CapÃtulo 205
Fernando negó con la cabeza, âNo nos lastimaron, pero los que capturaron prefieren morir antes que delatar a quién está detrás de todo esto. Las cosas en casa han estado algo tensas últimamente, asà que tú también ten cuidado en el ejército, ¿vale?â
En el piso de arriba, después de bañarse, Avelina se puso la ropa que Diana le habÃa prestado y se tumbó en la cama de la habitación de huéspedes. Nunca habÃa visto una cama tan grande y suave; acostarse en ella era como estar flotando en las nubes.
Diana levantó la camiseta de Avelina para aplicarle medicamento en la espalda. Al ver las cicatrices entrecruzadas de latÃgazos, sus ojos se llenaron de lágrimas. âNiña, ¿quién te hizo esto?â Aunque la joven era una desconocida que su hijo habÃa traÃdo a casa, Diana también era madre y la idea de que su propia hija pudiera sufrir semejante trato la enfurecÃa. â¿Quién podrÃa hacerte algo asÃ? Aunque no seas su hija de sangre, no tienen derecho a maltratarte de esta manera.â
Avelina, aguantando el dolor, sonrió débilmente. âYa estoy acostumbrada. No puedo escapar, solo me queda aceptarlo. He intentado huir muchas veces, pero siempre me atrapan. Por suerte, aunque mi padre adoptivo no es bueno conmigo, mi madre adoptiva sà me quiere mucho. Una vez, casi lo mata por mi, pero su corazón es débil y no puede soportar shocks emocionales. Si vuelvo con estas heridas, no podré ocultárselas y me preocupa que le afecte. Ella es la persona que más me ha cuidado en este mundo. Por eso, terminé molestando al Señor Fuentes.â
Queriendo asegurarse de que Diana no se preocupara demasiado, Avelina se apresuró a añadir, âNo se preocupe, en cuanto las heridas de mi cara sanen, me iré y no seré una carga para ustedes.â
Diana terminó de aplicar el medicamento, âTranquila, entiendo tu situación. Quédate aquà el tiempo que necesites, sin presiones. ¿Ya cenaste? Si no, puedo pedir en la cocina que te preparen algo.â
A Avelina le daba vergüenza molestarlos más, pero su estómago traicionó su intento de negarse con un sonoro rugido. Bajando la cabeza, dijo tÃmidamente, âYoâ¦â
Diana sonrió, âNo tienes por qué avergonzarte. Soy fácil de llevar. Ven, baja conmigo y te prepararemos algo rico.â
Cuando bajaron, Herminio ya se habÃa ido. Avelina miró alrededor del vestÃbulo, buscándolo, y sintió un nudo en el estómago al no verlo. Diana notó su nerviosismo y trató de tranquilizarla, âSiéntete como en casa. No somos de tener muchas reglas por aquÃ. Aunque esta es la casa de mi hijo mayor, mi esposo y yo solo venimos de vez en cuando. Herminio normalmente no vive aquÃ. Me sorprendió que te trajera, la verdad.â
Avelina, sorprendida, respondió, â¿No vive aquÃ?â HabÃa asumido queâ¦
Diana, entre risas, aclaró, âHerminio suele estar en la base militar y solo viene a la casa familiar en sus dÃas libres. Esta casa pertenece a su hermano. Pero no te preocupes, su hermano es comprensivo. Sabiendo que vienes con Herminio, no te hará sentir incómoda. Y ellos tampoco estarán en casa estos dÃas, asà que no tendrás que encontrarte con nadie.â
Al saber que habÃa sido llevada a la casa del hermano de Herminio, Avelina se sintió aliviada al pensar que no tendrÃa que encontrarse con más gente. Su posición era humilde y no se sentÃa digna de estar en semejante mansión lujosa. Su prioridad era sanar las heridas de su rostro lo antes posible para poder irse y devolverle el favor a Herminio.
Cuatro dÃas después, Cristián y los demás salieron del hospital. Las vendas de las manos de Soraya ya habÃan sido retiradas, y aunque sus palmas y dedos estaban cubiertos de ungüento para quemaduras, estaba preocupada por su apariencia. âPff, mis manos eran tan suaves y bonitas, y ahora están todas feas. ¿Cuándo volverán a ser como antes? Si quedan cicatrices, será horrible.â
Cristián miró sus manos con cuidado. âNo te preocupes, compraré la mejor crema para cicatrices que haya. Te prometo que tus manos volverán a ser como nuevas.â
Soraya lo miró de lado, volviendo a bromear. âEso espero. Cuando mis manos estén mejor, tú serás el primero en beneficiarte.â
Al volver a casa, la vida continuaba entre la normalidad y los nuevos desafÃos que enfrentarÃan juntos.
Herminio estaba en la entrada de la villa, esperando a que el carro se detuviera por completo para apresurarse a sacar la silla de ruedas de su hermano.
âBienvenidos, hermano y cuñada, de vuelta del hospital. Esta noche hay que celebrar como es debido, para festejar que salieron con vida de esa. Que de ahora en adelante todo sea paz y bienestar para ustedes.â
Soraya observaba el contador de vida sobre la cabeza de Herminio.
[Ay, si voy a tener paz o no, quién sabe. Pero lo que sà sé es que este tonto no la va a tener fácil en los próximos dÃas. Ay, pobre, con esos planes
de que
le
saquen los ojos, le rompan los brazos y piernas, y luego lo tiren al zoológico. Espérame, que voy a salvarte!]
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