Chapter 12 of 20

Las lunas distantes

Cuatro versos - ESPAÑOL1,075 words~6 min read

Posadero avaricioso

— Serán siete monedas por noche, mi señor…a—añadió el orondo posadero, al moverse la capucha de la figura parada al otro lado del mostrador de madera, y poder captar una fina mandíbula y labios femeninos bajo tanta tela.

Su voz había sonado profundamente masculina cuando le había preguntado por una habitación, estaba seguro de ello. Qué extraño.

¿Y desde cuándo las mujeres llevaban armas a sus espaldas? Y qué alta era. Quizá para eso era la capucha. Para pasar desapercibida. Aunque si ese era el caso, no lo conseguía.

En fin, realmente eso daba igual a Aret, el regente de Las lunas distantes, una vieja posada de tres plantas que, tras su primera semana de inauguración y debido al rápido crecimiento de la ciudad de Amún, había terminado embutida entre una licorería y un burdel de mala muerte.

Lo importante para Aret, ya estaba hecho. Ya le estaba cobrando cuatro monedas de más a esa pobre alma que bien venía para ver el recital del malcriado que tendrían como rey en unos años, o para pagar los impuestos exigidos a toda población de más de tres familias.

La encapuchada, con una bolsa a su espalda y una lanza insertada en una funda a su hombro, le pagó más de lo que costaban tres habitaciones juntas y tras negarse a una cena, subió hacia la alcoba que Aret había logrado venderle a precio de Von.

Mañana podría comprarle algo bonito a su querida Handall.

Zundine

— ¿Por qué tenemos que dormir siempre cerca de prostíbulos?

La figura encapuchada dejó escapar un suspiro y procedió a sacar la lanza de su funda.

Una extraña mezcla entre oboe y lanza emergió de esta.

Era una barra de metal rematada en una punta de lanza, con varios orificios labrados a un costado del mango, más otro para que saliese el aire, y una boquilla bien disimulada.

Aquel era el objeto más preciado para Zundine. Y también el más extraño.

Habían viajado mucho los dos juntos. Y no únicamente de D’Amun a Amún, en aquella barca tan pequeña pero tan brava a la vez.

Habían viajado juntos toda una vida.

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— No lo sé, hermano. Quizá porque no queremos llamar la atención. Algo complicado si a ti te da por hablar en mi lugar. Tienes una voz grave, ¿recuerdas? — le dijo Zundine a la lanza que emitía quedos siseos en sus manos, como si estuviese riéndose— Además. Este es uno de los lugares.

Su hermano, fusionado del todo con la Falange de Hei, estuvo a punto de emitir un Mí que hubiese desgarrado el tejido del mundo mismo, pero todo quedó en un pitido que no tardó en perder intensidad.

Cada vez pasaba más a menudo.

Desde que aquello había ocurrido, que su hermano no era el mismo. Y no por el hecho de no tener cuerpo, que ya era bastante. Ni de que estuviese su alma resonando en completa armonía con aquella lanza.

Había visto demasiado. Ella misma había visto demasiado.

Aunque solo él había pagado el gran precio. Ella había salido con tan solo una gran cicatriz en el brazo. Y otra en el alma. Y no estamos hablando de manera figurada.

— El posadero te quería timar para comprarle una nueva silla de montar a su yegua. Igual que esa ramera que te dijo que la barca era de buena calidad. O la chica que te vendió agua a precio de coliflor en salsa de pescado.

Coliflor en… ¿Cuándo había aprendido esa expresión tan profana?

¿La conocería antes del suceso?

Zundine nunca se la había escuchado usar. Lo más preocupante es que ella misma había escuchado esa expresión sobre la coliflor en su debido contexto. Quizá era verdad que llevaban demasiadas noches durmiendo en los peores barrios.

¿Debería, siendo su hermana mayor, corregirlo? No, por supuesto que no. Sería absurdo.

Tras los desafortunados sucesos acaecidos el mismo día en que Zundine había logrado superar su última prueba para Lancera de Sens, que ambos estaban al mismo nivel.

Libertad a la hora de hablar, era lo mínimo que su hermano merecía.

Zahn siempre había sido el más educado de los tres. De los dos que quedaban. Aunque ella no podía juzgarlo por los cambios que sufría en su manera de ser. Ella tampoco era la misma desde aquello.

Antes de aquel día, ella jamás había tenido las manos manchadas con la sangre de otros.

Pero debía hacerse.

Por las Falanges de Hun y los acordes de la difunta Hei, que debía hacerse.

— La barca hizo su trabajo, y esa mujer del agua, era suspicaz. Era sensible al Sens. Su armonía comenzó a estremecerse cuando una ráfaga de viento se coló por tu…— la lanza esperaba en silencio— ya me entiendes.

Ambos guardaron silencio unos segundos, en aquella habitación tan austera que no tenía ni un amago de cortina, con Zundine mirando por la ventana y Zahn en su falange, posado en su regazo.

Ambos pensaban en sus vidas. En la vida del otro. En lo que habían perdido. Pero, sobre todo, pensaban en lo que podían perder. En lo que el mundo entero iba a perder.

Varenia, su salvadora una vida atrás, debía ser detenida a toda costa.

— ¿Por qué crees que lo hizo? —le preguntó Zahn, usando un Re que portaba a cuestas un ligero deje de interrogación bastante melancólico— Toda esa gente. No tuvieron ninguna oportunidad.

— Avaricia. Ínfulas de grandeza. Simple maldad. No lo sé. Me encantaría poder ser la hermana mayor esta noche, pero no puedo—¿Qué por qué había traicionado Varenia a todo cuanto había promulgado defender? — Lo siento.

¿Por qué su salvadora los había traicionado a ellos dos?

Esa era la pregunta que Zundine quería gritarle al viento. Al raquítico árbol que se mecía en el jardín de aquella posada de mala muerte. Se la hubiese exigido a las lunas.

Zundine se hubiese postrado de rodillas y hubiese implorado a cualquier religión de tres al cuarto, si supiese que así le iban a dar la respuesta que necesitaba.

Pero el mundo no funcionaba así. No había dios alguno. Tan solo oscuridad.

Temible, hambrienta y sedienta oscuridad.

Zundine y su hermano lo habían aprendido a las malas.

— Tranquila, hermana— cinco reconfortantes notas salieron de la lanza y llegaron hasta sus oídos. Zundine cerró los ojos— Todo irá bien.

Todo iría bien. Como cada noche.

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