Jorehin
Un mes de retraso, decÃa padre. Más dÃas; más tiempo para que cosechen lo que tengan y traigan lo que deben.
Su padre y los hombres que lo asesoraban, un grupo de lo más variopinto, habÃan decidido posponer un mes entero el dÃa de la recolecta de impuestos, asà como el del recital de Jorehin Den Gar, tras el cual comenzaba siempre la ostentosa recaudación.
DecÃan que asÃ, con un mes de tiempo, las aldeas y pueblos no se sentirÃan tan presionados.
¿Qué era un mes para limpiar el estropicio de un poco de agua y aparcar a una oveja arrollada por una pequeña riada?
Pero ellos no lo habÃan visto. Tan solo veÃan ese fenómeno tan extraño que serpenteaba con gallardÃa encima de las Montañas de Goio.
Por Hun. Que no lo habÃan visto. Ãl lo recordaba cada noche. Cada mañana al despertar. Cada instante.
Jorehin, habÃa pasado varios dÃas sin querer salir de castillo, sin siquiera poder tocar correctamente, al tiempo que ese hombre, quien su padre decÃa que le gustaba llamarse Guth cuando solicitaba uno sus servicios, miraba el astillado caparazón de madera que habÃa salvado al prÃncipe de los cristales clavados en el propio armazón.
A Jorehin no se le escapaba el hecho de que el nombre que habÃa elegido, se pareciese al del constructor de pianos que habÃa creado verdaderas obras maestras antes de morir, como el suyo propio.
Más le valÃa hacer un buen trabajo. Quedaban dos noches para el gran dÃa, y el piano que le habÃan traÃdo para que lo usara mientras tanto, era pura basura.
â ¿Y no podrÃa, tu padre, meterle un poco su real mano a este lugar? A la Jaca le gustarÃa tener un pequeño jardÃnâle dijo una voz femenina que sonaba tan acaramelada como la mermelada de tres horas infiltrándose entre dos teclas.
¿Por qué todas las prostitutas de ese prostÃbulo estaban adictas a esa mierda maloliente de pobres llamada Von?
Jorehin apartó la mano del pecho desnudo que se habÃa olvidado que estaba tocando, y sin mirar siquiera a la cara a la atractiva chica que yacÃa a su lado, se levantó de la cama, plantándose delante de la silla en la que habÃa dejado su ropa.
Su real ropa.
â ¿Un jardÃn comunitario para una casa de putas? No hay manara de darle luz a esto, cariño. Lo siento. Y no te olvides de tomarte esa cosa. Mi padre no pagarÃa un duro y el niño no llegarÃa ni a bastardo.
Jorehin estaba de verdadero mal humor. Llevaba dÃas asÃ. Semanas.
Se despidió de la chica con dinero recaudado y salió del burdel por la puerta de atrás. Como harÃa una sucia rata.
HacÃa mucho tiempo que Jorehin no frecuentaba burdeles. Siempre le habÃan parecido sucios, y las conversaciones propias de dos ranas con problemas de croar.
El primer dÃa, en un arrebato, habÃa despistado a los guardas que lo acompañaban a órdenes de su padre, para tener que dar unas muy evasivas disculpas a madre al dÃa siguiente, y un quedo lo siento, no lo volveré a hacer a padre.
Y desde ahà que, ya puestos a volver a viejas costumbres, Jorehin habÃa salido de noche sin avisar, vestido como un plebeyo y usando los pasadizos ocultos que todo prÃncipe con castillo y cierto orgullo principesco, debÃa conocer.
Y allà estaba ahora, saliendo a escondidas de la casa de putas más fea en la que jamás habÃa estado. Arrepentido por aquellos arrebatos que habÃa dejado atrás cuando le habÃa echado el ojo a cierta sirvienta, miró a las lunas en el cielo.
¿EstarÃan juzgando sus actos? Que lo hicieran si las veÃa en gana.
Ellas no habÃan visto toda el agua en el mundo vertiéndose en dirección a ellas.
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Ni siquiera comprenderÃan la fragilidad de un ser humano que, de un momento a otro, es consciente de su propia mortalidad; no sabÃan del miedo que habÃa sentido el prÃncipe que vivÃa en su castillo.
Quedaba poco para el amanecer, le daba el tiempo exacto para atravesar las calles de la Vieja Ona, girar hacia el muelle y después torcer hasta las viejas cloacas. Su padre nunca supo que una habitación para almohadas, tenÃa una muy escondida trampilla que llevaba hasta las cámaras del primer sistema de alcantarillado que habÃa tenido la ciudad.
Apestaba, sÃ. Pero Jorehin necesitaba esa frugal sensación de libertad.
Mi. Fa. Sol
Unos metros más allá, en el poco espacio que quedaba entre aquel burdel del que Jorehin acababa de salir y la posada cuyas dos lunas en el cartel parecÃan estar muy cerca de caer al suelo, las tres notas musicales se repetÃan en una consonancia muy curiosa. Muy particular.
Muy suya.
Las conocÃa, sÃ. Pero al mismo tiempo, no.
¿Alguna de esas chicas se habÃa interesado por la música y cambiaba de instrumento cuando se marchaba el último cliente?
Silencio en la noche. Quien fuese que estaba tocando un instrumento desconocido para Jorehin, habÃa parado su lección nocturna.
Sin aviso previo ni tonada para preparar a Jorehin, un estallido de luz emergió del jardÃn que debÃa pertenecer a la posada. Y de fondo, bajo las risitas tÃmidas y taimadas del lugar sin ventanas tras él, se escuchaba un sonido que parecÃa querer hendir el aire mismo.
El estremecedor sonido de un tambor siendo rasgado con dedos de uñas largas. De algo a punto de romperse.
De desgarrarse. Como les habÃa sucedido a las montañas que le robaban las lunas a Jorehin cada noche, desde su castillo.
Jorehin corrió. Corrió por las calles de la Vieja Ona. El prÃncipe de paisano corrió y corrió, y cuando quiso darse cuenta, su noche de aventuras habÃa terminado. No comprendÃa lo que habÃa visto. Pero ya estaba a salvo. Nada podÃa sucederle entre esos muros.
Tocaba un descanso real y una muy buena y última sesión de prácticas con Yo Corazón y tú Alma.
Mas le valÃa al reparador de pianos tenerlo todo listo antes de que llegase la noche del dÃa siguiente.
Narrador entrometido
Y ahora, mi querido lector, por si me he pasado de sutilâpor miedo a golpearte con mis apuntes, en mis Ãnfulas de ir cerrando el cerco en el que se mueven los personajesâ, te confirmo que nuestros cuatro protagonistas de esta historia todavÃa por comenzar del todo, se encontraban al fin en el mismo lugar.
No tan solo en Amún, esa ciudad que Saru conocÃa demasiado bien, tenÃa encandilada a Firans con todas aquellas novedades y culturas, hastiada a Zundine por los sucesos que sabÃa iban a sucederse, y a la que su propio prÃncipe, Jorehin, no respetaba lo bastante.
Saru y Firans compartÃan habitación en la posada Las lunas distantes. Al igual que lo hacÃan Zundine y su hermano Zahn, muy ocupados estos dos parando la primera piedra de la avalancha que estaba por venir.
Y el mismo Jorehin, quien llevaba tres noches castigándose con la variada carta de La señorita del fuego, el prostÃbulo que se alzaba contra la posada de un señor muy avaricioso llamado Aret.
Este último, Jorehin, todavÃa corre hacia su casa mientras tu y yo disfrutamos de este inciso, pero por un Ãnfimo momento, sin saber unos de otros, ensimismados los cuatro en sus problemas, he de recalcarte que estuvieron todos en el mismo lugar.
¿Qué sucederá ahora que los tenemos a un tiro de piedra? ¿Te habrá valido la pena cuando lo descubras? Tras tanta migaja de pan predispuesta en el sendero que recorres a mi lado.
Honestamente, valiente lector, espero que asà sea.
Y sin más, escondiéndome de nuevo tras la cortina del narradorâpuede que vuelva a asomarme si la situación lo requiere. Soy tremendamente cotillaâ que llegaremos al dÃa de la captación de impuestos.
Ah, y del recital de Jorehin Den Gar. Yo Corazón y tú Alma. No nos olvidemos de esa canción. Que llevamos ya muchas páginas posponiéndola.
¿Logrará Jorehin hacer llorar a los espectadores más acaudalados de todo el continente?
Yo creo que sÃ. Que llorarán.
Aunque no lágrimas.
Gorath
Sangre. Sangre. Sangre.
El Sello de Sans pulsaba con hambre en el brazo de la silueta que saltaba de tejado a tejado, en mitad de la noche.
TenÃa dos piernas, pero corrÃa y salvaba el espacio entre viviendas como un animal de fuertes y muy coordinadas extremidades.
Silencioso como un espectro. Letal como un Baortón del desierto del norte de MâUn, unas gigantescas aves de denso plumaje y afilados colmillos, que provocaban estragos durante las heladas noches.
Sangre del chico y de la chica. Sangre. Sangre. Sangre.
Mientras se encontraba a un suspiro de morir de hipotermia, tirado y sangrando en un saliente tras haberlo dejado caer un brazo de agua que ascendÃa montañas arriba, habÃa usado aquellas palabras como un mantra.
Sangre. Sangre. Sangre.
Sucios insectos. Ese chico de mirada penetrante y boca y culo de ramera, no valÃa nada.
El caballero de pacotilla habÃa parado sus ataques, sÃ. Pero su AltÃsima Señora tenÃa su sangre. Y gracias a su eterna benevolencia, que Gorath, lÃder de La tercera Estrella, un grupo de acólitos muy cercano a su altÃsima señoraâno tanto como para ver su rostro ni conocer su vozâ, podÃa seguir su rastro.
Cierto que aquella caza no formaba parte de su misión, que deberÃa estar buscando a lo que fuese el Orador ese, pero Gorath âsangre, sangre, sangreâ solo tenÃa un objetivo en mente en esos momentos.
Seguir la sangre. Llegar hasta el chico.
Y hacerle pagar por los placeresâsangreâ que le habÃa robado.
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