Chapter 13 of 20

El barrio de la Gropa

Cuatro versos - ESPAÑOL1,968 words~10 min read

Saru

La ciudad de Amún, conocida como la reina de las plazas en los libros de otros continentes, hacía honor a lo que escribían sobre ella.

De calles amplias en sus buenos barrios, grandes paseos y plazas redondas cada tres o cuatro viviendas— muchas de ellas de más de tres plantas, con una familia por planta—, la ciudad se alzaba cerca del mar, entre el río y el puerto de la Carpa azul. Casi todas las fachadas estaban pintadas en color crema, en armonía con la madera de puertas y gruesos postigos en las ventanas.

— ¿Y dónde dijiste que naciste?

Saru, cargando dos grandes barreños de agua fresca, uno a cada hombro, estuvo cerca de golpear en la cara a un muy adornado buhonero.

Con su capa azul marino, dos grandes anillos en cada mano y un collar por el que se hubiesen peleado muchas señoras de aquella ostentosa ciudad, este transitaba con toda su mercancía por delante, sin cuidado por si el escaparate con dos ruedas que manejaba con sus brazos, se metía en el camino de los demás.

La mercancía que vendía eran básicamente joyas, bien falsas, robadas, o robadas y además falsas, moviéndose el amasijo de colores de lado a lado y chocando unas piezas con otras.

Como si no tuviesen valor alguno.

Ningún hombre en su sano juicio iría por ahí mostrando sus mejores posesiones. Y menos aún en un barrio como el de la Gropa, situado en pleno corazón de la zona más pobre de la ciudad de Amún.

Tan solo llevaban un día esa ciudad, y Saru ya se había encargado de ahuyentar a dos ladrones callejeros que se habían visto tremendamente tentados ante lo que veían sus codiciosos ojos.

Firans, caminando a paso vivo delante de Saru, moviendo sin parar la cabeza hacia todos lados y poniéndose de puntillas para ello en cada esquina de aquella ruidosa ciudad que olía a mierda de gaviota, admiraba ahora la capa de su posible estafador.

La capa que tapaba lo que parecían ser unos muy buenos hombros, pensaba Saru ahora que el último ladrón se escabullía— tras llevarse él una mano a la espada— y podía relajarse levemente, estaba formada por parches que iteraban todos los tonos de azul posibles.

En eso le daba la razón a la incauta muchacha que se movía como una ardillita entre lobos. La capa era preciosa.

Quizá debería haberles pedido una prestada a esas señoras que le habían dejado la armadura reluciente. Estas le habían limpiado también el escudo; incluso habían arreglado la tira de cuero que había en la cara interior.

Caballero y escudo seguían rotos. Pero era un avance.

— No te lo dije. Al igual que tampoco te dije eso otro que tu dabas por sentado que yo había confesado. Y ya que hablamos, y te niegas a llevar el peso de—terminó la frase en susurros— esto que has ideado y llevado a cabo tu misma —cambió el peso de los barriles de agua posados en sus hombros y espalda con cuidado— ¿por qué le quisiste cobrar tanto a esa mujer? Nunca trates de timar a alguien que sabes que va armado. ¿Es que no viste la lanza en su espalda? Olía a sangre.

— Terminó pagando y sacamos unas monedas, ¿verdad?

Saru dejó escapar el aire y se cuadró antes de que el agua sobre él cayese al suelo en un refrescante estallido. A veces Firans lo sacaba de quicio. Todo el viaje desde aquella aldea de cabras a la ciudad había sido una verdadera aventura.

Hurra.

Firans se tomó un segundo para mirarlo, plantada entre dos paradas de verduras y bajo un toldo rojo que dejaba filtrar el sol. Siempre sonreía. Saru no entendía como lo lograba, y a veces pensaba que algo en su cabeza no debía estar bien.

Pero quizá por eso había decidido acompañarla. Era reconfortante.

Y, además, porque no decirlo. De haberla dejado ir sola, se la hubiesen comido en la primera noche. De una sentada y sin postre.

Digamos que no la consideraba tonta, pero tampoco muy perspicaz para el entorno en el que debía moverse.

Firans se acercó a él y a su armadura impoluta, y antes de que él pudiese objetar nada, como siempre, le robó con cierta dificultad uno de los barriles y lo dejó en el suelo.

— Descansa. No tenemos que llevarlo todo de una—¿Tenemos? Él había hecho todo el trabajo duro.

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Y sin más, se sentó en el barril. Saru hizo lo mismo sin apartar la mirada de ella, dejando el escudo a un lado y la espada apoyada en sus rodillas, bien visibles para todo aquel que pensase en realizar alguna mala acción.

— Cada uno cumple su función, caballero mío.

— Eres muy… — el vocabulario de Saru no abarcaba insultos poco ofensivos— niña—Genial. Ahora había pasado de hermano mayor a padre ¿Qué demonios hacía él en Amún? —. Eres tan excitable como un cachorrito ante una chuleta de cerdo— la comparación se la habían hecho a él y en otro contexto que dejaremos al aire, pero pensar rápido no era tema de Saru, y, además, encajaba en lo que necesitaba decir— Ahora escucha, esta ciudad, como ya te he dicho, no es lugar para cachorritos. Hay lobos. Y si no nos andamos con cuidado, especialmente tú, nos comerán.

Puede que lo entendiese con esas últimas palabras.

Saru había crecido en un orfanato, y de vez en cuando, manitas al rostro, tumbados al suelo y entre risas y deseos de un hogar de verdad, les leían cuentos que enseñaban lecciones en forma de historias.

— No soy… estúpida— la palabra salió de una forma que daba la sensación de ser la primera vez que Firans la decía en voz alta— Entiendo lo que quieres decirme. Saru, muchacho de nacimiento ignoto— ahora estaba enfadada.

Así habían estado todo el viaje, entre quesos y leche de cabra.

— Comprendo la situación. Disculpa, si me dejo llevar por la excitación de estar en un lugar en el que jamás he estado—ahora se llevaba una mano al pecho. Saru se preguntaba si preparaba el dramatismo de antemano— Pero es todo tan… Todo es tan colorido. Hay tanto ruido. Tanta gente. Tantas cosas que jamás había visto.

Sus ojos brillaban de nuevo, siguiendo el caminar de una mujer que portaba pescado fresco—fresco para los barrios como ese— en una cesta. Pero Firans tenía razón. ¿Quién era Saru para robarle la ilusión? Él había conocido la oscuridad del mundo. Ella todavía no.

Que viviese esos años que le quedaban en alegría.

— Entiendo lo que quieres decir— se abstuvo de llamarla niña de nuevo. Ahí se había pasado un poco—, tan solo rebaja un poco tu entusiasmo. Llévalo por dentro. Como un águila que mira su presa de vivos colores, si pensar en eso te lo hace más fácil.

Firans agachó la cabeza, posando las manos en su túnica marrón, que habían intercambiado por la blanca con la que había bajado de las montañas. Karya y el resto estarían furiosas de saberlo, de lo limpia y perfumada que la habían dejado.

Pero debían pasar desapercibidos, y el blanco y sedoso material de la vieja túnica hubiese llamado demasiado la atención de gente mala.

Cierto que Saru, vestido con su armadura y su complejo de caballero, no pasaba desapercibido en absoluto, pero había muchos tipos de gente con armadura por esos barrios.

Por una parte, estaban lo hombres como él, armados con espada, y con el escudo de la casa real de Amún estampado en las hombreras; una simple águila volando sobre el agua y lo que podía ser tanto el puerto de Amún, como el porche de una casa de acogida que había caído al mar.

Esos inútiles, bien lo sabía Saru, iban arriba y abajo buscando cosas que sancionar, dejando pasar las atrocidades que realmente se cocían ahí abajo.

Eran como pirañas, iban tan solo a por la carne fácil.

Y luego estaba el otro grupo de hombres que portaban armadura. El otro tipo de piraña que solo asomaba sus pequeñas fauces cuando la presa estaba sola y no había nadie mirando.

Hombres que se habían embarcado en algún tipo de misión terminada en fracaso. Hombres que habían visto demasiado y habían perdido cuanto tenían al no saber como vivir en el nuevo mundo, un mundo rajado y sangrante ante ellos.

Algunos eran Caballeros errantes. Como él.

Unos, tras fracasar en su misión, se tiraban a la bebida, o a drogas más fuertes. Otros recurrían a la violencia.

Saru había optado por la contemplación pasiva. Por ver las hojas caer. Por ver cuanto tarda la tierra en reclamar dichas hojas. Y ahí estaba ahora; se había dejado llevar por el mundo que lo mecía a uno como un niño haría con un juguete que no ha de compartir hasta la semana que viene.

Una mujer se paró para preguntar por el agua, pero al ver la espada y el ceño fruncido de Saru siguió su camino, parándose ante un hombre que vendía unas frutas rojas con muchas pepitas.

—Eh. Saru. ¿Te encuen…?

La pregunta de Firans murió en sus labios, seguramente debido a la dureza que se había asomado, sin quererlo, en los ojos de Saru. Solía pasarle cuando se dejaba llevar por el remolino en el que se deslizaban sus pensamientos más oscuros.

— Lo siento. Pensaba en mi vida. Por un instante en el que tu voz no repicaba en mi cabeza, como el martillo de un aprendiz de herrero que no se ha aliviado en días, pensaba en mi vida. Nací en Amún, pesada. Este es mi hogar.

Firans le dedicó una sonrisa, y Saru, aun notándose acelerado, no pudo evitar devolvérsela. Ya era la segunda que le sacaba desde que habían subido a aquel carro atiborrado de cosas. Quien le iba a decir que volver a casa, le haría volver a sonreír.

— Por tu manera de hablar, es curioso pensar que, en algún momento de nuestras vidas, yo estaba mirando hacia esta ciudad desde muy arriba, mientras tu apaleabas a otros chicos en alguno de estos muchos callejones—había cierta mofa en el tono de Firans, pero no maldad.

—Oye… Nunca hice eso— no tal cual, aunque sí se lo hizo a un par de chavales que se habían pasado con el ser malotes, allá en el orfanato que, si no habían tirado abajo, quedaba cerca de las cloacas de la ciudad—. Fui un buen chico.

Saru fue de los mejores.

Cuando ese hombre rico, dueño de una gran cadena de forjas que alimentaban las herrerías de la ciudad, vino buscando niños a los que convertir en caballeros para su rico hijo de mirada traviesa y rizos tontos, Saru demostró ser el mejor de todos ellos. El más rápido corriendo. El más rápido tomando decisiones duras en momentos tensos.

El más rápido obedeciendo órdenes.

Saru fue el que estuvo más dispuesto a ponerse un escudo para proteger a otro.

Puede que lo hiciese para sentirse parte de algo. Aunque solo fuese un apéndice de ese algo.

Pero quien les hubiese dicho, tanto al niño rico como al por entonces futuro caballero de mirada hosca, que esa transacción llevada a cabo a escondidas en un orfanato, iba a resultar en algo tan improbable.

Hablaron un rato más sobre lo que Saru quiso compartir, lo cual fue bien poco—su color favorito es el azul— y tras todo un día vendiendo agua que sacaban del río y llevaban luego muy legalmente en unos barriles muy usados, lograron sacar las monedas necesarias para pasar la noche en el lugar más barato de toda la ciudad, una posada que tenía el dibujo de dos lunas mirándose la una a la otra.

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