Posadero avaricioso
â Serán siete monedas por noche, mi señorâ¦aâañadió el orondo posadero, al moverse la capucha de la figura parada al otro lado del mostrador de madera, y poder captar una fina mandÃbula y labios femeninos bajo tanta tela.
Su voz habÃa sonado profundamente masculina cuando le habÃa preguntado por una habitación, estaba seguro de ello. Qué extraño.
¿Y desde cuándo las mujeres llevaban armas a sus espaldas? Y qué alta era. Quizá para eso era la capucha. Para pasar desapercibida. Aunque si ese era el caso, no lo conseguÃa.
En fin, realmente eso daba igual a Aret, el regente de Las lunas distantes, una vieja posada de tres plantas que, tras su primera semana de inauguración y debido al rápido crecimiento de la ciudad de Amún, habÃa terminado embutida entre una licorerÃa y un burdel de mala muerte.
Lo importante para Aret, ya estaba hecho. Ya le estaba cobrando cuatro monedas de más a esa pobre alma que bien venÃa para ver el recital del malcriado que tendrÃan como rey en unos años, o para pagar los impuestos exigidos a toda población de más de tres familias.
La encapuchada, con una bolsa a su espalda y una lanza insertada en una funda a su hombro, le pagó más de lo que costaban tres habitaciones juntas y tras negarse a una cena, subió hacia la alcoba que Aret habÃa logrado venderle a precio de Von.
Mañana podrÃa comprarle algo bonito a su querida Handall.
Zundine
â ¿Por qué tenemos que dormir siempre cerca de prostÃbulos?
La figura encapuchada dejó escapar un suspiro y procedió a sacar la lanza de su funda.
Una extraña mezcla entre oboe y lanza emergió de esta.
Era una barra de metal rematada en una punta de lanza, con varios orificios labrados a un costado del mango, más otro para que saliese el aire, y una boquilla bien disimulada.
Aquel era el objeto más preciado para Zundine. Y también el más extraño.
HabÃan viajado mucho los dos juntos. Y no únicamente de DâAmun a Amún, en aquella barca tan pequeña pero tan brava a la vez.
HabÃan viajado juntos toda una vida.
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â No lo sé, hermano. Quizá porque no queremos llamar la atención. Algo complicado si a ti te da por hablar en mi lugar. Tienes una voz grave, ¿recuerdas? â le dijo Zundine a la lanza que emitÃa quedos siseos en sus manos, como si estuviese riéndoseâ Además. Este es uno de los lugares.
Su hermano, fusionado del todo con la Falange de Hei, estuvo a punto de emitir un Mà que hubiese desgarrado el tejido del mundo mismo, pero todo quedó en un pitido que no tardó en perder intensidad.
Cada vez pasaba más a menudo.
Desde que aquello habÃa ocurrido, que su hermano no era el mismo. Y no por el hecho de no tener cuerpo, que ya era bastante. Ni de que estuviese su alma resonando en completa armonÃa con aquella lanza.
HabÃa visto demasiado. Ella misma habÃa visto demasiado.
Aunque solo él habÃa pagado el gran precio. Ella habÃa salido con tan solo una gran cicatriz en el brazo. Y otra en el alma. Y no estamos hablando de manera figurada.
â El posadero te querÃa timar para comprarle una nueva silla de montar a su yegua. Igual que esa ramera que te dijo que la barca era de buena calidad. O la chica que te vendió agua a precio de coliflor en salsa de pescado.
Coliflor en⦠¿Cuándo habÃa aprendido esa expresión tan profana?
¿La conocerÃa antes del suceso?
Zundine nunca se la habÃa escuchado usar. Lo más preocupante es que ella misma habÃa escuchado esa expresión sobre la coliflor en su debido contexto. Quizá era verdad que llevaban demasiadas noches durmiendo en los peores barrios.
¿DeberÃa, siendo su hermana mayor, corregirlo? No, por supuesto que no. SerÃa absurdo.
Tras los desafortunados sucesos acaecidos el mismo dÃa en que Zundine habÃa logrado superar su última prueba para Lancera de Sens, que ambos estaban al mismo nivel.
Libertad a la hora de hablar, era lo mÃnimo que su hermano merecÃa.
Zahn siempre habÃa sido el más educado de los tres. De los dos que quedaban. Aunque ella no podÃa juzgarlo por los cambios que sufrÃa en su manera de ser. Ella tampoco era la misma desde aquello.
Antes de aquel dÃa, ella jamás habÃa tenido las manos manchadas con la sangre de otros.
Pero debÃa hacerse.
Por las Falanges de Hun y los acordes de la difunta Hei, que debÃa hacerse.
â La barca hizo su trabajo, y esa mujer del agua, era suspicaz. Era sensible al Sens. Su armonÃa comenzó a estremecerse cuando una ráfaga de viento se coló por tuâ¦â la lanza esperaba en silencioâ ya me entiendes.
Ambos guardaron silencio unos segundos, en aquella habitación tan austera que no tenÃa ni un amago de cortina, con Zundine mirando por la ventana y Zahn en su falange, posado en su regazo.
Ambos pensaban en sus vidas. En la vida del otro. En lo que habÃan perdido. Pero, sobre todo, pensaban en lo que podÃan perder. En lo que el mundo entero iba a perder.
Varenia, su salvadora una vida atrás, debÃa ser detenida a toda costa.
â ¿Por qué crees que lo hizo? âle preguntó Zahn, usando un Re que portaba a cuestas un ligero deje de interrogación bastante melancólicoâ Toda esa gente. No tuvieron ninguna oportunidad.
â Avaricia. Ãnfulas de grandeza. Simple maldad. No lo sé. Me encantarÃa poder ser la hermana mayor esta noche, pero no puedoâ¿Qué por qué habÃa traicionado Varenia a todo cuanto habÃa promulgado defender? â Lo siento.
¿Por qué su salvadora los habÃa traicionado a ellos dos?
Esa era la pregunta que Zundine querÃa gritarle al viento. Al raquÃtico árbol que se mecÃa en el jardÃn de aquella posada de mala muerte. Se la hubiese exigido a las lunas.
Zundine se hubiese postrado de rodillas y hubiese implorado a cualquier religión de tres al cuarto, si supiese que asà le iban a dar la respuesta que necesitaba.
Pero el mundo no funcionaba asÃ. No habÃa dios alguno. Tan solo oscuridad.
Temible, hambrienta y sedienta oscuridad.
Zundine y su hermano lo habÃan aprendido a las malas.
â Tranquila, hermanaâ cinco reconfortantes notas salieron de la lanza y llegaron hasta sus oÃdos. Zundine cerró los ojosâ Todo irá bien.
Todo irÃa bien. Como cada noche.
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