Chapter 15 of 20

Capítulo II: Yo corazón y tú alma

Cuatro versos - ESPAÑOL1,318 words~7 min read

Firans

El estrafalario sombrero con lentejuelas de la señora sentada a su izquierda, golpeó a Firans en el tocado que llevaba sobre su cabeza, amenazando con tirar al suelo su elaborado disfraz.

¿Qué por qué se encontraba Firans en el recital del agraciadamente apuesto príncipe Jorehin Den Gar?

Básicamente, y de una manera muy ruda, la habían ignorado. Había pedido cita con el rey en tres ocasiones distintas, pero no se la habían concedido: siquiera se habían aventurado a escuchar las palabras de la chica harapienta que iba acompañada de un rufián armado, mirada hosca y de pocas palabras.

Así que habían tenido que colarse.

El rey tendría que escucharla tras los aplausos de toda aquella gente de divertidos sombreros y trajes de gala ajustados. No le quedaba otra. Goio necesitaba ayuda, y lo que había pasado en su aldea, podía suceder también en la ciudad.

Al final, sabiendo que no los dejarían colarse entre los demás nobles en su estado actual, habían decidido preparar a Firans para que pasase por la adinerada mujer de alguna adinerada casa.

Habían conseguido un poco de esos polvos que las nobles—título que siempre había fascinado a Firans al leerlo en libros, y que no se acercaba nada al nivel de pomposidad que realmente acarreaba— se untaban en la cara.

Esa cosa que olía a aceite y a algún tipo de hierbas que Firans no conocía, les había sido otorgado por el amable posadero de Las lunas distantes, a cambio de que Saru no le partiese la cara por haber querido estafarlos por partida doble—palabras de Saru. Era rudo, pensaba Firans, aunque conveniente—, al querer subirles el precio a la segunda noche de estancia.

También les había dado algo de su dinero de vuelta. Hasta les había ofrecido cambiar las gachas rancias del desayuno por una tortilla de un huevo.

Habían terminado gastando las últimas monedas que les quedaban para ello—Firans seguía sin comprender como funcionaba ese estúpido sistema lleno de tintineos y destellos, así que, de nuevo, se había encargado Saru—pero el mensaje debía ser entregado.

Además, siempre que Firans pudiese seguir dando vida al agua que luego vender a precio reducido en los barrios bajos, que no habría problema económico hasta que finalizase su misión.

Y así, que Firans estaba radiante en su vestido verde esmeralda, con la cara tan blanca como si le hubiesen tirado una gran tarta de nata en la cara, el pelo negro recogido y un gran tocado con forma de pájaro de agua en lo alto de su cabeza.

No cabía en si de asombroso gozo. ¡Ella! ¡En el recital del príncipe mismo!

Y Saru… Bueno, iba vestido como un caballero. El caballero de la noble doncella de la casa de Gainsor, quien tras la muerte de su marido en un accidente a caballo—una tragedia, Firans estaba devastada—, se había aventurado a buscar uno nuevo.

Saru se había puesto una capa al menos. Habían discutido un poco por el gasto, pero habían terminado comprándosela a la misma señora del vestido que portaba Firans. El color azul le quedaba bien. Le daba algo de personalidad a esa cara tan seria.

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— Águila mirando a su presa, recuerda. No sonrías tanto. Se supone que estás de luto y pareces una perra en primavera.

Firans usó su propio tocado para golpear a Saru, disculpándose luego con una mano al pecho y la buena señorita que era.

— ¿Tienes que sonar siempre—Saru la miraba todo intrigado. También se había peinado, echándose el cabello castaño hacia atrás con algún tipo de pasta o gel que olía a cerezas. No se había afeitado, pero la barba incipiente le quedaba bien—,cómo esos hombres que escuchamos charlar sobre sus señoritas de compañía el otro día?

— Crecí entre soldados y capitanes, mi bella dama—había cierto regocijo en su tono de voz. Ya era hora—. Su tocado se encuentra algo mareado. Debería hacer algo al respecto—Firans se llevó una mano a la cabeza y se enderezó el pájaro.

Parecía que Saru se había metido en su papel del todo.

Como si la aristocracia fuese lo suyo. Era un compañero extraño, aunque agradable.

Quedaba poco para la función.

Jorehin

Jorehin Den Gar no quería salir al escenario.

Sus padres estaban ahí, subidos al escenario mismo, en sus altos tronos de cómodos cojines. Su público anual estaba ahí. Hasta el bufón del rey, ese idiota que no tenía más gracia de la que tendría un niño al caerse de su sillita.

Él mismo, el actor de la gran obra a representar para todas las grandes casas y alcaldes de poblados y aldeas, estaba ahí.

Estaban todos.

Lo que no estaba, era su piano.

Demasiado cristal. Cuerdas sesgadas y de un material que tardaría semanas en llegar.

Y una real mierda.

Jorehin había desconfiado de ese tal aclamado Guth desde que se habían conocido. Seguro que se lo había quedado para él mismo, o lo retenía para ver cómo funcionaba por dentro, y crear sus propias copias.

Así que, Jorehin, quien tanto había estado esperando ese día durante todo un año, y a quien le había repateado en sus reales partes el posponerlo un mes más, no quería tocar.

No con esa birria que sonaba como lo hacían las cochinillas que tenían en castillo.

Quería su piano. El príncipe exigía su piano.

Padre y madre lo miraban desde sus tronos, con madre abanicándose, padre jugueteando con una moneda de oro en la mano y Jorehin en una parte que quedaba fuera de vista para el público.

— No hay nada que pueda hacer. Lo he afinado todas las veces que lo ha requerido su majestad, pero es imposible que suenen los dos iguales—Guth, de cara redonda, vestir holgado y cierta papada, alargó la mano para señalar el piano que lo esperaba en el escenario—. Ningún piano suena igual que otro. Cuerdas distintas, armonías distintas, su majestad.

Estúpido reparador de ovejas.

El piano que le esperaba ni siquiera era el mismo que el que le habían regalado mientras reparaban el suyo propio. Este, como si estuviese de acuerdo con la mala suerte que era ya lo que le había sucedido a su piano habitual, había dejado de funcionar sin más.

El piano nuevo estaba intacto, las cuerdas estaban bien, todo mecanismo estaba en su sitio. Simplemente, no emitía sonido alguno. Era como si careciese de alma.

Así que le habían otorgado esa nueva birria que, por segunda vez, no era su piano de siempre.

Cierto que era precioso, con el dibujo de un sol y una luna a cada costado del armazón, sobre el teclado, toda la construcción de madera buena y con unas ventanitas encima de dónde quedaba la partitura a tocar, que dejaban ver unas figuras danzar en su interior.

Incluso sonaba bien. Aunque había algo. Algo raro, que no encajaba del todo. Mecánicamente sonaba bien, era bonito de escuchar, pero había algo en la manera de sonar de cada nota que lo desconcertaba un poco.

Algunas sonaban ligeramente diferentes; como hermanas de generaciones distintas. Cercanas, por una parte, lejanas por otra. Una diferencia que tan solo un oído experimentado como el de Jorehin notaría. Pero ese fallo, estaba ahí.

Algunas notas sonaban con una armonía diferente.

Era una obra de arte. Jorehin lo reconocía. Pero no era el suyo.

— ¿Estás seguro de que esa cosa aguantará durante todo el recital? Uso mucha energía al tocar.

— Sí, mi dócil y delicado príncipe—¿le estaba cambiando el tono de voz a aquel hombre que había contratado su padre? —Ahora arreando. Tiene usted una cosa muy importante que hacer. Su majestad.

Y Jorehin Den Gar, preguntándose desde cuando le sangraba el dorso de la mano derecha, y por qué Guth sonreía con tanta gallardía al tiempo que lo miraba directamente a los ojos y se llevaba una mano al brazo, obedeció.

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