Chapter 14 of 20

Disonancias en la noche

Cuatro versos - ESPAÑOL1,596 words~8 min read

Jorehin

Un mes de retraso, decía padre. Más días; más tiempo para que cosechen lo que tengan y traigan lo que deben.

Su padre y los hombres que lo asesoraban, un grupo de lo más variopinto, habían decidido posponer un mes entero el día de la recolecta de impuestos, así como el del recital de Jorehin Den Gar, tras el cual comenzaba siempre la ostentosa recaudación.

Decían que así, con un mes de tiempo, las aldeas y pueblos no se sentirían tan presionados.

¿Qué era un mes para limpiar el estropicio de un poco de agua y aparcar a una oveja arrollada por una pequeña riada?

Pero ellos no lo habían visto. Tan solo veían ese fenómeno tan extraño que serpenteaba con gallardía encima de las Montañas de Goio.

Por Hun. Que no lo habían visto. Él lo recordaba cada noche. Cada mañana al despertar. Cada instante.

Jorehin, había pasado varios días sin querer salir de castillo, sin siquiera poder tocar correctamente, al tiempo que ese hombre, quien su padre decía que le gustaba llamarse Guth cuando solicitaba uno sus servicios, miraba el astillado caparazón de madera que había salvado al príncipe de los cristales clavados en el propio armazón.

A Jorehin no se le escapaba el hecho de que el nombre que había elegido, se pareciese al del constructor de pianos que había creado verdaderas obras maestras antes de morir, como el suyo propio.

Más le valía hacer un buen trabajo. Quedaban dos noches para el gran día, y el piano que le habían traído para que lo usara mientras tanto, era pura basura.

— ¿Y no podría, tu padre, meterle un poco su real mano a este lugar? A la Jaca le gustaría tener un pequeño jardín—le dijo una voz femenina que sonaba tan acaramelada como la mermelada de tres horas infiltrándose entre dos teclas.

¿Por qué todas las prostitutas de ese prostíbulo estaban adictas a esa mierda maloliente de pobres llamada Von?

Jorehin apartó la mano del pecho desnudo que se había olvidado que estaba tocando, y sin mirar siquiera a la cara a la atractiva chica que yacía a su lado, se levantó de la cama, plantándose delante de la silla en la que había dejado su ropa.

Su real ropa.

— ¿Un jardín comunitario para una casa de putas? No hay manara de darle luz a esto, cariño. Lo siento. Y no te olvides de tomarte esa cosa. Mi padre no pagaría un duro y el niño no llegaría ni a bastardo.

Jorehin estaba de verdadero mal humor. Llevaba días así. Semanas.

Se despidió de la chica con dinero recaudado y salió del burdel por la puerta de atrás. Como haría una sucia rata.

Hacía mucho tiempo que Jorehin no frecuentaba burdeles. Siempre le habían parecido sucios, y las conversaciones propias de dos ranas con problemas de croar.

El primer día, en un arrebato, había despistado a los guardas que lo acompañaban a órdenes de su padre, para tener que dar unas muy evasivas disculpas a madre al día siguiente, y un quedo lo siento, no lo volveré a hacer a padre.

Y desde ahí que, ya puestos a volver a viejas costumbres, Jorehin había salido de noche sin avisar, vestido como un plebeyo y usando los pasadizos ocultos que todo príncipe con castillo y cierto orgullo principesco, debía conocer.

Y allí estaba ahora, saliendo a escondidas de la casa de putas más fea en la que jamás había estado. Arrepentido por aquellos arrebatos que había dejado atrás cuando le había echado el ojo a cierta sirvienta, miró a las lunas en el cielo.

¿Estarían juzgando sus actos? Que lo hicieran si las veía en gana.

Ellas no habían visto toda el agua en el mundo vertiéndose en dirección a ellas.

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Ni siquiera comprenderían la fragilidad de un ser humano que, de un momento a otro, es consciente de su propia mortalidad; no sabían del miedo que había sentido el príncipe que vivía en su castillo.

Quedaba poco para el amanecer, le daba el tiempo exacto para atravesar las calles de la Vieja Ona, girar hacia el muelle y después torcer hasta las viejas cloacas. Su padre nunca supo que una habitación para almohadas, tenía una muy escondida trampilla que llevaba hasta las cámaras del primer sistema de alcantarillado que había tenido la ciudad.

Apestaba, sí. Pero Jorehin necesitaba esa frugal sensación de libertad.

Mi. Fa. Sol

Unos metros más allá, en el poco espacio que quedaba entre aquel burdel del que Jorehin acababa de salir y la posada cuyas dos lunas en el cartel parecían estar muy cerca de caer al suelo, las tres notas musicales se repetían en una consonancia muy curiosa. Muy particular.

Muy suya.

Las conocía, sí. Pero al mismo tiempo, no.

¿Alguna de esas chicas se había interesado por la música y cambiaba de instrumento cuando se marchaba el último cliente?

Silencio en la noche. Quien fuese que estaba tocando un instrumento desconocido para Jorehin, había parado su lección nocturna.

Sin aviso previo ni tonada para preparar a Jorehin, un estallido de luz emergió del jardín que debía pertenecer a la posada. Y de fondo, bajo las risitas tímidas y taimadas del lugar sin ventanas tras él, se escuchaba un sonido que parecía querer hendir el aire mismo.

El estremecedor sonido de un tambor siendo rasgado con dedos de uñas largas. De algo a punto de romperse.

De desgarrarse. Como les había sucedido a las montañas que le robaban las lunas a Jorehin cada noche, desde su castillo.

Jorehin corrió. Corrió por las calles de la Vieja Ona. El príncipe de paisano corrió y corrió, y cuando quiso darse cuenta, su noche de aventuras había terminado. No comprendía lo que había visto. Pero ya estaba a salvo. Nada podía sucederle entre esos muros.

Tocaba un descanso real y una muy buena y última sesión de prácticas con Yo Corazón y tú Alma.

Mas le valía al reparador de pianos tenerlo todo listo antes de que llegase la noche del día siguiente.

Narrador entrometido

Y ahora, mi querido lector, por si me he pasado de sutil—por miedo a golpearte con mis apuntes, en mis ínfulas de ir cerrando el cerco en el que se mueven los personajes—, te confirmo que nuestros cuatro protagonistas de esta historia todavía por comenzar del todo, se encontraban al fin en el mismo lugar.

No tan solo en Amún, esa ciudad que Saru conocía demasiado bien, tenía encandilada a Firans con todas aquellas novedades y culturas, hastiada a Zundine por los sucesos que sabía iban a sucederse, y a la que su propio príncipe, Jorehin, no respetaba lo bastante.

Saru y Firans compartían habitación en la posada Las lunas distantes. Al igual que lo hacían Zundine y su hermano Zahn, muy ocupados estos dos parando la primera piedra de la avalancha que estaba por venir.

Y el mismo Jorehin, quien llevaba tres noches castigándose con la variada carta de La señorita del fuego, el prostíbulo que se alzaba contra la posada de un señor muy avaricioso llamado Aret.

Este último, Jorehin, todavía corre hacia su casa mientras tu y yo disfrutamos de este inciso, pero por un ínfimo momento, sin saber unos de otros, ensimismados los cuatro en sus problemas, he de recalcarte que estuvieron todos en el mismo lugar.

¿Qué sucederá ahora que los tenemos a un tiro de piedra? ¿Te habrá valido la pena cuando lo descubras? Tras tanta migaja de pan predispuesta en el sendero que recorres a mi lado.

Honestamente, valiente lector, espero que así sea.

Y sin más, escondiéndome de nuevo tras la cortina del narrador—puede que vuelva a asomarme si la situación lo requiere. Soy tremendamente cotilla— que llegaremos al día de la captación de impuestos.

Ah, y del recital de Jorehin Den Gar. Yo Corazón y tú Alma. No nos olvidemos de esa canción. Que llevamos ya muchas páginas posponiéndola.

¿Logrará Jorehin hacer llorar a los espectadores más acaudalados de todo el continente?

Yo creo que sí. Que llorarán.

Aunque no lágrimas.

Gorath

Sangre. Sangre. Sangre.

El Sello de Sans pulsaba con hambre en el brazo de la silueta que saltaba de tejado a tejado, en mitad de la noche.

Tenía dos piernas, pero corría y salvaba el espacio entre viviendas como un animal de fuertes y muy coordinadas extremidades.

Silencioso como un espectro. Letal como un Baortón del desierto del norte de M’Un, unas gigantescas aves de denso plumaje y afilados colmillos, que provocaban estragos durante las heladas noches.

Sangre del chico y de la chica. Sangre. Sangre. Sangre.

Mientras se encontraba a un suspiro de morir de hipotermia, tirado y sangrando en un saliente tras haberlo dejado caer un brazo de agua que ascendía montañas arriba, había usado aquellas palabras como un mantra.

Sangre. Sangre. Sangre.

Sucios insectos. Ese chico de mirada penetrante y boca y culo de ramera, no valía nada.

El caballero de pacotilla había parado sus ataques, sí. Pero su Altísima Señora tenía su sangre. Y gracias a su eterna benevolencia, que Gorath, líder de La tercera Estrella, un grupo de acólitos muy cercano a su altísima señora—no tanto como para ver su rostro ni conocer su voz—, podía seguir su rastro.

Cierto que aquella caza no formaba parte de su misión, que debería estar buscando a lo que fuese el Orador ese, pero Gorath —sangre, sangre, sangre— solo tenía un objetivo en mente en esos momentos.

Seguir la sangre. Llegar hasta el chico.

Y hacerle pagar por los placeres—sangre— que le había robado.

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