âDicen que las mejores historias se rigen por normas o por la falta de estas. Por casualidades ridÃculas en un principio. Por profecÃas. Algunas incluso por acontecimientos imposibles hasta el último instante de la historia, hasta que algo encaja de forma milagrosa en el punto álgido del clÃmax.
Esta historia, sin embargo, y según los pocos escritos que han sobrevivido a la humedad y al paso del tiempo, se basó en algo básico. En un número.
El número cuatro, para ser más concretos.
Cuatro fueron los versos que anunciaron la llegada. La llegada de los cuatro héroes. Cuatro fueron las lunas que tardaron en hacerse el uno al otro y en aceptar el destino de todo un mundo depositado sin permiso en sus jóvenes espaldas. Y cuatro fueron las veces que fallaron en su cometido. Cuatro héroes, cuatro reinos, cuatro elementos dispares.
Dualidad al cuadrado, o tres más uno, según los eruditos más quisquillosos que he conocido en mis viajes.
La regla del cuatro lo llamaron algunos. Los cuatro versos del amanecer lo llamaron otros. Pero esos cuatro héroes, esas cuarto personas de distinta etnia que tuvieron que dejar a un lado sus diferencias por un bien mayor, fueron más que un número. Más que un verso. Más que una vieja y polvorienta profecÃa guardada en la Gran Biblioteca de Amún, en la que me encuentro escribiendo estas palabras que podrÃan ser consideradas los últimos desvarÃos de un alma vieja.
Los versos que anunciaron su llegada son viejos y se han traducido tantas veces que la voz original ha quedado perdida entre traducciones. Pero si tengo razón, y por Hum, espero que no sea asÃ, todo podrÃa repetirse. Y no creo que quede mucho tiempo para ello. Las señales están ahà para el que sepa, o quiera de verdad, verlas.
La Calamidad de Si. El Grito de las fosas de La. La Inundación de Re. Y el para siempre presente Desgarro de Do, a causa del cual, la gigantesca masa tectónica representada en los mapas más antiguos como el mundo entero, se encontraba ahora dividida en tres partes.
Amún, Mâun y DâAmun.
Un continente entero que, por mucho que les hubiese dolido a lo más escépticos, habÃa pasado a formar parte de trillizos, sobre los que ahora se alzaban ciudades con todo el derecho de llamarse como tales.
Algunas historias hablan de los héroes de esta leyenda pasada como seres celestiales, como seres innombrables de variados poderes y grandes gestas. Pero según los eruditos más conocidos que lograron dejar huella en páginas maltratadas por el tiempo, eran gente corriente. Gente como tú y yo.
Simples humanos a los que les endiñaron un peso mayor al que cualquier otro hubiese podido soportar.
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¿Qué cuáles eran sus nombres? Esta es la mejor parte. Se perdieron.
Como podéis leer en mi recopilatorio de teorÃas, que compartà junto con mis antiguos hallazgos, yo creo que fue cosa de los eruditos de esa época. Puede que quisiesen añadir misticismo a lo ocurrido. Y qué mejor manera que deshumanizar a los objetos de las profecÃas. O puede que fuese algo más. ¿Algo interfiriendo en la historia del mundo a lo mejor? Por eso estas notas son necesarias.
Tras una guerra en la que se habÃa usado el poder de los cuatro elementos, que por antaño emergÃan de la corteza terrestre sin filtro de contención ni canalización alguna, tras cuatro años en los que el mundo habÃa sido un completo caos de fuego, vendavales, pequeños mares que surcaban la tierra, y temblores que la transformaron en los mapas que tenemos a dÃa de hoy, el dios Hun habÃa bajado a la tierra.
Hun, el dios viudo.
Y el Dios estaba disgustado. Disgustado por los actos que los humanos habÃamos realizado unas contra otros, y contra su obra, pues en nuestras guerras, se dice que dañamos algo.
Que, usando aquella eterna fuente de fuerzas elementales, a disposición de gran parte de la población, dañamos algo muy importante. Otro mito.
La fábrica de realidades.
El origen de todo. De todo elemento, de todo concepto existencial, forma o religión.
Durante unos instantes, abrimos una brecha desde nuestra realidad, dañando la fábrica misma del mundo.
Hun escarmentó a unos. Indultó a otros. Hasta revivió a unos cuantos. Pero lo más importante, fue que ese dÃa, se limitó el acceso a la, llamémosla asà para simplificar un poco, magia del mundo.
Se crearon Fosas Primordiales. Una para Amún, otra para DâAmún, y una última para MâUn. Mente, corazón y alma. Cada fosa se encargarÃa desde ese momento de filtrar por ella un único elemento a la vez, y con la ayuda de ciertas personas a las que Hun otorgó habilidades, controlarlos cuando la situación asà lo necesitara.
Agua, tierra y fuego.
Pero hubo otra fosa. Al igual que habÃa cuatro elementos, habÃa una cuarta fosa. Una a la que se perdió acceso, debido a un grupo religioso que estaba en contra de perder el control de aquellos poderes tan destructivos.
Y asÃ, la fosa de Viento habÃa quedado perdida en la isla de Dhum, lugar inaccesible debido a vendavales y fuertes corrientes ocasionadas por un elemento incontrolable.
Los ancianos de Lanve recopilaron ciertasâ¦â
Mhoin dejó caer la pluma en su tintero sin apenas prestarle atención. Era un movimiento tan estudiado para él, que podrÃa lanzar la pluma desde la otra punta de la habitación, acertar en el punto y aun asà no manchar nada de tinta.
Se encontraba agitado, pues sus estudios, derivados de las teorÃas sobre el origen de las fugas de elementos que surgÃan del suelo en algunos lugares del mundo, habÃan tomado un giro bastante aciago un año atrás.
Se dejó caer en la silla de nuevo, mirando lo que llevaba sus dos buenos tés escribiendo. Comprobó el agua de la tetera y tras unas palabras de agradecimiento, usó el calor residual del dÃa para calentarla. Pudo escuchar el agua borbotear dentro de la tetera de cerámica a los pocos segundos, asà como el aroma renovado del té de Gaya, una variedad autóctona de la zona pero que solo crecÃa en lo más alto de las montañas de Goio.
Tomó sorbos pequeños tras echarle un poco de miel, dejando que el sabor afrutado invadiese todo su paladar antes de tragarlo, pero ni esa sensación tan conocida para él fue capaz de sacudirle de encima la sensación de congoja que sentÃa últimamente.
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