Karya
La muchacha despertó a los dieciséis dÃas.
Dieciséis dÃas sin sentido, atendida por las mujeres de la aldea de Dalham, quienes no le habÃan quitado el ojo de encima. Cierto que la chica no parecÃa tener ninguna herida visible, se dijeron estas entre sÃ, mientras la lavaban con agua caliente, secaban y vestÃan con ropas agradables para dormir. DebÃa tener algún tipo de conmoción, sin duda.
Aunque para conmoción, el espectáculo que se abrÃa muchos metros arriba.
Grandes rÃos y formaciones rocosas flotaban en el aire, formando una red que rodeaba las montañas a la altura de la cima. El agua iba de roca a roca, como si saltase de una a otra. En algunos puntos caÃa en pequeñas cascadas que formaban nuevos y diminutos lagos.
Aunque siendo honestos, estos lagos repletos de agua que caÃa de muy, muy arriba, nunca llegaban a tener una buena cabida como para merecer el nombre. Eran más bien charcas.
Al lado de cada cascada que caÃa del cielo, se alzaba otra en dirección contraria, subiendo en un cristalino desafÃo, hasta unirse a la red principal que giraba en torno a las montañas. Coronándolas.
Dos cascadas gemelas; una hacia arriba, la otra hacia abajo.
Y lo mas absurdo de todo, era lo rápido que se habÃan acostumbrado a las nuevas sombras proyectadas por el sol. Hasta se habÃan hecho a los constantes arcoÃris, y a los reflejos del sol al pasar por el agua, a decenas de metros de altura.
No entendÃan nada de lo que habÃa sucedido. Pero estaban vivos. Les bastaba con eso.
Karya, la matriarca de aquel lugar que habÃa sobrevivido a los primeros compases de lo que podrÃa haber sido un hecho histórico en toda regla, fue quien más horas pasó al lado de la chica, tomándole temperatura y pulso, asà como alimentándola a base de comida lÃquida, sopas casi siempre.
El chico que la habÃa traÃdo, un chaval de veintipocos, seguramente de la misma edad que Lachari, la hermana soltera de su amiga de toda la vida, les dijo que se llamaba Firans, y que necesitaba ayuda. Ayuda urgente.
El muchacho no parecÃa estar muy en sus cabales, como Gurav, el primo de la tÃa segunda de la abuela de la Frudy, pero la chica le importaba. Y habÃa hecho bien en dejarla en sus manos.
Karya hacÃa muchos años que no realizaba una acción parecida. HabÃa tenido hijos, sÃ. Pero ya no estaban, habiéndole dejado tan solo el recuerdo de sus risas y trastadas, y, sobre todo, de momentos tan Ãntimos y cercanos como aquel. De ella cuidando de quien no puede hacerlo por sà mismo.
Momentos que le habÃa robado la mala pécora de la Muerte, quien, de nuevo, habÃa amenazado con llevárselo todo, la noche en que llegó la chica.
Y asÃ, que Karya habÃa cuidado de Firans con extremo gusto. PodrÃamos decir que fue algo bueno para ambas. Una terapia para dos.
Firans
Firans, ignorando el leve dolor que pulsaba en su hombro, puso unas mudas en la mochila, junto a un libro que un señor mayor, le habÃa regalado su primer dÃa tras recobrar el sentido.
â¿Qué quiere decir esa animalada de que quieres irte mañana, pequeña? âEl tono maternal en Karya se coló de nuevo en su voz, algo que le pasaba a menudo, con los ojos abiertos como platos y sin dejar de mirar a Firans, quien estaba llenando un petate muy pequeño.
Firans dejó que la sonrisa se asomase, levemente, en su rostro.
Apenas se conocÃan. Apenas conocÃa a la señora que la habÃa visto en cueros, y, aun asÃ, sentÃa que la conocÃa de toda la vida. Y, por supuesto, Firans le debÃa su vida.
Igual que a ese caballero malhablado que la habÃa bajado de las montañas, y a quien habÃa pillado mirándola desde lejos en la aldea, portando esa expresión de gato abandonado, con ojos demasiado grandes para un rostro tan pequeño.
Goio. Firans habÃa tenido tiempo para procesar. Pero no el suficiente. Abuelo ¿Por qué tienes que ser siempre tan cabezota? Su abuelo habÃa logrado activar la salvaguarda que habÃan tejido junto con los Tejedores de Tierra, muchos años atrás; dos pueblos unidos por sus dos patriarcas, habÃan logrado crear aquella escena que culebreaba con orgullo en el cielo.
Cómo funcionaba el mecanismo, Firans no tenÃa ni idea. Aunque en esos momentos, le daba igual. SabÃa que agua y tierra eran elementos afines, y que los Tejedores de tierra podÃan realizar obras excepcionales con el elemento en cuestión. Lo que más habÃa interesado a Firans todo lo sucedido al final de aquella amarga noche, era que el abuelo estaba vivo.
Este seguÃa arriba, en las montañas, manteniendo en calma aquello que habÃan logrado controlar por los pelos. Pero se encontraba solo, a no ser que hubiese habido supervivientes escondidos y no hubiesen muerto ahogados.
Firans se hubiese negado a lo que su abuelo le habÃa pedido, a las palabras escritas en el mensaje que le habÃa entregado Saru. Se hubiese negado si lo tuviese delante, y si no hubiese estado ella inconsciente cuando las órdenes le habÃan sido dadas, tras caer al suelo al usar más poder del que habÃa creÃdo posible.
Saru le habÃa entregado el mensaje, un papel doblado hasta lo indecible, a Karya, quien a su vez se lo habÃa entregado a Firans. La mujer, de benevolente mirada, seguÃa mirándola con cierta expectación, jugando con la tela en su falda, como si estuviese debatiéndose entre decirle algo o no.
â Karya, ya lo hablamos. Ya estoy mejorâuna mentira a medias, pero sobrevivirÃa a aquello que su abuelo le habÃa encomendado hacer. Si Jina la aventurera habÃa podido surcar los mares en una barca que movÃa a fuerza de voluntad, ella podrÃa recorrer la distancia que distaba entre las montañas y el castilloâ, y la ciudad de Amún queda a un dÃa de viaje. Le pediré a algún comercianâ¦
â El viejo de Kon te llevaráâFirans la miró anonadada. Se habÃa esperado que tratase de convencerla. Aunque claro, ya habÃan pasado por eso. Durante tres dÃas seguidos. HabÃan resultado ser las dos de lo más testarudas, ganando Firans por un pelo muy finoâ. Tiene que ir a Amún para entregar los impuestos de la aldea.
This tale has been unlawfully lifted without the author's consent. Report any appearances on Amazon.
¿Impuestos?
Firans, habiendo vivido toda su vida de lo que producÃan las montañas, y de intercambios con los pocos buhoneros que se atrevÃan a ascender hasta el segundo nivel, no tenÃa ni la más remota idea de que significaba aquella palabra, aunque asintió con la cabeza igualmente, debido a una vergüenza que jamás habÃa experimentado.
¿Cuánto desconocÃa ella misma del mundo? Las montañas habÃan sido su hogar.
TodavÃa eran su hogar.
â Seguro que no le importará llevarte en su carro. Cualquier cosa mejor que cansar tu cuerpo caminando ahora mismo. Aunque irás apretujada entre los regalos que le lleva cada año a la familia de su esposa... ¿SabÃas que el queso de cabra puede mantenerse enâ¦?
Todos en aquel poblado, aun cuando los heridos de aldeas cercanas habÃan ido llegando en un lastimero reguero que habÃa tardado en remitir, se habÃan preocupado por ella. Volcado en ella. Firans tan solo pensaba en cómo podrÃa agradecérselo a aquel pueblecito llamado Dalham.
Pasaron un rato charlando sobre los regalos de Kon, y al final, Firans logró convencer a su veladora y carcelera para salir a fuera y pasear un poco.
El poblado se veÃa cada dÃa más ordenado. Menos heridos, menos personas corriendo de aquà para allÃ. Hasta habÃan logrado recuperar su rebaño de cabras, una de las cuales le asestó el mordisco diario a la túnica de Firans, al tiempo que clavaba esas patitas tan fuertes en el suelo y movÃa los cuartos traseros.
Aquella gente habÃa resultado ser fuerte. El mundo habÃa estado a un simple paso de engullirlos en una tromba de agua que ahora danzaba con lujuria bajo las nubes, pero ahà estaban. Volviendo a la normalidad.
La vida seguÃa. Asà como ella debÃa seguir su camino.
Hacia Amún. Hasta el mismÃsimo castillo, pues tenÃa información muy relevante que entregar. Durante unos instantes en que dejó vagar su mente sin freno alguno, Firans se sintió extasiada, rememorando las historias de cuento con las que habÃa crecido.
Puede que hasta viese a los reyes. ¡O al mismÃsimo prÃncipe en persona! DecÃan que Jorehin Den Gar era una persona excepcional. Galantemente educado, listo, guapo y con unos dedos tan entrenados que podÃan deshacer en lágrimas a quien escuchaba.
Cierto que también se decÃa que algunas de las mujeres que iban a su recital anual de piano caÃan entre abaniqueos cuando le oÃan tocar.
¿Le pasarÃa a ella también? MorirÃa de la vergüenza. Y no tenÃa abanico.
El prospecto del viaje en sÃ, de encaminarse hacia la capital que habÃa visto cada dÃa desde la cima de su hogar, tenÃa a Firans realmente cautivada.
â Eh, tú. Mi esquivo caballero de mirada apocadaâ le dijo Firans al aire que quedaba a su derecha, cerca del lugar que usaban para cocinar el pan para toda la aldea, una pequeña construcción que hacÃa de panaderÃa y asador a la vezâ Se que estás ahÃ. Sácale la lengua y te soltará. Teme a las serpientes.
Un balido de cabra después, y del corretear de patas pequeñas pero fuertes, un mechón de pelo castaño se asomó tras una esquina.
Saru
Saru se llevó la mano a la pantorrilla, sin dejar de mirar hacia la maldita cabra que corrÃa hacia su siguiente vÃctima.
Aquello no hubiese pasado de llevar puesta su armadura, pensaba Saru, sin apartar la mirada del pernicioso animal que ahora perseguÃa a un perro entre adorables saltitos.
Ese grupo de mujeres tan mandonas, sin darle opción alguna, y como si hiciesen aquella tarea a todas horas, se la habÃan quitado pieza a pieza, en un visto y no visto, antes de proceder a lavarlo por entero, como si fuese él todavÃa un bebé en edad lactante.
El vergonzoso recuerdo de él mismo dentro del agua caliente, y de las tres señoras discutiendo a su alrededor sobre cosas que él no entendÃa ni querÃa entender, pues faltaba jabón por todos lados para cubrir la superficie de agua, permanecÃa a fuego en su mente.
Y por esas señoras de buen corazón y todavÃa mejor mano para mantenerlo a uno quieto, que la cabra habÃa aprovechado su estado de indefensión para morderle, pues le habÃan obligado a vestir ropa sencilla mientras estuviese en su poblado.
La chica estaba bien. HabÃa logrado recuperarse.
Saru habÃa querido irse en cuanto supo que Firans habÃa despertado al fin, pero al final, aunque solo fuese para acallar a esa insidiosa voz en su cabeza que le repetÃa las palabras otro fracaso, seguida muchas veces de perdiste tu función en este mundo, que habÃa decidido quedarse.
Para comprobar que la muchacha seguÃa bien. Para comprobar que el Caballero Errante no habÃa fracasado de nuevo.
Que esa vez lo habÃa logrado. Que, aunque fuese otra persona, una completa desconocida, y no el rey que yacÃa muerto a la riba de un reino perdido, nuestro caballero de escudo inservible, lo habÃa logrado.
HabÃa salvado a alguien.
Y aquello, por algún motivo que Saru no lograba descifrarâ y eso que se habÃa pasado noches tratando de dilucidarloâ, lo avergonzaba profundamente.
El caballero notaba henchÃrsele el pecho cada vez que veÃa a Firans caminar por la aldea. No por amor, ojo, pues los gustos sexuales de Saru eran otros. De miembro viril, cuerpo entrenado y buen manejo del sable.
Su corazón latÃa por otro motivo. LatÃa por el latir de aquel otro corazón que él habÃa logrado mantener con vida, y que, con cada pálpito, susurraba a Saru:
Lo conseguiste, deja de castigarte. SÃ, no lograste salvar a tu rey. A tu otra mitad. Pero todavÃa puedes proteger a otros. Hazlo, muchacho que me acompañó sin dudarlo a una misión de triste final. Vive por mÃ. Este mundo es una mierda, pero has de vivir en él. Brilla en él.
â Tengo comidaâ le dijo Firans a Saru, quien, ensimismado en sus pensamientos, todavÃa observaba los atentados de aquella cabra que escapaba ahora del perro y sus molestos ladridosâ Podemos compartirla si vienes conmigo.
Saru giró la cabeza y la miró directamente a la cara por primera vez, alentado por el olor a pescado que venÃa de una bolsa que Firans habÃa sacado de su mochila.
Primero el tono de voz suave. Y luego el pescado. ¿HabÃa tomado a Saru por un gato o que?
Poco a poco y con cuidado, sin saber que decirle e ignorando el escozor que sentÃa en la pantorrilla, frenando por poco el irresistible impulso de rascarse, Saru se acercó a ella, mirándola fijamente en cada movimiento.
¿De qué querrÃa hablar? ¿Y qué decirle él? Saru esperaba no recibir un agradecimiento. No lo habÃa hecho esperando uno al menos. Y, además, lo avergonzaba la idea.
â Como un gatitoâ¦Qué monoâ¿Quéâ¦? Firans sonreÃa, agitando la bolsa que olÃa a pescado tremendamente especiado, como gustaba en ese lugarâ Lo siento, pero debes reconocer que no me has puesto fácil hablar contigo. Tu escudo estaba en la habitación en la que desperté. Velando por mÃ. Y te veo varias veces al dÃa, mirándome a lo lejos, lo cual podrÃa ser considerado peligroso si le preguntásemos al abuelo. Pero siempre huyes cuando me acerco a ti.
Al fin, pensaba un Saru que no sabÃa dónde meterse, la chica paró de hablar un instante que dedicó en posar una larga mirada en las montañas que se alzaban ladera arriba. Pero no tardó en volver a la carga.
Por las encumbradas partes de Hun.
â Pero sé que no eres peligrosoâ¿era eso un cumplido? âNo para mà al menosâlo eraâ Lograste frenar a ese vil hombreâ¿Vil? Saru, quien no habÃa leÃdo mucho en su ajetreada vida manejando la espada y el escudo, no sabÃa que significaba esa palabra. Quizá tenÃa que ver con el término villano que usaban en los cuentos que les contaban los abuelos a los niños. Que chica tan extrañaâ Me salvaste. Y nos ganaste el tiempo necesario para solventar una calamidad.
¿Calamidad? ¿De qué hablaba? ¿Y es que nunca paraba de hablar?
Saru comenzaba a ruborizarse, estando a muy, muy poco, de taparse la cara con ambas manos. Pero aguantó en firme, como el caballero de cuento que esa chica parecÃa pensar que era.
¿Y por qué no?
Una pequeña e insegura ascua comenzaba a prender dentro de su pecho.
Puede que fuese el orgullo perdido tiempo atrás. Y qué sensación tan cálida.
â Tan solo querÃa agradecértelo de nuevo, antes de marcharmeâhabiendo logrado coordinar su cerebro y sus cuerdas vocales para el trabajo, Saru estuvo, al fin, preparado mental y fÃsicamente para añadir algo, pero Firans, toda una experta en el tema al parecer, se le adelantó de nuevoâ Venga, gatito, no me mires asÃ. No te haré nada. Te lo prometo.
Saru, entre asombrado, fastidiado e intrigado, se dejó llevar por el olor a pescado y por la chica que lo acompañaba.
Y una luna más tarde, sin saber todavÃa cómoâ no la cadena de sucesos exactos hasta la toma de decisión al menosâ que Saru viajaba entre quesos, grandes tarros de leche, especias, la figura de una cabra tallada en maderaâtremendamente parecida a la malnacida que aterrorizaba la aldea que dejaban atrásâ y mucha ropa.
Puede que, al fin, amotinado entre todos esos regalos para parte de la familia del señor que dirigÃa sendos caballos de carga, Saru hubiese encontrado su función para con un mundo tan cruel que le habÃa robado cuanto tenÃa.
Lo sabrÃa en Amún. La Vieja Amún.
Comments(0)
Join the discussion — sign in to leave a comment
Sign In to CommentNo comments yet. Be the first to share your thoughts!