jodidamente ungidoâ Zahn se encontraba inquieto en su lanza.
Una columna de agua emergió del suelo, a pocos pasos de dónde estaban, y dio de lleno en la barrera que se alzaba a su alrededor.
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La chica habÃa subido a escenario, seguida del caballero de andar felino. ¿Por qué la atacaba a ella? HabÃa un hombre desconocido recién salido de un agujeroâ en la misma realidadâ en aquella sala.
Ah, sÃ. Por el prÃncipe. Todas aquellas pobres almas debÃan haberla tomado por una villana de fábula. En fin. Poco podÃa hacer Zundine ya.
â Lo séâZundine miró hacia abajoâEscucha, chicoâle propinó un suave golpe con el pie al gimoteante prÃncipeâEres importante. Eres la llave para algo muy importante. La clave de Sens. Dime, prÃncipe de mala fama, ¿nunca te has sentido especial? ¿Nunca has pensado que tenÃas un rumbo marcado a seguir desde que naciste?
Ella habÃa visto ardor en su miraba unos momentos antes, cuando habÃa estado a punto de matarlo.
â Solo soy el hijo del rey. No sé hacer nada. No sé hacer nada, ¿vale?
Ahà estaba el fuego que Zundine buscaba.
â Basta. No llores, chico. No es el momento. Se de tus habilidades al piano. Se dice que eres lo más cerca que un alma humana ha estado jamás de convertirse en música. Pero ahora dime, prÃncipe de Amún. ¿Nunca has sentido que podÃas tocar una melodÃa sin usar un instrumento? Que lo importante eras tú, y no esos mecanismos ideados por el hombre.
Jorehin tan solo la miraba con los ojos abiertos como platos. Si la estaba escuchando, Zundine lo desconocÃa. Silencio se acercaba a ellos, paso a paso, al tiempo que jugaba con el instrumento que portaba en sus manos. Algo largo.
Una Falange de Hun. Aunque la suya no era tan especial como la de Zundine.
Zundine impulsó el agua que la rodeaba hacia Silencio y un torrente del tamaño de un brazo de hombre adulto lo golpeó en la cara. O lo hubiese hecho, de no haber movido este aire usando su propia lanza. El agua, como un barril lleno de esta, cayó detrás de él, rompiendo varios listones de madera.
â La favorita. Tengo entendido que tuviste que abrirte paso de una realidad a otra a mordiscos, como la rata callejera que siempre fuiste.
â Hijo de vaca y coneja de todos los establos de aquà aâ¦
Zundine puso su falange bocabajo, cortando el flujo de aire que estaba entrando en esta.
Lo siento, Zahn. No es momento para escalar la situación.
â Tengo aquello que queréisâle dio otro ligero puntapié al chico aterrorizado a sus piesâ. Es a quien buscabais, ¿verdad? El Orador al que quiere Varenia.
Silencio se limitó a mirarla desde detrás de aquella máscara de búho, al tiempo que inclinaba levemente la cabeza. Su falange permanecÃa bocabajo también.
â Respeta los tÃtulos de tu altÃsima, rata. Dámelo, dame al chico, déjanos hacer aquello a lo que tanto te opusiste, y podrás seguir viviendo como una alimaña los pocos años que te queden.
El ambiente en la sala de Audiencias cambió de un momento a otro.
â ¿EL ORADOR? ¿EL O-RA-DOR? ¿SABÃAIS QUE ESTABA A-QUÃ? âdecir que el sonido que la buena acústica de esa sala aumentó hasta un nivel realmente intimidatorio, fue tan solo un grito, serÃa quedarse corto.
Un animal hambriento saltó desde un palco, y tras horribles sonidos de carne siendo desgarrada y salpicones de sangre entre el público y ellos, aterrizó a cuatro patas y con un fuerte golpe en el escenario.
Gorath los miraba a los tres. A Silencio, de pie ante el piano. A Zundine, de pie sobre el prÃncipe que estaba a muy poco de llevarse ambas manos a la cara. Y al propio prÃncipe tirado en el suelo.
La chica del tocado de pájaro y su caballero, este con un escudo alzado que más parecÃa una chocolatina deshecha por el sol, seguÃan a un costado del escenario, y esta parecÃa no saber que hacer, con algunos flujos de agua danzando confusos a su alrededor.
â ME ENVIASTEIS A LAS MON-TA-ÃAS PARA NA-DAâla saliva caÃa de su boca. Su piel estaba cubierta por costras de sangre, y por heridas que todavÃa no habÃan cerradoâ CASÃ MO-RÃ ALLÃ ARRIBA. PA-RA NA-DA.
Las últimas palabras fueron tan solo un susurro; uno dicho de manera bien alta.
â Gorath⦠pequeña ave a la sombra de nuestra señoraâ Silencio observaba a Gorath caminar, quien poco a poco se habÃa apeado sobre sus dos piernas, como si hubiese recordado que era un ser humanoâ Te dimos por muerto y le encargamos tu misión a otro miembro de menor cadencia en la estrofa. Como túâSilencio, imitando con su falange el sonido que harÃan cientos de plumas al abrirse el ala de un ave, señaló hacia el cadáver que yacÃa en el suelo.
Un rugido parecido al que regurgitarÃa un animal hambriento al fondo de una muy angosta cueva, emergió de aquel ser que se habÃa llamado a sà mismo Gorath.
Quizá Zundine pudiese aprovechar ese momento para salir de allÃ.
Gorath habÃa caÃdo en un estado llamado Lasang. Por el modo en que hablaba y se movÃa, habÃa tomado sangre de su Sello de Sans, probablemente para subsistir en algún mal momento. Pero aquello tenÃa un precio un alto precio. Uno tan primario como carnal era.
HabÃa ganado fuerza, sÃ. Pero su manera de discurrir pensamientos debÃa ser peor que la habilidad de un enlodado cruce de rÃos para filtrar el agua limpia.
Gorath llevaba un sello roto al codo, y seguro que tenÃa muchos más escondidos bajo sus ropas, asà como puñales. Para considerarse a sà mismo un ave nocturna, le encantaban las armas blancas.
La chica del agua, acompañada de una maldición de su caballero, blandió al fin un chorro de poca potenciaâcomparado con los inicialesâ hacia Gorath, quien saltó hacia un lado, obligando a Zundine a saltar al tiempo que cogÃa al prÃncipe por el cinturón y tiraba de él.
El suelo estalló en pedazos en el lugar en que habÃan estado un instante atrás.
Maldita tejedora. ¿Es que no tenÃa control alguno? El cuerpo tirado de aquel otro miembro de una estrella menor de Vaahj, le dijo que no. Aunque Guth se lo merecÃa.
â Gorath. Gorath. Ay, Gorath.
Silencio se llevó una mano a los labios, dando la espalda al público que se hallaba desperdigado a ambos costados de la gran sala, apretados contra las paredes y bien lejos de los agujeros abiertos en el suelo. Algunos trataban de salir, pero habÃa tal desorden que la puerta no era tan grande para tanta gente.
â Nunca fuiste el más inteligente. Solo eras capaz de obedecer órdenes. Eras útil en eso. Y órdenes de tus superiores vas a obedecerâSilencio levantó su falange. Zundine hizo lo mismo, temerosa de lo que podÃa suceder si ambos entablaban combate allÃ, rodeados de tanta genteâ. TodavÃa puedes ser útil, Gorath, de la Tercera Estrella. Coge al chico yâ¦
Si lo cogÃan, Zundine matarÃa al prÃncipe. Y le dolerÃa en el alma, pero la otra opción no podÃa siquiera contemâ¦
Una espada hendió el aire entre Gorath y Silencio.
Hasta Jorehin, tirado en el suelo, quedó absorto en aquella mirada tan profunda que le dirigÃa el chico con el escudo roto, con la espada levantada entre búho y bestia. La muchacha, detrás de él, quizá habiendo visto lo que la misma Zundine habÃa hecho antes, habÃa erguido una trémula y fina barrera sobre Jorehin, a los pies de Zundine.
Se la veÃa claramente asustada, con ese tocado suyo inclinado de cualquier manera sobre su cabeza, pero Zundine reconoció que aprendÃa rápido.
La sangre de Gorath manchó el smoking de Silencio. Era una sustancia oscura, más parecida a aguas residuales que a sangre. ¿En qué se convertÃa uno al aceptar la sangre de un Sello de Sans?
En una abominación: mitad humano, mitad bestia.
Silencio se giró de nuevo hacia ella, ignorando la espada del caballero y la sangre en su traje. Gorath emitió un grito profundo de odio y tras un destello, se lanzó hacia el cuello del caballero, pero un chorro de agua lo golpeó en una pierna, tirándolo al suelo antes de que pudiese realizar su ataque. El caballero se alzó sobre la bestia.
No como Silencio, quien se adelantó otro paso hacia Zundine.
â Lo mataré, Silencio. Te juro que pienso matarloâZundine hizo pompas el agua cohesionada sobre el prÃncipe con su propia lanza. Le temblaron las manos al sostenerla, pero debÃa hacerloâ No voy a dejar que lo hagáis. El Cuerpo de Hun. No puedo permitirlo.
El ruido de metal contra metal se hizo oÃr sobre el fragor del agua y de los gritos del público, pero Zundine no podÃa seguir los movimientos de los combatientes. Todo cuanto le importaba en esos momentos, lo tenÃa delante.
Y a sus pies.
Silencio, en toda su altura y buen vestir, se paró a dos pasos de ella.
â Mátalo si quieres. Usaremos los poderes de su altÃsima para mover su cuerpo. ¿Sabes que el alma tarda todo un ciclo lunar en abandonar el cuerpo? âAquello era verdad. Desgraciadamente, lo eraâ Claro que lo sabes. Eres otra de esas palomitas que nos ayudaron a dar inicio a esto. Tenemos toooodo ese tiempo para moverlo y hacer que haga su trabajo. Asà que adelante, última Lancera de Sens. Adelanteâla retó Silencio.
Jorehin, a los pies de ambos, verdugo y juez emplumado, se estremeció, al tiempo que se sacaba algo afilado del bolsillo.
â Mátaloâdijeron búho y lanza a la vez.
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