Chapter 11 of 20

Capítulo I: Lanza y corazón. Caballero y razón.

Cuatro versos - ESPAÑOL2,619 words~14 min read

Karya

La muchacha despertó a los dieciséis días.

Dieciséis días sin sentido, atendida por las mujeres de la aldea de Dalham, quienes no le habían quitado el ojo de encima. Cierto que la chica no parecía tener ninguna herida visible, se dijeron estas entre sí, mientras la lavaban con agua caliente, secaban y vestían con ropas agradables para dormir. Debía tener algún tipo de conmoción, sin duda.

Aunque para conmoción, el espectáculo que se abría muchos metros arriba.

Grandes ríos y formaciones rocosas flotaban en el aire, formando una red que rodeaba las montañas a la altura de la cima. El agua iba de roca a roca, como si saltase de una a otra. En algunos puntos caía en pequeñas cascadas que formaban nuevos y diminutos lagos.

Aunque siendo honestos, estos lagos repletos de agua que caía de muy, muy arriba, nunca llegaban a tener una buena cabida como para merecer el nombre. Eran más bien charcas.

Al lado de cada cascada que caía del cielo, se alzaba otra en dirección contraria, subiendo en un cristalino desafío, hasta unirse a la red principal que giraba en torno a las montañas. Coronándolas.

Dos cascadas gemelas; una hacia arriba, la otra hacia abajo.

Y lo mas absurdo de todo, era lo rápido que se habían acostumbrado a las nuevas sombras proyectadas por el sol. Hasta se habían hecho a los constantes arcoíris, y a los reflejos del sol al pasar por el agua, a decenas de metros de altura.

No entendían nada de lo que había sucedido. Pero estaban vivos. Les bastaba con eso.

Karya, la matriarca de aquel lugar que había sobrevivido a los primeros compases de lo que podría haber sido un hecho histórico en toda regla, fue quien más horas pasó al lado de la chica, tomándole temperatura y pulso, así como alimentándola a base de comida líquida, sopas casi siempre.

El chico que la había traído, un chaval de veintipocos, seguramente de la misma edad que Lachari, la hermana soltera de su amiga de toda la vida, les dijo que se llamaba Firans, y que necesitaba ayuda. Ayuda urgente.

El muchacho no parecía estar muy en sus cabales, como Gurav, el primo de la tía segunda de la abuela de la Frudy, pero la chica le importaba. Y había hecho bien en dejarla en sus manos.

Karya hacía muchos años que no realizaba una acción parecida. Había tenido hijos, sí. Pero ya no estaban, habiéndole dejado tan solo el recuerdo de sus risas y trastadas, y, sobre todo, de momentos tan íntimos y cercanos como aquel. De ella cuidando de quien no puede hacerlo por sí mismo.

Momentos que le había robado la mala pécora de la Muerte, quien, de nuevo, había amenazado con llevárselo todo, la noche en que llegó la chica.

Y así, que Karya había cuidado de Firans con extremo gusto. Podríamos decir que fue algo bueno para ambas. Una terapia para dos.

Firans

Firans, ignorando el leve dolor que pulsaba en su hombro, puso unas mudas en la mochila, junto a un libro que un señor mayor, le había regalado su primer día tras recobrar el sentido.

—¿Qué quiere decir esa animalada de que quieres irte mañana, pequeña? —El tono maternal en Karya se coló de nuevo en su voz, algo que le pasaba a menudo, con los ojos abiertos como platos y sin dejar de mirar a Firans, quien estaba llenando un petate muy pequeño.

Firans dejó que la sonrisa se asomase, levemente, en su rostro.

Apenas se conocían. Apenas conocía a la señora que la había visto en cueros, y, aun así, sentía que la conocía de toda la vida. Y, por supuesto, Firans le debía su vida.

Igual que a ese caballero malhablado que la había bajado de las montañas, y a quien había pillado mirándola desde lejos en la aldea, portando esa expresión de gato abandonado, con ojos demasiado grandes para un rostro tan pequeño.

Goio. Firans había tenido tiempo para procesar. Pero no el suficiente. Abuelo ¿Por qué tienes que ser siempre tan cabezota? Su abuelo había logrado activar la salvaguarda que habían tejido junto con los Tejedores de Tierra, muchos años atrás; dos pueblos unidos por sus dos patriarcas, habían logrado crear aquella escena que culebreaba con orgullo en el cielo.

Cómo funcionaba el mecanismo, Firans no tenía ni idea. Aunque en esos momentos, le daba igual. Sabía que agua y tierra eran elementos afines, y que los Tejedores de tierra podían realizar obras excepcionales con el elemento en cuestión. Lo que más había interesado a Firans todo lo sucedido al final de aquella amarga noche, era que el abuelo estaba vivo.

Este seguía arriba, en las montañas, manteniendo en calma aquello que habían logrado controlar por los pelos. Pero se encontraba solo, a no ser que hubiese habido supervivientes escondidos y no hubiesen muerto ahogados.

Firans se hubiese negado a lo que su abuelo le había pedido, a las palabras escritas en el mensaje que le había entregado Saru. Se hubiese negado si lo tuviese delante, y si no hubiese estado ella inconsciente cuando las órdenes le habían sido dadas, tras caer al suelo al usar más poder del que había creído posible.

Saru le había entregado el mensaje, un papel doblado hasta lo indecible, a Karya, quien a su vez se lo había entregado a Firans. La mujer, de benevolente mirada, seguía mirándola con cierta expectación, jugando con la tela en su falda, como si estuviese debatiéndose entre decirle algo o no.

— Karya, ya lo hablamos. Ya estoy mejor—una mentira a medias, pero sobreviviría a aquello que su abuelo le había encomendado hacer. Si Jina la aventurera había podido surcar los mares en una barca que movía a fuerza de voluntad, ella podría recorrer la distancia que distaba entre las montañas y el castillo—, y la ciudad de Amún queda a un día de viaje. Le pediré a algún comercian…

— El viejo de Kon te llevará—Firans la miró anonadada. Se había esperado que tratase de convencerla. Aunque claro, ya habían pasado por eso. Durante tres días seguidos. Habían resultado ser las dos de lo más testarudas, ganando Firans por un pelo muy fino—. Tiene que ir a Amún para entregar los impuestos de la aldea.

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¿Impuestos?

Firans, habiendo vivido toda su vida de lo que producían las montañas, y de intercambios con los pocos buhoneros que se atrevían a ascender hasta el segundo nivel, no tenía ni la más remota idea de que significaba aquella palabra, aunque asintió con la cabeza igualmente, debido a una vergüenza que jamás había experimentado.

¿Cuánto desconocía ella misma del mundo? Las montañas habían sido su hogar.

Todavía eran su hogar.

— Seguro que no le importará llevarte en su carro. Cualquier cosa mejor que cansar tu cuerpo caminando ahora mismo. Aunque irás apretujada entre los regalos que le lleva cada año a la familia de su esposa... ¿Sabías que el queso de cabra puede mantenerse en…?

Todos en aquel poblado, aun cuando los heridos de aldeas cercanas habían ido llegando en un lastimero reguero que había tardado en remitir, se habían preocupado por ella. Volcado en ella. Firans tan solo pensaba en cómo podría agradecérselo a aquel pueblecito llamado Dalham.

Pasaron un rato charlando sobre los regalos de Kon, y al final, Firans logró convencer a su veladora y carcelera para salir a fuera y pasear un poco.

El poblado se veía cada día más ordenado. Menos heridos, menos personas corriendo de aquí para allí. Hasta habían logrado recuperar su rebaño de cabras, una de las cuales le asestó el mordisco diario a la túnica de Firans, al tiempo que clavaba esas patitas tan fuertes en el suelo y movía los cuartos traseros.

Aquella gente había resultado ser fuerte. El mundo había estado a un simple paso de engullirlos en una tromba de agua que ahora danzaba con lujuria bajo las nubes, pero ahí estaban. Volviendo a la normalidad.

La vida seguía. Así como ella debía seguir su camino.

Hacia Amún. Hasta el mismísimo castillo, pues tenía información muy relevante que entregar. Durante unos instantes en que dejó vagar su mente sin freno alguno, Firans se sintió extasiada, rememorando las historias de cuento con las que había crecido.

Puede que hasta viese a los reyes. ¡O al mismísimo príncipe en persona! Decían que Jorehin Den Gar era una persona excepcional. Galantemente educado, listo, guapo y con unos dedos tan entrenados que podían deshacer en lágrimas a quien escuchaba.

Cierto que también se decía que algunas de las mujeres que iban a su recital anual de piano caían entre abaniqueos cuando le oían tocar.

¿Le pasaría a ella también? Moriría de la vergüenza. Y no tenía abanico.

El prospecto del viaje en sí, de encaminarse hacia la capital que había visto cada día desde la cima de su hogar, tenía a Firans realmente cautivada.

— Eh, tú. Mi esquivo caballero de mirada apocada— le dijo Firans al aire que quedaba a su derecha, cerca del lugar que usaban para cocinar el pan para toda la aldea, una pequeña construcción que hacía de panadería y asador a la vez— Se que estás ahí. Sácale la lengua y te soltará. Teme a las serpientes.

Un balido de cabra después, y del corretear de patas pequeñas pero fuertes, un mechón de pelo castaño se asomó tras una esquina.

Saru

Saru se llevó la mano a la pantorrilla, sin dejar de mirar hacia la maldita cabra que corría hacia su siguiente víctima.

Aquello no hubiese pasado de llevar puesta su armadura, pensaba Saru, sin apartar la mirada del pernicioso animal que ahora perseguía a un perro entre adorables saltitos.

Ese grupo de mujeres tan mandonas, sin darle opción alguna, y como si hiciesen aquella tarea a todas horas, se la habían quitado pieza a pieza, en un visto y no visto, antes de proceder a lavarlo por entero, como si fuese él todavía un bebé en edad lactante.

El vergonzoso recuerdo de él mismo dentro del agua caliente, y de las tres señoras discutiendo a su alrededor sobre cosas que él no entendía ni quería entender, pues faltaba jabón por todos lados para cubrir la superficie de agua, permanecía a fuego en su mente.

Y por esas señoras de buen corazón y todavía mejor mano para mantenerlo a uno quieto, que la cabra había aprovechado su estado de indefensión para morderle, pues le habían obligado a vestir ropa sencilla mientras estuviese en su poblado.

La chica estaba bien. Había logrado recuperarse.

Saru había querido irse en cuanto supo que Firans había despertado al fin, pero al final, aunque solo fuese para acallar a esa insidiosa voz en su cabeza que le repetía las palabras otro fracaso, seguida muchas veces de perdiste tu función en este mundo, que había decidido quedarse.

Para comprobar que la muchacha seguía bien. Para comprobar que el Caballero Errante no había fracasado de nuevo.

Que esa vez lo había logrado. Que, aunque fuese otra persona, una completa desconocida, y no el rey que yacía muerto a la riba de un reino perdido, nuestro caballero de escudo inservible, lo había logrado.

Había salvado a alguien.

Y aquello, por algún motivo que Saru no lograba descifrar— y eso que se había pasado noches tratando de dilucidarlo—, lo avergonzaba profundamente.

El caballero notaba henchírsele el pecho cada vez que veía a Firans caminar por la aldea. No por amor, ojo, pues los gustos sexuales de Saru eran otros. De miembro viril, cuerpo entrenado y buen manejo del sable.

Su corazón latía por otro motivo. Latía por el latir de aquel otro corazón que él había logrado mantener con vida, y que, con cada pálpito, susurraba a Saru:

Lo conseguiste, deja de castigarte. Sí, no lograste salvar a tu rey. A tu otra mitad. Pero todavía puedes proteger a otros. Hazlo, muchacho que me acompañó sin dudarlo a una misión de triste final. Vive por mí. Este mundo es una mierda, pero has de vivir en él. Brilla en él.

— Tengo comida— le dijo Firans a Saru, quien, ensimismado en sus pensamientos, todavía observaba los atentados de aquella cabra que escapaba ahora del perro y sus molestos ladridos— Podemos compartirla si vienes conmigo.

Saru giró la cabeza y la miró directamente a la cara por primera vez, alentado por el olor a pescado que venía de una bolsa que Firans había sacado de su mochila.

Primero el tono de voz suave. Y luego el pescado. ¿Había tomado a Saru por un gato o que?

Poco a poco y con cuidado, sin saber que decirle e ignorando el escozor que sentía en la pantorrilla, frenando por poco el irresistible impulso de rascarse, Saru se acercó a ella, mirándola fijamente en cada movimiento.

¿De qué querría hablar? ¿Y qué decirle él? Saru esperaba no recibir un agradecimiento. No lo había hecho esperando uno al menos. Y, además, lo avergonzaba la idea.

— Como un gatito…Qué mono—¿Qué…? Firans sonreía, agitando la bolsa que olía a pescado tremendamente especiado, como gustaba en ese lugar— Lo siento, pero debes reconocer que no me has puesto fácil hablar contigo. Tu escudo estaba en la habitación en la que desperté. Velando por mí. Y te veo varias veces al día, mirándome a lo lejos, lo cual podría ser considerado peligroso si le preguntásemos al abuelo. Pero siempre huyes cuando me acerco a ti.

Al fin, pensaba un Saru que no sabía dónde meterse, la chica paró de hablar un instante que dedicó en posar una larga mirada en las montañas que se alzaban ladera arriba. Pero no tardó en volver a la carga.

Por las encumbradas partes de Hun.

— Pero sé que no eres peligroso—¿era eso un cumplido? —No para mí al menos—lo era— Lograste frenar a ese vil hombre—¿Vil? Saru, quien no había leído mucho en su ajetreada vida manejando la espada y el escudo, no sabía que significaba esa palabra. Quizá tenía que ver con el término villano que usaban en los cuentos que les contaban los abuelos a los niños. Que chica tan extraña— Me salvaste. Y nos ganaste el tiempo necesario para solventar una calamidad.

¿Calamidad? ¿De qué hablaba? ¿Y es que nunca paraba de hablar?

Saru comenzaba a ruborizarse, estando a muy, muy poco, de taparse la cara con ambas manos. Pero aguantó en firme, como el caballero de cuento que esa chica parecía pensar que era.

¿Y por qué no?

Una pequeña e insegura ascua comenzaba a prender dentro de su pecho.

Puede que fuese el orgullo perdido tiempo atrás. Y qué sensación tan cálida.

— Tan solo quería agradecértelo de nuevo, antes de marcharme—habiendo logrado coordinar su cerebro y sus cuerdas vocales para el trabajo, Saru estuvo, al fin, preparado mental y físicamente para añadir algo, pero Firans, toda una experta en el tema al parecer, se le adelantó de nuevo— Venga, gatito, no me mires así. No te haré nada. Te lo prometo.

Saru, entre asombrado, fastidiado e intrigado, se dejó llevar por el olor a pescado y por la chica que lo acompañaba.

Y una luna más tarde, sin saber todavía cómo— no la cadena de sucesos exactos hasta la toma de decisión al menos— que Saru viajaba entre quesos, grandes tarros de leche, especias, la figura de una cabra tallada en madera—tremendamente parecida a la malnacida que aterrorizaba la aldea que dejaban atrás— y mucha ropa.

Puede que, al fin, amotinado entre todos esos regalos para parte de la familia del señor que dirigía sendos caballos de carga, Saru hubiese encontrado su función para con un mundo tan cruel que le había robado cuanto tenía.

Lo sabría en Amún. La Vieja Amún.

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