Saru
El prÃncipe apareció entre suspiros y algún que otro escarceo entre abanicos, con un caminar algo tenso, como si tuviese algo metido dónde uno no querrÃa estando en público.
Era guapo, pensaba Saru, quien, por un momento, se habÃa olvidado de la absurdez del plan de Firans, aunque se hubiese dejado llevar por su determinación.
Los pómulos del apuesto prÃncipe, cuyos rumores apuntaban hacia una vida de niño malcriado, enmarcaban una sonrisa falsa.
Una sonrisa tirante en ojos muertos. Saru habÃa visto eso. Salvo que en cadáveres y en locos.
¿Qué le sucederÃa a su alteza?
El efecto desapareció en cuanto el muchacho de buenas piernas llegó al piano que se hallaba de espaldas a los asientos de los espectadores. Ahora sonreÃa de verdad, o al menos, la sonrisa que mostraba, se reflejaba en su mirada. HabÃa cierta fiereza en este.
Una especie de desafÃo en la manera en que brillaban sus ojos.
Quizá era verdad lo que Firans le habÃa dicho la noche anterior, con ambos sentados ante un fuego de leños ofrecidos por el muy hospitalario señor Aret. Saru también pensaba que debÃa vigilar esa sensación de constante alerta con la que convivÃa.
Relajarse un poco. Disfrutar de la situación.
Pensando en eso, y en los ojos azules del prÃncipe que se disponÃa a hablar a su público, Saru le sonrió a la señora que llevaba un buen rato mirando la fractura en su escudo, posado a sus pies.
Esta le devolvió una rápida sonrisa y pasó a cuchichear con la que tenÃa al lado, las dos con los sombreros alarmantemente juntos.
Gorath
Estúpida gente de las ciudades.
De estar todas aquellas cabecitas en el bosque y no entre muros y luces, morirÃan como los animales indefensos que eran. Tanta tela, tanto color, tanto ruido. Desde arriba y para un depredador, parecÃan trozos de pollo asado, cada uno coronado por una bandera muy colorida.
Gorath observaba desde un alto palco en la esquina de aquella gran sala de audiencias.
La sangre del cadáver a sus pies manchaba sus zapatos y las patas del recargado asiento, pero no le importaba. No eran suyos. Cuando terminase con ese caballero al finalizar lo que fuese que iba a comenzar en poco, se quedarÃa con sus botas.
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Y con sus pies.
Ahà estaba el chico que le habÃa dado caza de un continente a otro. Era un simple muchacho que no llegaba ni a los treinta años. Ahora llevaba una capa azul a la espalda, como si se creyese el caballero de un cuento de hadas para niños tontos.
Iba acompañado de alguien a quien Gorath no reconoció a primera vista. Lo habÃa hecho gracias al Sello de Sans, que recordaba su interacción con ella. La niña era realmente atractiva. De haberse dado cuenta en las montañas, antes de que apareciese el niñato, podrÃa haber disfrutado de ella.
Pero tocaba esperar. Como un ave nocturna, Gorath esperarÃa a su presa, y cuando esta se separase del rebaño principal para realizar lo que fuese que habÃa llevado a una paleta de las montañas y a un engreÃdo con escudo hasta allÃ, los matarÃa.
Primero a la chica, tras hacerle todo lo que quisiese; asà le enseñarÃa a ese chico como funcionaba un hombre de verdad. Y después sÃ, lo matarÃa.
â Buenas noches, apreciados visitantes de todo el continenteâ el estirado prÃncipe daba vueltas alrededor del piano mientras hablaba, moviendo las manos entre frase y fraseâ Os ofrezco mis condolencias por los daños de lo sucedido haceâ¦
HabÃa algo raro en el prÃncipe. Una débil conexión que Gorath sentÃa partir de este. Igual que la conexión que sentÃa entre su sello y el falso caballero, ese muchacho estaba vinculado a otro Sello de Sans.
¿Quién serÃa?
Sus dos hombres habÃan muerto, siendo él lo único que quedaba de la fuerza de ataque enviada a Amún. ¿SerÃa la Lancera de Sens que por algún estúpido y caprichoso deseo del destino, dormÃa en el mismo lugar que sus dos objetivos? Se rumoreaba que sabÃa usarlos.
Al fin y al cabo, tenÃa Sens.
Como esa muchacha inexperta que habÃa manejado flácidos flujos de agua con mucho esfuerzo. ¿SabrÃa esta siquiera que lo habÃa conseguido porque era afÃn a la armonÃa del mismÃsimo Sens? Se llamaban tejedores a sà mismos. Gorath lo dudaba.
Una armonÃa para todo. Un todo para uno.
Zundine
Una intrincada máscara de zorro de las nieves cubrÃa el rostro de Zundine.
Se hallaba sentada cerca del gran escenario, vestida de negro y con su extraña lanza metida dentro de una funda que podÃa llevar en la cintura. Zahn llevaba sin hablar desde que habÃa entrado en el castillo de Amún, y Zundine se sentÃa mal por él, pero cundirÃa el pánico si se despistaban.
Amún era un lugar extraño.
Zundine, tras sus años de entrenamiento, en completa sinfonÃa con la escala de Sens y tras un uso diario, habÃa desarrollado la habilidad de sentir cuando alguien cercano a ella, era afÃn al propio Sens.
â Hoy voy a entreteneros con Yo corazón y tu alma, obra de un compositor con mucha alma llamado Onard.
En ese momento, sin contar a la propia Zundine, habÃa cinco personas con una afinidad total o parcial en esa gran sala de gruesas columnas y abovedado techo.
A una ya la habÃa sentido con anterioridad. La chica del tocado estrafalario con forma de pájaro. Y el chico que iba siempre con ella, como si fuese su guardaespaldas, aunque los habÃa escuchado discutir a través de las finas paredes de aquella cochambrosa posada.
SentÃa otro más arriba, a la derecha, y otro tras el prÃncipe, entre bastidores.
Y también lo sentÃa del propio prÃncipe, aunque este sonaba apagado. Como si no fuese suyo.
Todos vibraban al mismo tiempo, con el Sens, con el mundo mismo.
â â¦espero que os guste.
Los ojos de zorro tras la máscara lanzaron una rápida mirada hacia arriba, pero no pudo ver a nadie en dirección hacia dónde sentÃa esa conexión. El palco parecÃa estar vacÃo, aunque ella lo sentÃa.
Al igual que sentÃa la conexión que el prÃncipe tenÃa con quien estuviese tras los bastidores de aquella función. Un Sello de Sans. Alguien controlaba al prÃncipe. Pero, ¿quién?
Gorath, a quien Zundine habÃa visto rodear la posada durante la noche anterior, debÃa ser el que estaba en el palco superior. Zahn la habÃa confirmado que Garth y Gir habÃan muerto. Como lo sabÃa este, Zundine lo ignoraba, pero confiaba en él.
Entonces, ¿quién era la persona que estaba controlando al prÃncipe de Amún?
â Y terminadas las presentaciones, que comience esta función.
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