Firans
El estrafalario sombrero con lentejuelas de la señora sentada a su izquierda, golpeó a Firans en el tocado que llevaba sobre su cabeza, amenazando con tirar al suelo su elaborado disfraz.
¿Qué por qué se encontraba Firans en el recital del agraciadamente apuesto prÃncipe Jorehin Den Gar?
Básicamente, y de una manera muy ruda, la habÃan ignorado. HabÃa pedido cita con el rey en tres ocasiones distintas, pero no se la habÃan concedido: siquiera se habÃan aventurado a escuchar las palabras de la chica harapienta que iba acompañada de un rufián armado, mirada hosca y de pocas palabras.
Asà que habÃan tenido que colarse.
El rey tendrÃa que escucharla tras los aplausos de toda aquella gente de divertidos sombreros y trajes de gala ajustados. No le quedaba otra. Goio necesitaba ayuda, y lo que habÃa pasado en su aldea, podÃa suceder también en la ciudad.
Al final, sabiendo que no los dejarÃan colarse entre los demás nobles en su estado actual, habÃan decidido preparar a Firans para que pasase por la adinerada mujer de alguna adinerada casa.
HabÃan conseguido un poco de esos polvos que las noblesâtÃtulo que siempre habÃa fascinado a Firans al leerlo en libros, y que no se acercaba nada al nivel de pomposidad que realmente acarreabaâ se untaban en la cara.
Esa cosa que olÃa a aceite y a algún tipo de hierbas que Firans no conocÃa, les habÃa sido otorgado por el amable posadero de Las lunas distantes, a cambio de que Saru no le partiese la cara por haber querido estafarlos por partida dobleâpalabras de Saru. Era rudo, pensaba Firans, aunque convenienteâ, al querer subirles el precio a la segunda noche de estancia.
También les habÃa dado algo de su dinero de vuelta. Hasta les habÃa ofrecido cambiar las gachas rancias del desayuno por una tortilla de un huevo.
HabÃan terminado gastando las últimas monedas que les quedaban para elloâFirans seguÃa sin comprender como funcionaba ese estúpido sistema lleno de tintineos y destellos, asà que, de nuevo, se habÃa encargado Saruâpero el mensaje debÃa ser entregado.
Además, siempre que Firans pudiese seguir dando vida al agua que luego vender a precio reducido en los barrios bajos, que no habrÃa problema económico hasta que finalizase su misión.
Y asÃ, que Firans estaba radiante en su vestido verde esmeralda, con la cara tan blanca como si le hubiesen tirado una gran tarta de nata en la cara, el pelo negro recogido y un gran tocado con forma de pájaro de agua en lo alto de su cabeza.
No cabÃa en si de asombroso gozo. ¡Ella! ¡En el recital del prÃncipe mismo!
Y Saru⦠Bueno, iba vestido como un caballero. El caballero de la noble doncella de la casa de Gainsor, quien tras la muerte de su marido en un accidente a caballoâuna tragedia, Firans estaba devastadaâ, se habÃa aventurado a buscar uno nuevo.
Saru se habÃa puesto una capa al menos. HabÃan discutido un poco por el gasto, pero habÃan terminado comprándosela a la misma señora del vestido que portaba Firans. El color azul le quedaba bien. Le daba algo de personalidad a esa cara tan seria.
The narrative has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident.
â Ãguila mirando a su presa, recuerda. No sonrÃas tanto. Se supone que estás de luto y pareces una perra en primavera.
Firans usó su propio tocado para golpear a Saru, disculpándose luego con una mano al pecho y la buena señorita que era.
â ¿Tienes que sonar siempreâSaru la miraba todo intrigado. También se habÃa peinado, echándose el cabello castaño hacia atrás con algún tipo de pasta o gel que olÃa a cerezas. No se habÃa afeitado, pero la barba incipiente le quedaba bienâ,cómo esos hombres que escuchamos charlar sobre sus señoritas de compañÃa el otro dÃa?
â Crecà entre soldados y capitanes, mi bella damaâhabÃa cierto regocijo en su tono de voz. Ya era horaâ. Su tocado se encuentra algo mareado. DeberÃa hacer algo al respectoâFirans se llevó una mano a la cabeza y se enderezó el pájaro.
ParecÃa que Saru se habÃa metido en su papel del todo.
Como si la aristocracia fuese lo suyo. Era un compañero extraño, aunque agradable.
Quedaba poco para la función.
Jorehin
Jorehin Den Gar no querÃa salir al escenario.
Sus padres estaban ahÃ, subidos al escenario mismo, en sus altos tronos de cómodos cojines. Su público anual estaba ahÃ. Hasta el bufón del rey, ese idiota que no tenÃa más gracia de la que tendrÃa un niño al caerse de su sillita.
Ãl mismo, el actor de la gran obra a representar para todas las grandes casas y alcaldes de poblados y aldeas, estaba ahÃ.
Estaban todos.
Lo que no estaba, era su piano.
Demasiado cristal. Cuerdas sesgadas y de un material que tardarÃa semanas en llegar.
Y una real mierda.
Jorehin habÃa desconfiado de ese tal aclamado Guth desde que se habÃan conocido. Seguro que se lo habÃa quedado para él mismo, o lo retenÃa para ver cómo funcionaba por dentro, y crear sus propias copias.
Asà que, Jorehin, quien tanto habÃa estado esperando ese dÃa durante todo un año, y a quien le habÃa repateado en sus reales partes el posponerlo un mes más, no querÃa tocar.
No con esa birria que sonaba como lo hacÃan las cochinillas que tenÃan en castillo.
QuerÃa su piano. El prÃncipe exigÃa su piano.
Padre y madre lo miraban desde sus tronos, con madre abanicándose, padre jugueteando con una moneda de oro en la mano y Jorehin en una parte que quedaba fuera de vista para el público.
â No hay nada que pueda hacer. Lo he afinado todas las veces que lo ha requerido su majestad, pero es imposible que suenen los dos igualesâGuth, de cara redonda, vestir holgado y cierta papada, alargó la mano para señalar el piano que lo esperaba en el escenarioâ. Ningún piano suena igual que otro. Cuerdas distintas, armonÃas distintas, su majestad.
Estúpido reparador de ovejas.
El piano que le esperaba ni siquiera era el mismo que el que le habÃan regalado mientras reparaban el suyo propio. Este, como si estuviese de acuerdo con la mala suerte que era ya lo que le habÃa sucedido a su piano habitual, habÃa dejado de funcionar sin más.
El piano nuevo estaba intacto, las cuerdas estaban bien, todo mecanismo estaba en su sitio. Simplemente, no emitÃa sonido alguno. Era como si careciese de alma.
Asà que le habÃan otorgado esa nueva birria que, por segunda vez, no era su piano de siempre.
Cierto que era precioso, con el dibujo de un sol y una luna a cada costado del armazón, sobre el teclado, toda la construcción de madera buena y con unas ventanitas encima de dónde quedaba la partitura a tocar, que dejaban ver unas figuras danzar en su interior.
Incluso sonaba bien. Aunque habÃa algo. Algo raro, que no encajaba del todo. Mecánicamente sonaba bien, era bonito de escuchar, pero habÃa algo en la manera de sonar de cada nota que lo desconcertaba un poco.
Algunas sonaban ligeramente diferentes; como hermanas de generaciones distintas. Cercanas, por una parte, lejanas por otra. Una diferencia que tan solo un oÃdo experimentado como el de Jorehin notarÃa. Pero ese fallo, estaba ahÃ.
Algunas notas sonaban con una armonÃa diferente.
Era una obra de arte. Jorehin lo reconocÃa. Pero no era el suyo.
â ¿Estás seguro de que esa cosa aguantará durante todo el recital? Uso mucha energÃa al tocar.
â SÃ, mi dócil y delicado prÃncipeâ¿le estaba cambiando el tono de voz a aquel hombre que habÃa contratado su padre? âAhora arreando. Tiene usted una cosa muy importante que hacer. Su majestad.
Y Jorehin Den Gar, preguntándose desde cuando le sangraba el dorso de la mano derecha, y por qué Guth sonreÃa con tanta gallardÃa al tiempo que lo miraba directamente a los ojos y se llevaba una mano al brazo, obedeció.
Comments(0)
Join the discussion — sign in to leave a comment
Sign In to CommentNo comments yet. Be the first to share your thoughts!